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Tenía que llegar a la fábrica de botones de la rue de Turenne cruzando los tejados de la place des Vosges. Con la falda arremangada sobre los muslos trepó por los picudos aleros y ménsulas extendidos por el tejado. Las orejas puntiagudas y las colas de las gárgolas se posaban a su derecha. Se abrió camino por los tejados deslizándose sobre antiguas tejas de pizarra, buscando apoyo con los tacones sobre la reluciente superficie. Las ventanas y claraboyas abiertas exhalaban vestigios de música clásica, el repiqueteo de los cacharros de cocina, los aislados gemidos del amor. Se agarró a la mohosa salida de una chimenea de ladrillo y sintió algo pastoso y húmedo bajo la palma de su mano. Roedores.

Un vapor grasiento salía disparado de la chimenea cuando Aimée se agarró a unos oxidados travesaños de hierro que conducían a algún lugar al otro lado de un elevado contrafuerte de ladrillo. Tenía que trepar cada travesaño despacio, respirando con dificultad. La asaltó el olor a cebolla frita que provenía de una cocina iluminada a sus pies.

– ¡Tengo hambre, maman!-gritó un niño

Se detuvo en otro bloque de tejados y se arrodilló por encima del Marais para recobrar el aliento. Más travesaños conducían a un tejado inclinado que iba a dar sobre el patio de la fábrica de botones. Con los brazos y las piernas abiertos, se abrió camino junto a la cubierta desportillada, utilizando los dedos de los pies para encontrar huecos en los que los travesaños se retorcieran o se soltaran. Avanzó resbalándose y sujetándose a alguna que otra grasienta pieza de la cubierta de tejas que se había desprendido en algún lugar, y así llegó hasta un saliente de metal situado sobre el patio. Probablemente a una distancia de unos seis metros del suelo. Si conseguía sujetarse a la oxidada escalera de incendios y deslizarse hacia abajo, sería solo un salto de unos tres metros.

Intentó alcanzar el canalón de estaño junto a ella. Se situó boca abajo y avanzó en esa postura poco a poco hasta que por fin agarró el vertedor que conducía al canalón.

Tenía algo que decir a favor de esta ropa de diseño: se mantenía impecable en condiciones extremas. Si el vertedor no soportaba su peso, tendría que alargar la mano, empujar el canalón y agarrar rápidamente la escalera de incendios. No le dio tiempo ni a pensarlo. Se sujetó al canalón de estaño, que chirrió cuando sus uñas lo arañaron.

Intentó desesperadamente sujetarse al estrecho canalón mientras sus piernas se balanceaban en el vacío sin control. El aire frío se abalanzaba sobre ella al tiempo que intentaba alcanzar la barandilla de la escalera de incendios con la otra mano.

– Ya está, se acabó. Un salvaje numerito antes de despatarrarme sobre los adoquines, vestida con un traje de Issey Miyake arremangado sobre mis muslos.

Le pasó por la mente la cara sonriente de su padre junto a una desvaída imagen sepia de la que parecía ser su madre. Su única oportunidad era un contenedor a sus pies lleno de dios sabe qué.

Gritó cuando se rompió el canalón y cayó en dirección al contenedor

Cayó de cabeza, dando una voltereta en el aire frío de la noche

Aterrizó sentada en un contenedor lleno de botones que amortiguaron su caída. Rojos, verdes y amarillos. Brillantes y relucientes a la luz de la luna que se asomaba entre los árboles. Los botones chocaron entre ellos cuando se incorporó para alcanzar el borde del contenedor. Resbaló, y se encontró enterrada bajo montones de ellos. Jesús, ¿moriría ahogada por estos discos de colores después de haber sobrevivido a una caída de seis metros desde el tejado?

Por fin consiguió subir aplastando cientos de botones. El patio parecía estar sorprendentemente tranquilo. Se bajó la falda, se sacudió y una lluvia de multitud de bolitas de color rojo, verde y amarillo revoloteó sobre los adoquines. Había aterrizado en una partida de restos defectuosos. Entró pesadamente por la puerta laterar de Mon Bouton.

– Ça va, Leah?-Aimée la saludó con un beso

Leah abrió los ojos sorprendida al verla aparecer

– ¡Menudo traje!-Se acercó más, ya que era miope por haber pasado tantos años clasificando botones-. ¿Se trata de…?

– Un asesinato-asintió Aimée sintiéndose culpable por abusar de la confianza de Leah

En ese momento se abrió la puerta ligeramente y Aimée se dio la vuelta

– Ya estoy aquí-La empleada de albertine Clouzot, Florence, dudaba-. Casi no vengo

– Aquí está usted a salvo, Sarah

La antigua Sarah Strauss llevaba una peluca negra de media melena con flequillo que enmarcaba sus sorprendentes ojos azules. Alta y adusta, todavía resaltaba su belleza. Metió las temblorosas manos en los bolsillos de la gabardina

Miró a Aimée

– Pero he visto al mismo hombre que estaba afuera cuando regresé de las compras. Seguía ahí cuando usted llamó

– Tenemos que hablar. ¿Un café?

El único ruido provenía del siseo de la cafetera exprés en el fuego. Leah apagó las luces del taller, dejando un tenue foco sobre la cocina. Asintió de manera que tomaba parte en la conspiración y abandonó la sala

Aimée condujo a Sarah a una larga mesa de comedor de madera, abierta y llena de marcas, situada junto a los tubos y cilindros de metal galvanizado que organizaban los botones. Sirvió negro café humeante en dos tazas y le pasó el azucarero con el azúcar moreno

– Alguien quiere matarla.-Aimée sorbió su café-. También van detrás de mí

Sarah levantó la vista de su taza de café, desconcertada

– ¿Qué significa la esvástica grabada en la frente de Lili Stein?-dijo Aimée frotando la mesa de madera con la mano

Sarah movió la cabeza de un lado a otro

Aimée tenía que hacerla hablar

– Sarah, todo esto pertenece al pasado. ¡Usted lo sabe!

Los ojos de Sarah reflejaron miedo, pero sobre todo, tristeza

– Una maldición-gimió-, eso es lo que es. Que me ha seguido toda la vida. ¿Por qué lo permite Dios? Leo la Tora, lo intento entender, pero…-Se derrumbó, sollozando

Aimée se sintió culpable de su arrebato

– Verá, lo siento-Se inclinó hacia delante y rodeó a la mujer con el brazo-. Sarah, ¿le importa que la llame así?-Le levantó la barbilla-. Nunca juzgaría sus actos de hace cincuenta años. Yo entonces no había nacido. Solo cuénteme qué ocurrió.-Aimée hizo una pausea-. Hábleme de usted y de Lili.

– Usted encontró su cuerpo, ¿no?

Aimée sintió un nudo en el estómago

Sarah miraba al suelo, incapaz de enfrentarse a la mirada de Aimée

– Ella había cambiado

La curiosidad de Aimée había adquirido un tinte de miedo, desde el momento en el que vio la foto de Lili entre la multitud, cuando a Sarah la marcaron con la esvástica.

Sarha hablaba despacio

– De eso hace mucho tiempo. Algunos nos pasamos la vida intentando compensar el pasado-suspiró

– ¿Ella…?-Aimée no pudo acabar

Sarah se quitó la peluca negra

– ¿Si ella me hizo esto?

La cicatriz de la esvástica enn la frente se notaba incluso a la tenue luz. Sarah asintió

– Si no hubiera sido Lili, algún otro de esa turba lo habría hecho

Aimée se quedó atónita al escuchar el hartazgo y el perdón que expresaba su voz

Sarah interpretó su mirada

– Pero ella no dejó que hicieran daño a mi bebé. Los convenció para que nos dejaran en paz. Me ayudó a buscar refugio-Sarah suspiró-. Después de cincuenta años, volví a verla, tuvo que haber sido justo antes de…

Aimée dio un respingo y aguzó el oído

– ¿De que la matasen?

– He vuelto a París hace poco-asintió Sarah-. Como usted sabe, acababa de empezar a trabajar para Albertine. Lili todavía vivía en la rue des Rosiers. La seguí. Pero no fui capaz de enfrentarme al pasado