– En la rue du Plâtre, a la vuelta de la escuela-contestó Sarah de inmediato-. Sus padres eran rentistas; es la calle bordeada por árboles más bonita de todo el gueto judío.
– Quédese aquí, Sarah. No está segura en la calle
Sarah se cruzó de brazos asustada
– Pero no puedo hacer eso. Tengo un trabajo. Albertine necesita muy ayuda, cuenta conmigo
– Llámela-dijo Aimée-. Encontrará a alguien de momento
– Pero esta noche hay una cena importante…-comenzó a decir Sarah.
– No es seguro ni para usted ni para nadie que esté con usted. Los pondrá usted en peligro. Quédese aquí, no salta. Albertine se las arreglará.-Aimée sabía que Sarah dudaba, aún sin convencerse-. Si Lili reconoció a Laurent y por eso la mataron-Aimée hizo una pausa y habló despacio-. ¿no se da cuenta de que usted es la siguiente?
Aimée entró en el patio del colegio en la animada rue des Blancs Manteaux y vio niños que formaban filas sobre las escaleras del liceo. Probablemente lo mismo que habían hecho desde hacía cincuenta años. Esta vez no había estrellas amarillas, solo grupos de adolescentes de piel oscura y de ojos grandes que pasaban de largo ante las burlas y los insultos.
Cuando se acercaba, una profesora se fijó en ella y los amonestó sin tardar.
– Arrêtez!-Los abucheos decayeron
– ¿Es usted una madre?
– Tengo algo que hacer en la secretaria
– ¿Puede enseñarme su identificación? Nos tomamos en serio las amenazas de bomba.-Parecía como si la profesora de rostro abotagado necesitara una noche más de sueño reparador-. Edicto del Ministerio de Educación
– Por supuesto-dijo Aimée mostrándole la documentación
– Por ahí a la derecha.-Una pelea había comenzado detrás de la profesora y se marchó para separarlos
En el interior de las oficinas de la escuela una mujer rechoncha con el rostro del color del ébano entrecerraba los ojos mientras comprobaba algo en el ordenador
– Los informes están en el sótano si es que los hemos guardado y no se los han comido los ratones-dijo
– Gracias, ¿podría comprobarlo?
– ¿Apellido?
– Su nombre es Laurent, y la familia vivía en la rue du Plâtre-dijo Aimée
La secretaria enarcó la ceja
– ¿Años de asistencia?
– Entre 1941 y 1945. Durante la guerra
La secretaria levantó la vista inmediatamente y movió la cabeza
– Pasados diez años, se envía todo al Ministerio de Educación-dijo encogiéndose de hombros-. Vuelva a pedirlo dentro de un par de semanas
– ¡Pero lo necesito ahora!
– Todo el mundo lo necesita ahora. ¿Sabe usted cuántos niños asistían a la escuela en aquella época?-Miró a Aimée-. Francamente, le diría ue no perdiera el tiempo. No se puso nada en microfichas hasta los años sesenta
– ¿Hay algún profesor o algún bedel que fuera a la escuela en esa época?-dijo Aimée
– Antes que yo…-se detuvo-, Renata, una mujer de la cafetería, lleva aquí trabajando desde siempre. Es todo lo que puedo sugerirle.
En la cafetería de azulejos amarillos, Renata, una mujer con una gruesa trenza gris enrollada en la nuca, la miró con recelo con ojos entrecerrados
– ¿Quién ha dicho usted que es? Preguntó
Aimée se lo dijo
Renata no hizo más que mover la cabeza
Una de las camareras, una mujer de rostro arrugado como una pasa, se acercó a Aimée rozándola con el codo
– Se me olvida encender el audífono
Aimée le dio las gracias y señaló el oído de Renata. Lo único que esta hizo fue fruncir el ceño
– Es bastante vanidosa. Piensa que ninguno lo sabemos-le confío la mujer cuya etiqueta con el nombre indicaba que se llamaba Sylvie Redonnet-. Bastante nos importa. La mitad del tiempo tenemos que estar gritándola, porque no oye
Renata revolvía con un cazo un humeante puchero de lentejas
Aimée se volvió a Sylvie, que sonreía
– Quizá pueda usted ayudarme.
Después de que Aimée se lo explicara, la mujer asintió con la cabeza
– Lo crea o no, soy demasiado joven como para haber estado aquí en los cuarenta-dijo riéndose-. Ahora bien, mi hermana Odile, que es unos años mayor que yo, sí que estaba. Vaya a preguntarle, le encanta hablar.
– Eso me sería de gran ayuda, gracias
– Usted será un entretenimiento para Odile; ella sí que oye.- Sylvie miró en la dirección de Renata-. Pero está en silla de ruedas. Vive a la vuelta de la esquina, en el 19 de la rue du Plâtre.
Aimée sintió un rayo de esperanza al oír la dirección
Odile se reía socarronamente desde cinco pisos más arriba mientras Aimée se quedaba sin aliento al subir la empinada escalera con pasamanos de metal.
– Eso es algo de lo que no me tengo que preocupar
Aimée alcanzó por fin el descansillo.
– ¿Odile Redonnet?-dijo. Al ver a la vieja bruja en la silla de ruedas negra, Aimée pensó que estaba claro que la belleza no bendecía precisamente a esa familia
– Encantada de conocerla, mi nombre es Aimée Leduc.
– Mi hermana me ha llamado para avisarme de su visita. Entre.-Odile Redonnet avanzó en su silla delante de Aimée hacia el interior del apartamento-. Cierre la puerta, por favor
Después de dos tazas de fuerte té Darjeeling y exquisitas magdalenas recién horneadas, Odile Redonnet dejó que Aimée fuera al grano
– Estoy buscando a alguien-comenzó
– ¿No es eso lo que hacemos todos?
– Un chico llamado Laurent. Su familia era propietaria de un edificio en esta calle. En 1943 tendría unos quince o dieciséis años.
Por toda respuesta, Odile empujó su silla hasta una cómoda de roble y abrió un cajón con un chirrido. Sacó un mohoso álbum de fotos. Varias fotografías sueltas en blanco y negro danzaron hasta el suelo. Aimée se agachó y las recogió. En una de ellas se veía a una radiante Odile de pie y rodeando con sus brazos a un hombre con uniforme de la RAF.
Aimée la miró sonriendo
– Está usted muy bella
– Y enamorada. Eso siempre hace que parezcas más bella-diojo Odile-Esto tendría que ayudarme a recordar.-Colocó el pesado álbum sobre la mesa del comedor e hizo un gesto a Aimée-. Un paseo por la memoria. ¿Podría poner el fonógrafo?
Sin demasiadas ganas, Aimée fue y se levantó para acercarse a un viejo tocadiscos que utilizaba discos de 78 revoluciones. Giró varias veces la manivela y puso la aguja sobre el rayado vinilo negro. Los sones de Glen Miller y su big band de los cuarenta llenaron la estancia. Los ojos de Odile se llenaron de lágrimas y sonrió
– Abandoné el liceo en 1944 para trabajar en una fábrica de vidrio-dijo mientras pasaba las frágiles hojas.
– ¿Hay alguna foto de la clase?
– No puedo decirle que entonces fuéramos tan sofisticados-dijo Odile buscando en las sobadas páginas. Tarareaba a un tiempo con el raposo sonido del solo de clarinete-. Esto es lo más parecido a una fotografía de clase-dijo despegando algunas fotos
Aimée casi derrama el té caliente. Era la misma foto que había descifrado del disco codificado que Soli Hecht le había dado
– ¿Quién de ellos es Laurent?
El dedo retorcido de Odile señaló un chico alto, de pie junto a Lili, en la plaza Georges- Cain
– Laurent de Saux, si eso es a lo que se refiere. Vivía en el número 23, dos portales más abajo.
La foto en blanco y negro mostraba el café con los nazis ociosos y el parque con los alumnos
– ¿Cómo hicieron la foto?
– Madame Pagnol, la profesora de historia, la hizo para ilustrar la estatua de César Augusto. Mire-dijo señalando la estatua de mármol-, estábamos estudiando el imperio romano.
Aimée se dio cuenta en ese momento. Lo que le había parecido una escena tomada al azar en la calle, servía de ilustración para la magnífica estatua de César Augusto. Por eso la habían hecho.