– La supremacía aria es algo real-dijo-. Nadie tiene que matar por ella.
Lo que le resultaba más irritante era creer que él estaba siendo honrado. Le molestaba. Había sido difícil que pudiera avanzar en la teoría de que él era el asesino.
Lo que siguió fue más duro. Era un ser humano que había perdido a sus progenitores. Tenía que llevarlo al límite, hacer que revelara la verdad, probara o no su teoría. Comenzó a hablar sin demasiadas ganas
– No es fácil hacer esto.-Estaba en pie frente a la foto de Nathalie Rambuteau
– ¿Decirme que soy adoptado?-dijo él
Ella se sorprendió: ¿cómo podía saberlo?
– Mi padre me dijo que vendría usted-dijo-. Que me soltaría unas cuantas mentiras. Ahora váyase. Juegue a los polis en otro sitio. ¡Ya sé la verdad!
Por supuesto, Claude Rambuteau habría tratado de desacreditarla. Era exactamente lo que había prometido que haría
– Mi padre murió en mis brazos-dijo Thierry. Se le quebró la voz-. Déjeme en paz. ¡Yo no he matado a nadie!
– Será mejor que lea esto-dijo ella. Sujetó más fuerte la pistola dentro de su bolsillo mientras sacaba el sobre de la letra angulosa-. Esto es para usted. Su padre tenía intención de bloquear el testamento, pero murió y ahora todo esto ha de ser validado.
Thierry parecía estar inseguro
– Por supuesto-dijo mientras abría despacio el sobre-. Yo ayudé al desarrollo de las cosas en el bufete. Creo que su verdadera madre está viva, Thierry
– El dijo que usted había intentado…-torpedeó Thierry
– Y usted es judío
– ¿Qué está diciendo?
– Técnicamente-continúo Aimée-, ya que nació de madre judía. El judaísmo sigue la línea materna. Pero usted también es alemán, ya que su padre era un soldado de la ocupación. Probablemente de la Si-Po, responsable de la Gestapo que perseguía a los enemigos del Régimen
Thierry le arrancó la carta de las manos. Se acercó hasta la ventana y la leyó. Durante lo que le pareció una eternidad, ella solo escuchó el monótono tictac del reloj de la cocina
– ¿Cómo puede ser esto cierto?-Sus ojos echaban fuego. Se sentó y releyó la carta-. ¿Todos estos años? ¡Mentiras! ¡Un atajo de mentiras ¡ ¿Por eso bebía?
– Yo no puedo contestar a eso-dio ella. Mantuvo su mirada salvaje-. ¿Qué tiene esto que ver con Lili?
– ¿Cómo voy a saberlo?-Thierry bajó la voz-. Nada tiene sentido. Es como si una ola del océano me hubiera revolcado y mis pies no tocaran la arena. No sé cómo subir para coger aire. ¿Por qué nunca me dijeron que no era hijo suyo?-preguntó entonces
Parecía sentirse desolado. Aunque sentía lástima por él, tenía que conocer la verdad
– ¿Mató usted a Lili? ¿Para dar ejemplo con su muerte?- Lo miró atentamente.
El negó con la cabeza
– ¿Desde un avión? Ya se lo he dicho: estaba volando desde…
– ¿Quién lo hizo?-interrumpió ella
– Alguien está intentando inculparme-repuso él. Comenzó a hurgar entre los papeles cerca de la ventana
– ¿Qué está buscando, Thierry?
– Algo que me diga quién soy en realidad.-Thierry recogía papeles sin tratar de mirarla-. Lo que esto revela es…- Pero no podía decirlo
– ¿Qué su madre era judía y su padre nazi?-acabó ella la frase
– ¿Qué significa eso?-dijo Thierry con una expresión extraña en la mirada. Sacó la foto de Nathalie Rambuteau del marco de plata y levantó un trocito de papel-. ¿Es este mi nombre judío?-dijo tirándoselo a Aimée
Ella lo cogió. En un trozo de papel amarillento, estaba impreso “Sarah Tovah Strauss, née 12 de abril de 1828”
– ¿Puede creérselo?-dijo él-. Ni con todo mi trabajo para Les Blancs Nationaux me he sentido realmente un nazi.-Se rió
Lanzó el marco al suelo. Nathalie Rambuteau los contemplaba fijamente desde el suelo, bajo el filtro de centelleantes fragmentos de cristal
– Puede que sea porque soy medio judío- dijo él
Odiaba ir a los Archivos Nacionales de Francia, pero si existía algún tipo de registro sobre Sarah Tovah Strauss, además de en el Centro de Documentación Judía Contemporánea, donde no había nada, este era el único lugar en el que podía encontrar algo. El viejo palacio, en el que reinaba un frío glaciar y donde los excrementos de los roedores ensuciaban las esquinas, abría hasta tarde los miércoles. Los documentos de Napoleón y de los nazis junto con la mayoría de la historia francesa llenaban gran parte de las mansiones adyacentes, el hotel de Soubise y el hotel de Rohan. Su tarjeta de acceso al nivel dos le permitía la entrada la entrada las veinticuatro horas del día.
Siguió a un empleado de mostacho fino y rizado que apestaba a guiso de conejo al ajillo. Entraron en una sala acristalada, llena de grandes mesas de lectura de madera
– Es un material bastante pesado. Utilice un carrito.-Señaló una construcción de metal de alta tecnología que parecía un coche deportivo italiano. Junto a esta zona de suelo de parquet, abierta y luminosa debido a las numerosas claraboyas, se encontraban más y más estanterías de volúmenes encuadernados en piel y tela.
Se acercó al pequeño mostrador de préstamos
– Bonjour, estoy buscando archivos de los años 1939 a 1945 de los Archivos de la Dirección General de la Policía sobre el asunto de los judíos.
– ¿Algo en particular?-preguntó la bibliotecaria-. Tenemos miles de archivos
– Strauss, Sarah Tovah-dijo Aimée
La bibliotecaria pulsó una tecla en el ordenador
– ¿Viva o muerta?
– Bueno-titubeó Aimée-, por eso estoy aquí
– Solo pregunto porque algunos de los que nos visitan ya lo saben.-La bibliotecaria sonrió comprensiva-. Encuentre el aparato AN-AJ38. La sección de los fallecidos está a la izquierda, por números impares. El pasillo 33 fila W, tiene volúmenes con los nombres que empiezan por “S”. Los desconocidos o los que se dan por muertos están a la derecha.-Señaló una zona mucho más pequeña-. Llame por favor si necesita ayuda. Buena suerte.
A la entrada de las estanterías, un cartel señalaba que las etiquetas naranjas eran documentos de las fuerzas aliadas y las verdes, eran archivos nacionales franceses. La mayoría de las estanterías estaban llenas de material etiquetado en azul. Aimée ya conocía la reputación que tenían los alemanes por registrar todos los detalles, pero esto era asombroso. Cogió un viejo volumen azul atado con una cuerda y leyó una lista de cinco páginas con los contenidos de una fábrica de relojes en el 34 de la rue Coche-Perce que pertenecía a un tal Yad Stolnitz. Habían tachado su nombre con una línea roja. A menudo pasaba a pie por la estrecha y medieval rue Coche-Perce, la cual iba a dar a la animada rue St. Antoine, llena de boutiques y restaurantes de sushi. Hubo un tiempo en el que estaba repleta de pequeñas panaderías judías y puestos de falafel.
Trepó por las pequeñas escaleras de la biblioteca y encontró el Servicio para Asuntos Judíos, del 11 al 112 de la Sicheheitsdienst-SD, los servicios de inteligencia de las SS. Entre los volúmenes con la “S”, solo los que comenzaban por “St” ya ocupaban dieciséis tomos. Cargó con cuidado el carrito con documentos amarillentos y lo condujo hasta la mesa de lectura
Aimée se sentó con tristeza y pasó una página tras otra, llenas de judíos parisinos que ya no existían. Descendía por las columnas de nombres y leía Strauss, Strausz, Strauz. Todos y cada uno de los derivados de Strauss habían sido tachados con una línea roja. Había una Sarah Strausman en la lista, pero ninguna Sarha Tovah Strauss. Después de dos horas, le dolían los ojos y se sentía culpable. Culpable de ser parte de una raza que había reducido a cenizas generaciones completas y de haber hecho que vertieran cal viva en tumbas colectivas.