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– Por supuesto.-Aimée asintió y se incorporó-. Encontraré a mi primo. Esto quedará entre nosotras

Al entrar en su oficina, Aimée se alarmó instantáneamente al ver la expresión en el rostro de René. El evito mirarla a los ojos y se concentró en la pantalla del ordenador

– ¿Qué ha ocurrido, René?

El aguantó la respiración, al tiempo que inclinaba la cabeza y señalaba el fax

Miles Davis correteó ruidosamente a sus brazos cuando ella se agachó para cogerlo. La lamió y la olisqueó con su húmedo hocico

Había llegado un extenso fax de Martine, y se enrollaba hasta llegar al suelo. En la parte superior, Martine había garabateado: “He perdido el apetito… vayamos a cenar en otro momento”

Aumentadas a partir de archivos microfilmados había notas de una página de extensión con el título, toscamente impreso: Citoyen (ciudadano). Plagados de artículos vengativos y acusaciones sobre los colaboracionistas, una Francia muerta de hambre y viuda descargaba su rencor. Cada uno de los artículos estaba encabezado por un “J´accuse”.

Había fotografías de colaboradores que colgaban ahorcados en las farolas, con esvásticas pintadas sobre sus grotescas figuras; plazas de pueblo llenas de cuerpos distorsionados fusilado por pelotones de vigilancia, y grupos de mujeres con las cabezas afeitadas lapidadas por la multitud. No era de extrañar que Martine se sintiera mal.

Aimée miró con tristeza las fotos de esas mujeres, conducidas como ovejas ante un tribunal popular en el momento de la liberación. Justo lo que había dicho Claude Rambuteau. La leyenda bajo una de las fotos decía:

No solo las putas francesas se llevaron la comida de los

Alemanes mientras sus vecinos se morían de hambre, sino que las

Judías se acostaban con los nazis mientras sus familias eran

Quemadas por órdenes de la Gestapo.

Dentro de un grupo de mujeres vestidas de manera variopinta y con el cráneo afeitado, una de ellas llevaba un bebé. Parecía joven, inexpresiva y con la cabeza alta. Aimée sacó una lupa del cajón para ver los detalles con mayor claridad.

La escena captada por el fotógrafo preservaba para siempre la horrible realidad. Sobre su frente había sido grabada una esvástica. La joven madre se había desplomado en el suelo por el dolor, sosteniendo aún al bebé y manteniéndolo alejado de la multitud. ¿Sería Thierry el que estaba en los brazos de la mujer? ¿Sería está la judía que se acostaba con un nazi?

Entre la multitud se veía una joven adolescente de mirada maliciosa. De su cuello colgaba una cadena de oro con extraños símbolos. Observando con más atención a través de la lente, recordó haber visto esos mismo símbolos antes, entrelazados con las marcas de una cuerda. Reconoció esa cara. De pie entre la multitud estaba una joven Lili Stein.

– Me gusta tu teoría-dijo René. Sus dedos volaban sobre el ordenador portátil-. Les Blancs Nationaux funcionaban como un frente, financian las patrullas arias, y operan con dinero de la DFU a través de la cuenta conjunta de los Rambuteau

– Tiene sentido-dijo Aimée-. Los fondos alemanes proporcionan la cobertura perfecta para la solución final en la que Thierry cree seriamente. Ahora lo único que tenemos que hacer es demostrarlo.

René ya había comenzado a acceder desde su ordenador a la cuenta bancaria de Rambuteau.

– Sería capaz Thierry de matar a Soli Hecht por ser un cazador de nazis que se inmiscuía y a Lili Stein, como rito de iniciación-dijo

Aimée abrió la ventana ovalada que daba a la rue du Louvre. El frío de noviembre no conseguía ocultar las cuatro manos de pintura que habían sido necesarias para cubrir la esvástica. Puede que fuera su imaginación, pero todavía podía distinguir los bordes curvados.

– Mira esto-dijo entregando a René el sobre azul- Lo he robado del testamento de Nathalie Rambuteau. Aquí está la confirmación hecha por su verdadera madre.

– ¿Su verdadera madre?-dijo René. Pulsó “Guardar” en el portátil-. ¿Quién es?

– Una mujer llamada Sarah. La ironía está en que él es medio judío-dijo-. Lo mismo que dicen de Hitler

Haría que saltara la verdad de boca de Thierry. No solo mostraría su cuenta bancaria incriminatoria, sino que le mostraría el contenido del sobre

– Entonces, ¿quién es su padre?-dijo René después de leer la carta-. ¿Tienes idea?

– Un oficial de la Si-Po que deportaba a judíos del Marais-dijo ella-. Pero solo hay una forma de averiguarlo con toda seguridad. Y Thierry me ayudará a hacerlo.

Miércoles por la noche

Aimée rodeó con sus dedos el frío plástico de su Glock de 9 mm y llamó a la puerta con la mano enguantada. Apareció un pálido Thierry Rambuteau. Se la quedó mirando fijamente. Un débil rayo de reconocimiento surcó su rostro.

– ¡Usted! ¿Qué quiere?-dijo

– Tenemos que hablar-dijo ella

– ¿Quién es usted?-No parecía querer saber la respuesta porque comenzó a cerrar la puerta

Ella bloqueó la puerta con la bota, con la mano en el bolsillo sobre la pistola.

– Tengo algo que quiero que vea.

El negó con la cabeza

– Y no voy a marcharme

– Ya que insiste…-dijo él haciéndose a un lado

Ella avanzó por el pasillo. El cuarto de estar, anteriormente claro y meticulosamente ordenado, aparecía ahora apagado y sombrío. Había papeles dispersos por encima del sofá. La foto enmarcada de Nathalie Rambuteau la contemplaba desde la chimenea.

– Dígame por qué ha intentado matarme-dijo Aimée en un tono inexpresivo, con los dedos sobre el gatillo en el interior del bolsillo

– ¿Yo? Yo no-dijo. Sus salvajes ojos inyectados en sangre se movían con velocidad de un lado a otro de la habitación. Movió la cabeza con brusquedad y se pasó las manos por la barba de varios días

– ¿Quién más iba a hacerlo?-dijo ella sin soltar el gatillo

– Pensaba que sería usted una flic, pero está claro que yo no habría sacado un cuchillo. El salvaje es Leif. Intenté detenerlo, pero se desmadró

– Leif, ese de los pantalones de cuero, ¿es el que me ha estado siguiendo?

– Leif tenía razón con respecto a usted.-Se levantó y comenzó a murmurar para sí mismo, andando de forma distraída adelante y hacia atrás.

“¡Son todos unos aficionados! Tengo que trabajar más duro para que entiendan.-El la ignoraba y se puso a remover viejos recortes de periódico

Sus ojos azules brillaban con furia-. Mi obligación, mi compromiso es con la raza blanca. Trabajo para Les Blancs Nationaux por amñor y por sacrificio. ¿Quién más iba a mantener el mundo puro si no lo hacemos nosotros?

Aimée estaba atónita

– ¿Mataron a Lili Stein para mantener puro el mundo?-dijo-. ¿Diseñó usted los asesinatos de Lili Stein y de Soli Hecht y luego hizo que sus esbirros los ejecutaran? Dígame la verdad.

– ¿La verdad?-rió él-. Mi padre me advirtió. Usted busca al que se cargó a la vieja, ¿no? Esos son los dominios de Les Blancs Nationaux, pero el asesinato no es nuestro estilo.

– ¿Por qué iba a creerlo? Usted tiene un motivo-dijo Aimée-. Y no tiene una coartada real

– ¿Un motivo? Los flics me interrogaron-interrumpió irritado-. Yo estaba en Estambul, volé a Amberes, recogí unas cintas de vídeo nuevas, y regresé en coche. Está registrado mi pasaporte

Ella había visto la actividad de su tarjeta de crédito en la autopista A2 desde Bélgica el día de la muerte de Lili.

– Enséñemelo

– Se lo quedaron los flics. Vaya a pedírselo. Si surge algo jugoso, su intención es cargarme a mí con ello.-Los ojos de Thierry refulgían

– Los miembros nuevos de Les Blancs Nationaux matan como parte de sus ritos de iniciación-dijo ella-. ¡Para demostrar su compromiso!

Thierry negó con la cabeza. En sus ojos había un brillo de asombro