Lista de convoyes conformaban la mayor parte de la sección de los desconocidos. Se controlaba a los judíos que habían llegado a los campos de concentración, pero no exitían registros posteriores. Tampoco aquí se mencionaba a ninguna Sarah Tovah Strauss
De vuelta en la sección de los fallecidos, Aimée descubrió que los alemanes también se referían a los deportados considerando los distritos de París a los que pertenecían. Habían seccionado la ciudad en diferentes áreas con la categoría de judenfrei. Probablemente fue idea de esa pelota de la nota a Eichmann, ese que se preocupaba porque no podían hacer que llegaran hasta los hornos lo suficientemente deprisa. Aimée se preguntó cómo podían comportarse así los seres humanos entre ellos.
Bueno, entonces empezaría por el distrito cuatro, por el Marais, en el que vivieron la mayoría de los judíos. Calles, callejones y boulevares mostraban listas de nombres y direcciones. Cuarenta minutos más tarde encontró un hogar en el 86 de la rue Payenne relacionado con un tal Ruben Strauss y con la siguiente leyenda:
Strauss, Sarah T . 12-4-28 Paris Drancy JudenAKamp Konvoy 10
El nombre estaba tachado por una línea roja, al igual que el resto de los de la página. La familia Strauss fue deportada a través del campo de tránsito de Vélodrome d´Hiver. Sarah T. Strauss había entrado en la prisión de Drancy y luego su nombre aparecía en el convoy número 10 A, que quería decir Auschwitz. ¿Cómo podía ser la madre de Thierry esta Sarah Strauss?
Aimée se dio cuenta de lo brillante que era la línea roja que tachaba el nombre de Sarah comparada con las otras. Era muy extraño: el color de cada una de las otras líneas aparecía deslavado hasta llegar a un tono rosado. Casi le pareció que habían metido la “A” de judíos en negrita. Como si hubieran añadido más tarde la A de Auschwitz. Pero eso no concordaba con lo que había averiguado
Claude Rambuteau había visto a Sarah viva cuando les entregó al bebé Thierry. Aimée recordó el comentario de Javel. Había mencionado a la judía de brillantes ojos azules que había dado a luz a un bastardo boche.
Cuando pasó junto al mostrador sacudiéndose el polvo de las manos, la bibliotecaria le dijo que era política de la casa que la bibliotecaria misma volviera a colocar el material en las estanterías.
– ¿Ha encontrado lo que buscaba?-preguntó
– Sí, pero surgen incluso más preguntas-replicó Aimée
– Muchas de las personas que vienen dicen eso. Inténtelo en la Biblioteca Nacional de Washington o en la Biblioteca Vienesa de Londres. Son las fuentes principales además del Yad Vashem en Jerusalem.
Aimée le dio las gracias y bajó despacio la amplia escalinata de mármol. Se sentía sucia después de tocar esas páginas y sus dedos apestaban al olor a moho característico que se adhería al catálogo de los muertos. Una vez en casa se derrumbó y se puso a pensar en todos los acontecimientos del día. Se dio una larga ducha y permaneció debajo del agua caliente hasta que esta se acabó. Pero no pudo ni desprenderse del olor, ni borrar de su mente las líneas rojas.
JUEVES
Jueves por la mañana
– He cambiado todo desde que entraron en la oficina-dijo René-. Aquí está tu nueva clave de acceso y tus llaves de la caja fuerte.
– ¿”Hopalong”?-Se rió al pulsar con ganas su nueva clave-. ¿De dónde lo has sacado?
– De mi niñez pervertida que pasé viendo cutres películas del Oeste-dijo guiñando un ojo-. Yo soy “Cassidy”.
– ¡Menudo poeta!-Frunció el ceño-. Encontrar la huella de Luminol va a ser más duro de lo que pensaba. Han centralizado los archivos de huellas
– Intenta interactuar con Langedoc ZZ vía Helsinki-sugirió René-. El menú principal se originó con ellos
– Buena idea, Cassidy
Veinte minutos más tarde, había accedido a Fomex, el depósito de archivos de la prefectura de policía de cualquier ciudad o pueblo de Francia que tuviera su propia prefectura. Para cuando consiguió llegar al catálogo principal de huellas dactilares, el único título parecido era: “Huella dactilar, con sangre”, de los cuales había tres subgrupos: pendientes, en activo y fallecidos, con miles de archivos bajo el epígrafe. Podría concordar con cualquiera de las tres. Llamó a Morbier
– ¿Dónde está la maldita huella?-dijo
– Con los expertos-repuso él
Escuchó el ruido del roce de la cerilla de madera sobre su escritorio. Sabía que habían escaneado la huella grabada en vídeo y que había sido catalogada de inmediato en archivos informáticos
– No me tomes el pelo, Morbier. ¿Bajo qué epígrafe?
– Pendiente e Interpol. ¿A ti qué más te da?
Pulsó el encabezamiento: “Pendientes”, luego “París” y por último distrito cuatro/rue des Rosiers 64. Apareció en la pantalla un dedo gigante
– Perfecto para incluirlo en el veintiocho por ciento de la población archivada-dijo ella. Le gustaría ver su expresión si pudiera ver lo que llenaba su pantalla.
– Los de arriba han vuelto a hablar. Parece que les gusta apropiarse de cualquiera de mis casos-dijo él.
– ¿Quieres decir que no les gustó tu cara en las noticias de la noche?
– Quiero decir que el uso de Luminol está sujeto a estrictas reglas del ministerio en La Defense-respondió él-. Las cuales yo no cumplí. Así que me ha echado del caso.
– Eso tiene sentido
– leduc, a buen entendedor pocas palabras bastan. Olvídate de todo esto
– ¿Así que solo los chicos grandes consiguen jugar a imponer sus propias reglas? ¿Es eso lo que me estás diciendo, Morbier?-preguntó Aimée
– Ya lo han hecho-dijo él-. Ten cuidado
Todavía no habían clasificado o tipificado la huella, pero, por los espirales que llenaban la pantalla del ordenador, Aimée podía deducir que era común a un tercio de la población. Una impresión perfectamente comprensible; las espirales sobre la parte más prominente del dedo corazón eran únicas, como las de cualquiera. Pero podía empezar clasificando y descartando a dos tercios de dos millones de impresiones almacenadas basándose en lo que veía. Pulsó Fomex en el terminal de René y escaneó en el ordenador los archivos con las huellas dactilares conocidas de los nazis del juicio de Núremberg. Eso le daría una base para empezar. En el terminal conectado al Minitel descargó el archivo “P.F. Sicherheits-Dienst Memorandum” adornado con los gruesos emblemas de la Gestapo al que había accedido a través del Yad Vashem en Jerusalén.
Pero eso resultó ser un callejón sin salida. Comprobó otros memorandos del archivo. Nada. Los juicios de Núremberg solo daban como resultado huellas de los que habían sido ejecutados por crímenes de guerra y el archivo R.F.SS era limitado.
No sabía qué hacer y ahondó en documentos clasificados de la República de Alemania. Después de buscar durante cuarenta minutos más, accedió a la base de datos del Tercer Reich y la pantalla se inundó de una completa retahíla del nazismo. Muchas de las entradas venían de restos carbonizados, escaneados e introducidos en la base de datos a partir de los restos que se consumían en el sótano de las Juventudes Hitlerianas de todo el país y de la Liga de Muchachas Alemanas aparecían catalogadas junto a organizaciones de camisas marrones SA, huellas dactilares de miembros de la Gestapo, e incluso los nombres de mujeres alemanas a las que les fueron concedidas cruces de oro por tener el mayor número de hijos.
Entró en los archivos de la Gestapo y buscó por apellidos. No apareció nada que concordara con lo que ella quería. Entonces lo intentó por localizaciones, y buscó en los tres principales cuarteles generales de Munich, Hannover y Berlín. Apareció un tal Reiner Volpe, de ocho años de edad, pero eso fue lo más aproximado. Entonces decidió intentarlo año por año. Comenzó en 1933, el primer año conocido en los archivos de una Gestapo establecida. Después de hora y media, había encontrado en el archivo de la Gestapo las huellas dactilares de un jefe de la Gestapo y de sus asistentes en París: Rausch, Oblath y Volpe. Las imprimió, sorprendida al ver la claridad de la impresión después de todo ese tiempo.