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Los trabajadores gruñían y se quejaban de las corrientes y del frío que llegaba de las paredes de piedra. Sonrió. Probablemente se iban a sus casas, a cálidos y acogedores pisos dotados de todas las comodidades modernas. Pero ella vivía en un lugar como este, ¡qué más daba si no podía volver allí? Estaba segura de que vigilaban tanto su piso como su despacho.

Morbier, al que conocía desde que era una niña, había sucumbido a la presión en su departamento y la había traicionado. Yves, ese neonazi tan guapo, alertado por su aparato de escucha, le había dicho a Leif que ella era una infliltrada. Pero Leif había fallado y había disparado a René en el fuego cruzado. Ella se había ocupado de Leif: hasta ahora, lo único de lo que no se arrepentía.

Estaba completamente sola. No tenía a nadie en quién confiar.

Se arrimó más a la pared mientras el personal se tomaba su tiempo para cerrar. Oyó por fin una voz

– Comprueba el piso y los servicios, y ya activo yo la alarma

Gracias a dios un servicio que funciona, pensó Aimée. Había estado apretando las piernas intentando aguantarse durante tanto tiempo.

– Oui, monsieur le directeur-dijo alguien. Eso es, lo habían estado esperando.

Al mirar a través de los agujeros de la polilla en el tapiz, vio sobre la mesa del director el ordenador de color gris, proporcionado por el Ministerio francés de Cultura. El gobierno francés estaba obsesionado por el acceso a los ordenadores, a cargo de los contribuyentes. En este momento, le parecía perfecto con tal de poder echar mano de ese teclado. El director, que le daba la espalda, tocó un interruptor en la pared antes de que alguien del personal gritara que funcionaba.

Probablemente se trataba de un sistema de seguridad Troisus activado en dos posiciones diferentes. Era bastante habitual para los edificios del gobierno, que tenían un interruptor en el interior y otro en el exterior. Ya se preocuparía más tarde por la alarma o utilizaría una claraboya, ya que rara vez estaban conectadas. Esperó durante por lo menos cinco minutos por si acaso alguien había olvidado algo y regresaba y casi se hizo pis encima antes de poder buscar un servicio.

Después de orinar en el bidé de Víctor Hugo, que estaba más cerca que el váter, se sentó en la silla del director y encendió un radiador eléctrico para hacer desaparecer el frío que le helaba los huesos.

Como este sistema tan moderno le resultaba familiar, lo intentó con diferentes versiones de las iniciales del director hasta que acertó con la que le permitía acceder a su terminal. Se quitó los zapatos de tacón y se comió el último cruasán de chocolate. Lo intentó con diferentes claves de acceso genéricas. Al tercer intento, accedió al Archivo Nacional de Francia.

Llamó a Martine desde su teléfono móvil.

– Martine, deja de confiar en los flics.

– ¿Qué quieres decir?-Martine parecía estar más cansada de lo habitual.

– Se han llevado a René

– ¿A tu socio?-dijo Martine

– Escucha: necesito dos cosas, d´accord?

– ¿Y dónde está mi historia? Me lo prometiste-dijo Martine

Aimée echó hacia atrás la silla del director y miró por la alta ventana. Las sombras se alargaban sobre la place des Vosges. Las figuras se movían de un lado a otro. Podían ser transeúntes o los del B.R.I. No había forma de saberlo.

– Manda a un periodista para que vigile a René en el hospital. No puedo ir yo porque me están buscando. Publica una historia del tipo: “Tiroteo misterioso: asesino neonazi con esvásticas tatuada”. Dale mucho bombo, en la primera página. Y ahora, mándame por fax la última de las chuletas

– ¿En qué lío te has metido?-En la voz de Martine había preocupación-. ¿Quién va detrás de ti?

– Mas bien ¿quién no? Este es el fax en el que estoy.-Aimée lo dictó leyéndolo en la máquina junto al ordenador del director-. ¡Mira primero a ver cómo está René, por favor! Haslo ahora mismo, ¿vale? Y te prometo que todo esto es para ti.-Lo que no añadió fue, si lo consigo.

Estaba alerta por si aparecía alguien que fuera a hacer la limpieza, así que vagó por las salas. No se podía decir que los escritores prósperos de la época de Víctor Hugo vivieran de manera suntuosa. Miró a la calle desde su dormitorio y vio cómo caía la noche sobre los plátanos de la plaza. Si había presencia policial, ella no la veía, solo veía a los padres que intentaban sacar a sus hijos del parque infantil.

Se fijó en una placa junto a los pliegues del dosel de brocado que caían en cascada hasta las maderas del suelo que anunciaba que el gran Víctor Hugo había expirado en esta cama. La invadió el desasosiego. ¿Tendría Víctor Hugo encantadas estas habitaciones? Fantasmas, fantasmas por todos los sitios.

El fax emitió un gruñido. Se sobresaltó y golpeó un armario de madera, que crujió, e hizo que los ratones que se ocultaban debajo se escurrieran corriendo por el pasillo. Roedores. Odiaba los roedores. Nubes de polvo se elevaban sobre el suelo. Desde algún profundo lugar en el interior de su bolso, se escuchó el tintineo del teléfono al tiempo que ella reprimía la tos.

– Mira esto.-La voz de Martine se quebraba al otro lado de la línea-. ¿Podrías encontrarla con esta foto?

Aimée corrió hasta la máquina de fax. Ahogó un grito al ver la cara, de forma clara e inconfundible

– Ya lo he hecho-dijo

Jueves por la noche

– Soy Aimée Leduc-dijo al teléfono móvil-. Necesito verla

Un largo silencio

– Está usted en peligro. Salta por la parte de atrás del edificio. Hay un patio ¿no?-Aimée no esperó una respuesta-. Lleve un martillo o un cincel. Encuentre la puerta que da al callejón, tiene que haber una. Es donde guardaban los caballos. Fuércela para abrirla. ¿Ha entendido?-Aimée esperó, pero lo único que escuchó fue cómo alguien tomaba aire.

“Vaya a la fábrica de botones Mon Bouton, en la esquina de la place des Vosges con rue de Turenne. Hoy abre hasta tarde. Entre, pero no se acerque a ninguna ventana. Vaya ahora, y yo llegaré justo a la vez.-Al otro lado seguía habiendo silencio-. Sea lo que fuera lo que ocurrió entre Lili Stein y usted pertenece al pasado. Hago esto porque no se merecía que la asesinaran. Ahora van a por usted. Salga inmediatamente.-Aimée colgó

El objetivo brillantemente iluminado de Aimée, la fábrica de botones, destellaba sobre los tejados y entre los árboles. Mon Bouton ocupaba un pequeño patio, una calle más allá de la place des Vosges.

La cama con dosel de Víctor Hugo se acercaba a lo que se podría considerar cómodo y, aparte de los ruidos de algo al corretear, se sentía a salvo. Pero ahora Aimée tenía que abandonar el museo sin que la alarma se disparara. Anudó unas cuantas batas y unos cuantos trapos que encontró en el armario de la limpieza junto a unas sábanas que encontró debajo de la cama del gran escritor. Cogió la silla del guardia y la puso encima del inodoro. Pocos museos se preocupaban por incluir en sus sistemas de alarma las claraboyas a más de tres pisos de altura. En esta dos barras de metal estaban suspendidas de un lado a otro del grueso cristal en forma de tela de araña. Balanceó los trapos sobre las barras y se subió a la silla. Agachada bajo la claraboya rectangular, apuntó con el pie derecho y dio una patada a una de las barras.

Pensó que ojalá llevara botas en lugar de unos tacones de varios cientos de francos. Tras varios intentos, la barra se aflojó lo suficiente como para poder moverla despacio. Pero seguía siendo demasiado estrecho para escurrirse hacia el exterior. Siguió pegando patadas una y otra vez. Por fin aflojó la segunda barra de un puntapié y se impulsó despacio hacia arriba. Al soltar la manilla, la claraboya se abrió con un chasquido. El aire de la noche era limpio y fresco entre las chimeneas y los tejados inclinados.