– ¡Sarah me d-dijo que el bebé había m-muerto!-dijo Hartmuth
Thierry se acercó indeciso, mientras un reguero de lágrimas surcaba su rostro
– ¿Puedo tocarte, apdre?-preguntó con un susurro
– Mire sus ojos azules-dijo Aimée a Hartmuth-. Claude Rambuteau dijo que Thierry tenía los mismos ojos que Sarah
Hartmuth extendió despacio sus temblorosos dedos y agarró los de Thierry. Se tomaron de la mano con fuerza. Aimée miraba cómo la mano de Hartmuth comenzaba a explorar el rostro de Thierry. Sus dedos recorrieron los pómulos de Thierry, la curva de su frente y donde sus orejas acariciaba su negro cabello
La niebla se adueñaba del patio y hacia que la luz de los focos que iluminaban las esculturas de Picasso resultara más tenue. La temperatura había bajado pero los dos hombres hacían caso omiso. Mientras hablaban, nubes de vaho recalcaban sus palabras en el aire de la tarde.
Hartmuth habló con suavidad
– Tu barbilla es como la de mi abuela, sobresale un poco justo por ahí.-suspiró al tiempo que recorría la mandíbula de Thierry con sus dedos-. Por supuesto, tus ojos, tu color y tu pelo son suyos-dijo
– ¿Suyos?-preguntó Thierry dejando que la pregunta flotara en el aire.
– Se acercará a mí, a nosotros…-Un poderoso anhelo se mostraba en la mirada de Hartmuth-. Por eso está haciendo esto, ahora lo entiendo. Ya nada importa, solo que estamos juntos. Por alguna alocada coincidencia nos hemos encontrado. Siempre lo he esperado. Pero en mis fantasías nunca soñé que…
– ¿Qué nos reuniríamos como una familia feliz?-se rió Thierry con sarcasmo
– No. Nunca supe que existías. Pero estamos destinados a estar juntos-dijo Hartmuth
– Padre, no olvides por lo que has vivido-dijo Thierry. Le mostró la mano a la luz para que Hartmuth pudiera ver los tatuajes que la rodeaban-El lema de las SS: “Mi honor es la lealtad”. Esos ideales no han muerto
– ¿De dónde sacas toda esa vieja propaganda?-preguntó Hartmuth sorprendido
Los ojos de Thierry se llenaron de lágrimas
– Mi vida es un sacrificio por el modo de vida ario
Hartmuth movió la cabeza
– Ella está en peligro.-Su voz denotaba urgencia
– Es bueno saber que algunas cosas no cambian nunca-dijo Thierry
Sonrió por primera vez
– ¿Qué quieres decir? Es tu madre-dijo Hartmuth
Aimée se acercó a Hartmuth
– ¿Cómo es ella?
– Sus ojos son de un azul increíble-dijo-. Lleva una peluca negra. Tienes que encontrarla
– Es una cerda judía, un receptáculo impuro para la semilla aria, eso es todo.-Los ojos de Thierry echaban fuego
Aimée se alarmó
– Vámonos, Thierry
Hartmuth se mostraba incrédulo
– ¿Cómo puedes decir eso? Eso son viejas historias, ya no importan
Thierry hizo una reverencia miserable
– ¿Puedes aceptarme como hijo impuro, tal y como soy?
Hartmuth lo abofeteó
– ¡Tu cerebro es lo impuro!
Thierry asintió
– Cierto.-Se arrodilló-. Me purificaré, eliminaré su presencia de mi-suplicó-. Encontraré a la puerca judía. Purgaré nuestra línea para la raza maestra.
Aimée lo levantó agarrándolo del brazo. Tenía que sacarle del patio húmedo y gélido antes de que hiciera algo peor. Lo empujó junto al Minotauro, lo cual hizo que casi se tropezaran con el banco
– ¡Tienes la mente retorcida, estás enfermo…!-aulló Hartmuth
– Te mostraré lo que valgo-dijo Thierry mientras Aimée lo arrastraba hacia la puerta trasera del museo
– Esperad…-gritó Hartmuth, pero ya se habían ido
Thierry zarandeó a Aimée contra la pared en el exterior del museo Picasso.
– ¡Encuéntrala!-dijo antes de irse
Tenía frío y estaba cansada. Cruzó el Sena caminando penosamente hasta su casa. Miles Davis saltó sobre ella en cuanto entró en su piso sin calefacción. Jugueteó con el interruptor hasta que la lámpara de cristales brilló con luz tenue, pegó una patada al radiador de la entrada, que se encendió con un petardeo, antes de apagarse
Helada hasta los huesos, fue al cuarto de baño y abrió a tope los grifos cromados de la bañera de porcelana negra. El viejo albornoz turco de su padre, de un ajado azul, estaba colgado sobre el toallero caliente. Cuando no funcionaba la calefacción del piso, se calentaba en la bañera. Allí liberaba los pensamientos y podía ordenar los compartimentos de su mente. Ordenaba las ideas y daba sentido a lo que sabía. Se hundió en la acogedora calidez mientras el espejo se empañaba con el vaho y el dulce aroma del jabón de lavanda provenzal llenaba la habitación.
Había probado que Thierry era hijo de Hartmuth y de Sarah. Después de que Hartmuth lo aceptara, había revelado que Sarah sobrevivió y que estaba en peligro. No solo Hartmuth quería encontrarla, sino también un Thierry enloquecido. Le asustaba la ira de Thierry y aún estaba lejos de saber quién mató a Lili. Además, René no había vuelto a ponerse en contacto con ella, y estaba preocupada por él.
Escuchó el chasquido del contestador
– Leduc, contesta. Sé que estás ahí-dijo la voz de Morbier en la máquina. Salió de la bañera templada con la intención de no contestar. Mientras se secaba el pelo, escuchó la insistencia de su voz. Finalmente, cogió el teléfono en su dormitorio
– No necesitas soltar alaridos, acabo de salir de la bañera-dijo
– Nos vemos en la place des Vosges, en Ma Bourgoyne, el café con esa tarta de manzana tan buena-gruñó
– Dame una buena razón, Morbier-dijo Aimée con voz cansada
– Intuición, algo que me sale de las entrañas, llámalo como quieras, eso que tengo y que ha hecho que me mantenga en esto durante tanto tiempo. Vístete, te espero.-Colgó el teléfono
Ella silbó a Miles Davis y este saltó correteando de su cama
– Es hora de que te quedes con el tío Maurice. Quiero que estés a salvo.
Jueves por la tarde
Aimée atravesó las sombras alargadas del patio del hôtel Sully. Setos de color verde oscuro, podados en forma de flores de lis, interrumpían la amplia extensión de gravilla. La elevada mansión, otro hôtel particulier restaurado, daba acceso a la place des Vosges a través de un estrecho pasaje.
Había dejado un mensaje a René diciéndole dónde se iba a encontrar con Morbier. El tono cauteloso de René le resonaba en el cerebro y se sentía expuesta al ataque. Faxes, pintadas amenazantes, y coches hostiles que la tiraban de su ciclomotor no la habían preocupado tanto como el virus en el sistema informático. Los ordenadores eran lo suyo. Tenía la Glock apoyada en la cadera, cargada y a punto en el bolsillo de sus tejanos.
Un aroma dulzón a mantequilla flotaba por el patio. Su mente vagó hasta la tarta de manzana, servida boca abajo, por la qur Ma bourgoye era famoso. El restaurante se encontraba al salir del estrecho callejón, bajo los sombríos arcos de la place des Vosges. Sacó el teléfono móvil y pulsó una vez más el número de René. No obtuvo respuesta.
Al volverse para abrir la mochila, sintió n pinchazo caliente en la oreja. El polvo de escayola salía despedido del arco de piedra debido a una descarga de balas que agujereó la pared.
Se tiró en plancha sobre los húmedos adoquines y se abrazó a una robusta columna, a la vez que sacaba rápidamente la Glock del bolsillo. Si no llega a dar la vuelta, en este momento sus sesos estarían esparcidos por los adoquines.
Se tocó la oreja que la bala había rozado. Sus dedos temblorosos se tornaron de un rojo pegajoso y con un olor metálico. Ni siquiera le había dolido. Estaba aterrorizada y no sabía adónde ir. Las balas que parecían llegar desde arriba reventaban sistemáticamente en los bordes de la columna. Constituía un blanco fácil. La columna ya había sido reducida a un cuarto de su tamaño original.
Sujetó la pistola con las dos manos para afianzar el blanco, respiró hondo y disparó una ráfaga al tejado. Contó los disparos antes de terminar, pegó un salto y dio una voltereta sin dejar de disparar. Chocó con el brazo izquierdo contra el arco de entrada al callejón y un agudo dolor le recorrió la espalda. Rezó para que no se le saliera el hombro justo ahora.