Выбрать главу

Volvió a colocar el seguro de la pistola y salió despacio de debajo del coche rodando. Le dolía la cabeza. Le temblaban tanto las rodillas que se tambaleó y se cayó sobre un desagüe. Se quedó allí tendida, mientras esperaba que dejara de latirle el corazón a tanta velocidad. Manchas de grasa y aceite cubrían sus pantalones negros y tenía las manos sucias de algo marrón que olía sospechosamente a mierda de perro. Cogió la empapada colilla del cigarrillo. Solo un matón bien pagado podía permitirse el lujo de fumar lujosos cigarrillos rubios Rothmans de importación.

Aimée llamó a la puerta de cristal esmerilado. Mantenía la vista fija en la silueta borrosa que se veía en el pasillo

– Necesito hablar con usted, monsieur Rambuteau-gritó-. No voy a marcharme hasta que lo haya hecho

Por fin se abrió la puerta y ella miró fijamente al rostro del corpulento monsieur Rambuteau

– ¡Nom de Dieu! ¿Qué ha ocurrido…?

– ¿Quiere hablar del testamento de su esposa en la calle?

Una expresión de dolor y miedo surcó sus rotro. Abrió más la puerta y se dirigió al cuarto de estar arrastrando los pies

A Aimée le retumbaba la cabeza sin cesar

– ¿Tiene una aspirina?

El señaló un frasco sobre la mesa. Aimée extrajo dos, las tragó con agua y se sirvió hielo del congelador

– Merci-dijo. Metió un hielo en una bolsa de plástico limpia, la retorció y se la aplicó sobre el chichón de la cabeza con una mueca de dolor

– ¿Quiénes son los verdaderos padres de Thierry Rambuteau?

El se sentó pesadamente

– ¿Ha sido mi hijo el que le ha hecho esto?

– No es eso lo que le he preguntado, pero, ciertamente, está en la lista

– Deje en paz el pasado-dijo él

– Esa frase está empezando a resultarme monótona-dijo ella-. No me gusta que la gente intente matarme por demostrar curiosidad

Sacó la carpeta y la dejó de golpe sobre la encimera de melamina blanca

– Si no me lo dice usted, lo hará el abogado, monsieur Barrault

– ¡Lo ha robado!-la acusó monsieur Rambuteau

– usted me dejó que lo utilizara, si quiere que hablemos con propiedad.-Puso despacio su Glock sobre la fuente con los girasoles, sin dejar de mirarlo a la cara. Tenía la mitad del cráneo congelada por el hielo y en la otra mitad sentía un dolor sordo y continuo-. No estoy amenazándole, monsieur Rambuteau, pero pensaba que le gustaría ver los métodos de los muchachos cuando necesitan información. Aunque yo fui a una escuela de detectives de pago. Nosotros preguntamos primero-dijo.

Le temblaba la mano cuando cogió un frasco de pastillas amarillas

– Estoy evitando que se lea el testamento de mi mujer, con una orden judicial, así que cualquier cosa que haga usted no importará

– Yo lo recurriré como información de dominio público-dijo ella-. Dentro de tres días, monsieur, se podrá publicar como un documento legal. ¿Qué esconde usted exactamente?

– Nathalie era muy inocente, demasiado confiada.-Movió la cabeza de un lado a otro.-Mire, la contrataré. Le pagaré para evitar que se más daños. Hace más de cincuenta años que acabó la guerra, la gente ha rehecho sus vidas. Es mejor que algunos secretos permanezcan así. Por lo menos los de mi hijo.

– Hasta ahora han asesinado a dos judíos, y yo soy la siguiente-dijo ella. ¿Cuánto le costaría llegar hasta él?-. Mejor que empiece a hablar porque todo apunta a Thierry Rambuteau. ¿Quién es?

El miró furtivamente a su alrededor, como si alguien pudiera estar escuchando

– No tenía ni idea de que Nathalie había cambiado el testamento-dijo él-. Nunca nos mostramos de acuerdo con especto al cambio. Quizá había bebido. ¿Por qué tienen que permanecer con nosotros toda la vida los errores que cometemos cuando somos jóvenes?

Ella no estaba segura de lo que quería decir, pero parecía fatigado y se secó la frente

– Al grano, monsieur.-Le retumbaba la cabeza y su paciencia se estaba agotando-. ¿Quién es?

– Durante la guerra, Nathalie era actriz. Yo me ocupaba de la iluminación y era cámara para Coliseum. Trabajamos con Allegret, el director, en la misma compañía que Simone Signoret.-Una sonrisa melancólica le surcó el rostro-. Nathalie nunca se cansaba de contárselo a todo el mundo. En cualquier caso, acusaron a Coliseum de ser una productora colaboracionista, y luego se convirtió en Paricor. Pero nosotros solo habíamos las películas y Göbbels la propaganda. Al igual que todo el mundo en Francia, teníamos permiso de la Gestapo para todo lo que hacíamos. En ese momento, para cortarse las uñas se necesitaba la aprobación de la Kommandatur de la Gestapo, así que nunca entendí todo ese lío de los colaboracionistas. Todos lo éramos, visto así.

Puede que fuera cierto, pero le recordaba al chiste sobre la Resistencia. Menos de un cinco por ciento de los franceses habían pertenecido a ella en algún momento, pero si hablabas con cualquiera que tuviera más de sesenta años, todos habían tenido el carnet.

El hizo una pausa, su rostro estaba inundado por la tristeza.

– El caso es que, en el momento de la liberación, tuvimos un niño que nació muerto. Mi mujer no pudo superarlo, pero entonces, ya sabe, muchos bebes nacieron muertos durante la guerra. Puede que fuera por la falta de comida. Pero Nathalie se sentía terriblemente culpable. Cuando se produjo la liberación, todos estaban locos de contentos. Nuestros salvadores, los aliados, bailaban al son de los repiques de campanas, y aquí estaba ella, a punto de suicidarse.

Tenía la respiración entrecortada y el rostro sofocado

– En las calles se veían desfiles de mujeres con la cabeza afeitada que se habían acostado con los nazis

– Monsieur, ¿quiere un poco de agua?-interrumpió ella. Le pasó la botella de píldoras amarillas desde el otro lado de la mesa

– Merci-dijo él al tiempo que tragaba el agua junto con más pastillas.

– ¿Qué tiene eso que ver con Thierry?-dijo ella

– Una noche alguien llamó a nuestra puerta. La pequeña Sarah, casi una niña en realidad, sostenía a un bebé en sus brazos. Yo conocía a su padre, Ruben

– ¿Sarah?-¿Dónde había oído ese nombre? Algo se encendió en su cerebro: ¡lo había visto en la lista de Lili junto al de Hecht!-. ¿Cómo se apellidaba?

Claude Rambuteau movió la cabeza

– No me acuerdo. Su padre trabajaba de cámara antes de la guerra. Era judío, pero…-Se le empañaron los ojos y continuó hablando-. El caso es que fue una gran sorpresa. No la había visto desde hacía años. Le habían afeitado la cabeza y tenía una horrible cicatriz de una esvástica grabada en la frente. Lloraba y gemía delante de nuestra puerta: “Mi bebé tiene hambre, se me ha secado la leche, se va a morir”. El bebé lloraba lastimosamente. Me dí cuenta de que en su rasgado vestido se notaba una silueta más oscura, el lugar en el que había estado cosida una estrella. Le pregunté dónde estaba su familia. Lo único que hizo fue mover la cabeza de un lado a otro. Entonces me dijo que nadie le daba leche para su bastardo nazi.

“Le dije que no podía ayudarla. La gente podía pensar que yo era un colaborador. Especialmente porque trabajé durante toda la guerra para Coliseum. Miró a mi esposa y dijo que el bebé moriría si se lo llevaba con ella y no conocía a nadie más a quién pedírselo. Dijo que sabía que habíamos tenido un bebé, y si no podría mi mujer amamantar también al de ella. Le dije que nuestro bebé había muerto.

Rambuteau cerró los ojos

– Me suplicó, se puso de rodillas en el umbral. Dijo que sabía que con nosotros estaría seguro porque estábamos bien relacionados. Bandas de vigilantes de la Resistencia peinaban París buscando venganza. Ya le digo: era más peligroso estar en la calle después de que marcharan los alemanes, que antes, si es que pensaban que eras un colaborador.