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Después de extraer las huellas del Luminol del archivo de Frapol ¡, observó a través de la lupa las dos pantallas llenas de remolinos y espirales. Las cotejó, contó hasta diez y presionó “Solicitar comparación”. Tras un suave pitido y una serie de pequeños chasquidos en la pantalla apareció “Solicitud recibida”, y una señal intermitente que indicaba retraso en la solicitud. Todo lo que le quedaba por hacer era esperar si se producía o no la concordancia.

Aimée se mostró demasiado sorprendida cuando la luz intermitente desapareció del ordenador de René y apareció el mensaje “Sin concordancia en las huellas verificadas”. Había eliminado a Rausch, Oblath y Volpe como los asesinos de Arlette. Pero habían sido responsables de tantos otros asesinatos, que eso no quería decir gran cosa. Eliminación primitiva. Todavía no conocía la verdadera identidad de Hartmuth Griffe. Generalmente, se habían encontrado nuevas identidades similares al nombre real de la persona para favorecer el ser fácilmente recordadas y evitar errores. Podía ser Rausch o cualquiera de los otros asistentes: Oblath o Volpe.

Apareció en la pantalla una configuración de letras revueltas, seguida por chasquidos. Levantó la vista alarmada.

– René, ocurre algo raro

– En el mío también-dijo él-. O algo está interfiriendo en la transmisión o nos ha atacado un virus

– Voy a comprobar el servidor de seguridad. ¿Has confirmado con ellos nuestras nuevas claves de acceso?-dijo ella

– No he tenido tiempo todavía-gimió René-. ¡Estamos perdidos! Se nos ha caído el sistema

Aimée puso en marcha rápidamente el sistema automático de recuperación de archivos, de forma que los archivos no se borraran o perdieran. El sistema automático de recuperación les costaba muy caro, pero garantizaba que el sistema estuviera libre de fallos

Dejó escapar un suspiro de alivio una vez que hubo comprobado el sistema

– Se han salvado las huellas

René parecía estar preocupado cuando bajó de su silla

– Creo que has topado con algún tipo de sistema de alerta de Fomex

– Creo que tienes razón.-Echó un vistazo a la pantalla-. Eso quiere decir que he escarbado lo suficiente como para activar las alarmas

Por primera vez admitió que quizá se movía por encima de sus posibilidades. Y mucho.

– Vete a casa-dijo René mientras se ponía el abrigo-. Voy a ver a un amigo que anda con este tipo de cosas. Mantente alejada del sistema y espera hasta que tengas noticias de mi

– Voy a ir a casa dando un paseo-repuso ella

– Mantente también alejada del teléfono.-Tenía un aspecto taciturno-. Y aegúrate de que no te sigue nadie

Mientras paseaba junto al Sena y tiraba piedritas al agua de una patada, comprobó que no la estaban siguiendo. Inquieta, hizo un esfuerzo por catalogar mentalmente sus recientes descubrimientos

Había descubierto que una huella dactilar con restos de sangre encontrada en la escena del asesinato de la portera de Lili no concordaba con ninguna de las huellas de los oficiales de la Si-Po del París ocupado. Sin embargo, sabía que esos oficiales habían aparecido como muertos en la batalla de Stalingrado mientras seguían firmando órdenes de deportación de judíos en París. Habían entrado en su despacho, habían robado archivos sobre Lili y una colaboracionista, y habían pintado una esvástica en su pared junto con una amenza. Había oído las últimas palabras articuladas por Soli en el hospital, “Ka…za”, y casi la atropellan. Por no hablar del descubrimiento sobre los verdaderos padres de Thierry y la afirmación de Javel sobre la judía de brillantes ojos azules. Habían salido a la superficie más piezas del rompecabezas, fragmentos e imágenes. Todas cuadraban. Solo que ellea no sabía cómo.

Ahora lo que necesitaba era remover las cosas. Echar su idea a la sartén y ver lo que ocurría. Comprobar sus sospechas sobre Hartmuth Griffe. Sacó el teléfono móvil y llamó a Thierry

– Quedamos en el patio trasero del museo Picasso-dijo ella

– ¿Para qué?-Su voz sonaba inexpresiva

– Tiene algo que ver con sus padre-dijo despacio-. Necesitamos…

El interrumpió nervioso

– ¿Ha averiguado algo sobre mi… la judía?

– Búsqueme junto a la estatua del Minotauro. Detrás de los plátanos.

– ¿Por qué?

Le explicó su plan y colgó

Mientras cruzaba la place des Vosgues, iba dando patadas a las hojas secas. Realizó otra llamada de teléfono a Hartmuth Griffe. Definitivamente, esto haría que todo echara a rodar. Lo que estaba por ver es si lo haría de la forma adecuada.

El antiguo hôtel particulier, actualmente el museo Picasso de la rue Thorigny, aún mantenía en el patio trasero tranquilos rincones verdes de confort. En esta época del año el pequeño patio se encontraba desierto de visitantes. El aire fresco del otoño lanzaba las hojas, como si de bolos se trataran, sobre las figuras de bronce de Picasso reclinadas sobre el césped. Varias de sus voluptuosas figuras femeninas de mármol Boisgeloup bordeaban los muros de caliza.

Thierry estaba de pie junto a Aimée bajo un árbol de amplia copa, con las piernas separadas y el rostro inexpresivo

– ¿Es él?

Ella asintió

– Aténgase al plan

Hartmuth Griffe se sentaba acurrucado en un banco junto al Minotauro Dorado y se arrebujaba en su abrigo de cachemira. Se los quedó mirando fijamente según se acercaban

– Gracias por venir, monsieur Griffe

– Me ha intrigado su oferta, mademoiselle Leduc-dijo con una ligera inclinación de cabeza-. Y bien, ¿qué es eso tan interesante como para hacerme salir con este frío?

Aimée se fijó en la manera en la que Hartmuth observaba el azul intenso de los ojos de Thierry. Hizo un gesto en dirección a Thierry. El brazo de Thierry salió disparado desde el abrigo militar de cuero negro y efectuó el saludo Sieg heil. La gastada piel crujió

Los ojos de Hartmuth no se inmutaron cuando se levantó

– Antes de que me vaya, ¿quién es usted?

Thierry sonrió sardónicamente

– En estos momentos, esa es una buena pregunta

Aimée se adelantó

– Tengo algo que pedirle. Puede parecerle algo atrevido, y por supuesto, lo es, pero concédame ese honor, por favor; luego tendrá sentido. Por favor, quítese la camisa

– ¿Y si me niego?-dijo Hartmuth de pie apoyado sobre una reja cubierta de hiedra

Aimée le bloqueó la salida

– Es mejor que coopere

Thierry le sujetó los brazos a Hartmuth y lo inmovilizó por detrás. Hartmuth se agitaba y se retorcía

– No es sensato resistirse-dijo Thierry mientras empujaba a Hartmuth detrás de unos arbustos frondosos justo debajo de las ventanas del museo

Destrás del denso follaje. Aimée le apuntó con su Glock a la sien

– Se lo he pedido de buenas maneras. Ahora, hágalo

Con el rostro como una máscara, Hartmuth se quitó la chaqueta y se desabrochó la camisa, dejando el pecho al descubierto. Bronceado, musculazo y fibroso. Aimée le envolvió los hombros con su abrigo al levantarle un brazo

– ¿Creéis que yo también soy drogadicto? ¿Qué necesito un chute?-los ojos de Hartmuth se clavaron en los de Thierry-. Vosotros dos, yonquis, vais en equipo, ¿verdad? Tengo la cartera en el bolsillo. Coged el dinero y largaos

Aimée le examinó el brazo con cuidado mientras Thierry lo sostenía por detrás. Disimuló el asco que sentía al descubrir la reveladora señal

– ¿Qué hac-ces?-dijo Hartmuth retirando el brazo con un movimiento brusco

– Esa cicatriz bajo el brazo izquierdo procede de haber retirado el tatuaje de las SS, ¿no es cierto?-dijo ella-. Se dispara en esa zona hasta que la boca de la pistola se pone al rojo vivo. Es doloroso, pero mejor que la muerte lenta si los rusos las descubrían