O el asesino quería desviar la atención del asesinato de Arlette en el pasado haciendo que Javel apareciera taciturno: después de echar en falta a Arlette durante todos estos años, había decidido unirse a ella suicidándose. Aimée pensó que eso tendría sentido. Desde la cobertura que los tabloides sensacionalistas y la televisión dedicaron al alarde del Luminol, las cosas se habían calentado. Estaba claro que los asesinos habían hecho horas extras.
Y todo eso volvía a conducirla a Laurent. Tenía que descubrir su identidad y proteger a Sarah.
Aimée salió a la pequeña calle adoquinada. Ahora su pelo cortito lucía mechas de un rubio claro. Un silbido de admiración le llegó de un anciano desde un puesto de fruta cercano. Le guñó un ojo y sonrió para sí.
Justo enfrente del salón de belleza, un Yves bien vestido salía por las puertas de hierro forado de la Brasserie Bofinger. Por una vez supo que su pelo tenía un aspecto fantástico y que iba vestida adecuadamente. Se preguntó qué hacer, nerviosa y encantada a la vez.
Vestido con un traje cruzado de color azul marino, su aspecto era pulcro y profesional. No como el de un neonazi. Clotilde había cepillado la pelusa, por lo cual su traje negro parecía listo para la pasarela. Unos pocos botones, los restos del incidente en el contenedor, habían caído al suelo del salón, y Aimée le había contado la historia a Clotilde, entre risas.
Estaba considerando seriamente la posibilidad de levantar el brazo para saludar a Yves cuando un Renault camuflado hizo chirriar los frenos hasta detenerse junto a él en la pequeña calle.
El coche lo empujó hasta un portal. Dos tipos vestidos de paisano lo zarandearon y lo introdujeron a la fuerza en el asiento trasero. Pegaron un portazo y el Reanult se alejó chirriando calle abajo.
Ella se apoyó temblando contra un escaparate. Suponía que eran policías de paisano. Después de todo, él era un neonazi… ¿no?.
Viernes por la tarde
Hartmuth y Thierry estaban sentados al otro lado del museo de Víctor Hugo junto al parque infantil de la place des Vosges. La risa de los niños se eleva desde los columpios, bajo las ramas secas de los plátanos. Los arcos de piedra abovedados que rodeaban la plaza cercada por una verja, llena de fuentes y espacios cubiertos de césped, reflejaba los últimos rayos de sol del final del otoño. El aroma a castañas asadas se extendía sobre los gastados adoquines. Las manos de Hartmuth temblaban cuando dobló el periódico que había simulado leer.
– Solo he accedido a que nos veamos porque dijiste que era importante -dijo-. ¿Qué tienes que decirme?
– Millones de cosas. Eres mi padre.-Los ojos de Thierry brillaban, casi como si se encontrara en estado de trance-. Comencemos por conocernos. Cuéntame algo de mi familia alemana.
Hartmuth se revolvió culpable en el asiento
– Tuviste una hermana-dijo después de una larga pausa mirando a los niños-. Se llamaba Katia. Nunca fui un buen padre
Thierry se encogió de hombros
– ¿Quién te crió?-preguntó Hartmuth
– Unos conservadores que me mintieron.-Thierry pegó una patada a una paloma ansiosa por conseguir unas migas-. Pero siempre he sido como tú, he creído en aquello por lo que tú luchaste. Ahora sé por qué me uní a la Kameradschaft, es normal que acarreara creencias arias, igual que tú.
Hartmuth movió la cabeza. Se levantó y comenzó a andar por el sendero de gravilla. Se detuvo junto a una fuente borboteante, cerca de la estatua ecuestre de Luis XIII
Thierry rebuscó en su memoria y vio a Claude Rambuteau dándole migas a las palomas en esa misma estatua. ¿Por qué no le habían dicho nada los Rambuteau sobre su verdadera identidad?
– Me despedí de ella-dijo Hartmuth-. Aquí
– ¿A quién te refieres?-preguntó Tierry sobresaltado
A tu madre, antes de que embarcaran a mi compañía al matadero del frente.-Hizo una pausa-. Sigue siendo bella-murmuró melancólico.
– ¿Cómo puedes decir eso?-dijo Thierry aterrado. No era así como se imaginaba que actuaría su padre nazi.
– La amaba, y todavía lo hago-dijo Hartmuth-. Ella cree que todo está en mi cabeza. Deja que te enseñe dónde solíamos encontrarnos.- Hartmuth atravesó la plaza a grandes zancadas, arrastrando con él a Thierry.
Ninguno de los transeúntes apresurados les prestaba demasiada atención, un hombre de llamativos ojos azules y un caballero esbelto de pelo cano, que si se reparaba en ello, poseían un claro parecido.
Cuando habían recorrido la mitad de la rue du Parc Royal, Hartmuth se dio la vuelta y señaló el escudo de Francisco I, la salamandra de mármol esculpida en el arco.
– Aquí la vi por primera vez, sobre esos adoquines-dijo Hartmuth-. Pero por ahí está donde te concebimos, bajo tierra.
– ¿Bajo tierra? ¿Qué estás diciendo?-Thierry preguntó intranquilo. Enfrente, en la esquina de rue Payenne con la plaza Georges-Cain, Hartmuth trepó con agilidad la verja cerrada. Comenzó a escarbar entre las plantas entre las antiguas esculturas. Thierry oía el ruido que hacían los trozos de tierra al caer entre los arbustos. Tenía miedo de que Hartmuth estuviera perdiendo la cabeza.
– ¿Qué estás haciendo?-preguntó Thierry cuando hubo trepado tras él.
– Ven a ayudarme-dijo Hartmuth. Le hizo un gesto con la mano, con los ojos brillantes como si estuviera poseído-. Mueve esta columna.- Hartmuth estaba intentando apartar la columna de mármol caída-. Tiene que ser por aquí.
– Estás loco. ¿Qué es lo que estás buscando?-dijo Thierry levantando la voz
Estaba anocheciendo y las farolas se encendieron de una en una.
– ¡La entrada a las catacumbas!-dijo Hartmuth-. La encontraremos, llevan aquí desde la época de los romanos. No se han escapado. Esta ciudad está surcada por los viejos túneles cristianos.-Tomó la mano de Thierry y lo miró fijamente-. Solía esconderme ahí con tu madre todas las noches.
Thierry se sintió violento al ver el anhelo que se evidenciaba en los ojos de su padre
– ¿Por qué la llamas mi madre? ¡No la conocí nunca, me abandonó, era una judía asquerosa!-Su risa histérica se elevó exageradamente-. ¡Asquerosa! ¡Perfecto! ¡Revolcándose en el suelo con un ario!
– Qué extraño. Ella decía lo mismo.- Harmuth movió la cabeza con tristeza-. No debes hacerle daño. Lo entiendes, ¿verdad?
– ¿El qué? ¿Qué un ario se acostara con una judía?-dijo Thierry acusador-. ¿Fue porque estabas lejos de casa y te sentías solo? ¿Te parecía exótica y te sedujo?
Los ojos de Hartmuth se llenaron de lágrimas
– ¿De dónde has sacado todo ese viejo odio?
– Sé que Auschwitz fue una mentira-dijo Thierry-. Me he ocupado de demostrar todos esos montajes de los campos de la muerte
– Olí el hedor de demasiados de ellos-dijo Hartmuth con desgana antes de apoyarse en la columna caída de mármol-. Tus abuelos, los padres de Sarah, acabaron allí
– ¡no! ¡No! ¡No te creo!-gritó Thierry atónito
Unas pocas personas que pasaban por la acera se volvieron a mirar y siguieron andando
– Bombardearon el tren de nuestra compañía en algún lugar de Polonia-dijo Hartmuth-. Tuvimos que reconstruir las vías en medio de la nieve mientras los partisanos nos disparaban desde los bosques. En ese bosque olvidado de Dios había un olor terrible que no desaparecía nunca. No sabíamos lo que era porque no veíamos pueblos, solo túneles de humo negro. Cuando el tren volvió a andar, pasamos junto a un ramal. Una flecha señalaba un letrero que decía Begen-Belsen. Los cadáveres descompuestos de aquiellos que habían saltado del tren jalonaban los lados de las vías. Nunca olvidaré ese olor.- Hartmuth hablaba con voz distante.
Los ojos de Thierry echaban fuego
– ¡Mientes, amigo de los judíos!
Saltó la verja y echó a correr calle abajo. Hartmuth se derrumbó de rodillas entre las ruinas, ya no le quedaban lágrimas. En su interior surgía la nana que le cantaba su abuela: Liebling, du musst mir nicht böse sein, Liebling, spiele und lach ganzen Tag (Cariño, no seas malo conmigo, cariño, juega y ríe todo el día”