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– Idem.

– Las grandes mentes piensan igual, ¿eh?-dijo ella-. Por eso vamos a ir bajo tierra

– Las catacumbas no llegan hasta esta zona de la rue St. Antoine-repuso él

– Pero el alcantarillado sí, René

El puso los ojos en blanco

– Ya sabes que yo no me llevo bien con…

– Los roedores. Yo tampoco, pero Sebastian tiene algo que nos puede ayudar- dijo ella-. ¿Has traído el portátil?

– ¡Y tú eres la que hablas de los adictos a los ordenadores! -dijo él- ¡Sacar del hospital a un hombre herido y hacer que pida prestado a los amigos un software pirateado!-Estaba gruñendo, pero le brillaban los ojos-. ¡Me encanta! ¿Cuál es el plan?

– Conéctate con el portátil a la red municipal y accede a Frapol 1 de incógnito-dijo ella

– ¿Por qué?-René hizo un gesto de dolor al colgar la mochila del hombro sano.

– Para que pueda identificar la maldita huella y averiguar a quién pertenece ese edificio en el Marais-dijo ella-. Voy a atrapar al asesino con una impresora de matriz de puntos o con la escala de grises de una láser.-Se cambió de ropa rápidamente detrás de un cartel de los años treinta que proclamaba “Esquíe en los Alpes Marítimos”, con figuras envueltas en anoraks brincando con una cierta rigidez entre anticuadas telesillas.

– ¿lo descargamos aquí o fuera?-preguntó Sebastian, cuya barba amortiguaba el sonido de su voz. Había preparado todo lo que le había solicitado.

Aimée señaló con la cabeza la puerta trasera, la cual se abrió. Daba a un callejón empapado por la lluvia. El ató el voluminoso material y se situó en cuclillas bajo las vigas de su tienda, las gotas de lluvia relucientes sobre sus pantalones de cuero negro.

– Gracias.-Ella se acercó a él con sigilo vestida con el mono con capucha de oscuro vinilo.

Agarró el asa de una pequeña caja de color gris, mientras Sebastian arrastraba una mochila grande. Avanzaron con dificultad por el callejón adoquinado en medio de la fina lluvia hasta el quai des Celestins, a una manzana de distancia. René guardaba la retaguardia.

– ¿Qué ocurre con los habitantes del subsuelo?-dijo René-. ¿Con los de las colas largas y grasientas?

Ella señaló la caja

– Ultrasonidos. Los odian. Por lo menos es lo que prometía el anuncio

– Tú siempre pendiente de la alta tecnología, Aimée-resopló René

– Tú eres al que le molestan las ratas, ¿te acuerdas? ¿No mencionaste la semana pasada algo así como la proporción de incidencia de la epidemia de rabia entre la población roedora?-Intentó no sonar como que le faltaba el aliento-. Es lo mejor que puedo hacer con tan poco tiempo.

Sebastian sonrió desde el fondo de su barba y René simplemente le lanzó una mirada furibunda.

– La puerta de atrás de mi casa está siempre abierta, Aimée. Sacude las bisagras y encaja el pestillo-dijo

– Eso suena obsceno-murmuró René

Sebastian esbozó una amplia sonrisa y desapareció

Aimée sacó una fina varilla de metal de debajo de la manga y la enganchó debajo de la tapa de una alcantarilla. Con un rápido giro de muñeca, levantó la tapa y la puso sobre la acera, lo cual produjo un fuerte ruido al rozar con el suelo. De manera tan discreta como le fue posible (en un muelle, sobre el Sena, en el crepúsculo y con un enano), señaló la abertura con elegancia.

– Tú primero-dijo

Levantó la mochila y agarró la caja mientras bajaba los resbalosos travesaños. Por fin empujó a rastras la pesada tapa hasta su posición original la cual se cerró con un ruido metálico.

Una podrida mezcla a verduras, heces, arcilla y alcantarilla flotaba húmedo túnel. Los arcos de cemento rezumaban humedad en forma de brillantes diseños, como si un caracol gigante hubiera soltado su baba sobre ellos.

Cada vez que René se movía, los haces de luz de la linterna cabeceaban y salían rebotados de las paredes subterráneas del alcantarillado. Más adelante veían el agua que salpicaba, y cuando se dio la vuelta, pares de ojos rojos redondos y brillantes miraban absortos la luz de la linterna. No era momento de mostrarse aprensivo, pero era difícil ignorar las hordas de ratas que emitían agudos chillidos. Ella abrió la caja y encendió el medidor de sonido. La flecha osciló, se hundió hasta el cero, y subió hasta los quinientos decibelios. La caja emitió un zumbido disonante que resonaba en las húmedas paredes de la alcantarilla.

– Menos mal que esta frecuencia solo resulta audible para el oído animal-dijo

René no parecía muy convencido

– ¿Se hipnotizan como los ciervos?-preguntó mientras las ratas seguían mirándolos fijamente

– Lo dudo-dijo ella con un escalofrío. Eran ratas grandes como conejos.

Metió la cja de sonido a presión en uno de los bolsillos de la mochila y la aseguró con tiras de cinta de velcro. Había obviado mencionar que el alcance había demostrado su efectividad para repeler a cánidos en cautividad en un radio de aproximadamente dos metros. No se habían realizado estudios con los roedores en condiciones subterráneas y húmedas.

También apartó el pensamiento de que pudieran tener la rabia. René se volvió despacio y la luz de su linterna iluminó montones de brillante piel marrón y colas sin pelo, desparramadas por toda la larga alcantarilla.

Ella consultó el mapa del alcantarillado. La pared marrón de cemento cubierta de manchas tenía un número en blanco con una flecha pintada sobre él

– Vamos-dijo

Mientras avanzaban con dificultad a lo largo del arroyo enfangado, Aimée se ajustó la máscara de ventilación sobre la boca e hizo lo propio con la de René. El olor no era así tan desagradable. Sus pasos resonaban junto al ruido continuo del goteo de la tuberías de arcilla que efectuaban el drenaje desde las calles sobre sus cabezas. Tras ellos correteaba un ejército de ratas, cuyas colas golpeaban las paredes, quizá a unos dos metros de distancia. Recorrieron tres manzanas en cinco minutos, pero las ratas les ganaban ventaja.

– Ni aunque condujeras tú, René, habríamos llegado hasta tan lejos en tan poco tiempo.

Más adelante, los húmedos muros marrones rezumaban riachuelos de roñoso limo que salían de una tubería de tres metros de diámetro cubierta por una red.

Aimée sacó el corta-metal del interior de su mono y comenzó a cortar. Cerca de ellos sonaban chillidos agudos y fuertes.

– Ni en sueños voy a reptar ahí dentro-protestó René-. Ya me las tengo que ver con suficiente mierda cada día sin tener que pasar por esto.

– No es exactamente lo que piensas que es, René-repuso ella mientras cortaba el grueso cable-. No es un desagüe de aguas fecales.

– Bueno, puede que el olor me haya confundido-dijo él-. ¿De qué se trata?

– El vertedor del colector de residuos y la única forma de llegar al depósito de cadáveres-dijo ella mientras lo ayudaba a deslizarse por el agujero que había cortado.

– Se trata del allanamiento de morada más extraño que he realizado en mi vida-murmuró él.

– Puede que baja por aquí un poco de sangre o algún fluido que se haya deslizado desde las mesas de embalsamar al fregarlas con la manguera-dijo ella-. Pero todo está diluido.

– Me contenta pensar que hoy no he comido-dijo René trepando despacio por los húmedos travesaños utilizando para ello su brazo sano.

Aimée pulsó un botón y la cubierta de metal del vertedor, sujeta con bisagras, se abrió de golpe. Tiró de René y se dio cuenta de que había subido hasta un gran trastero. Fregonas, aspiradoras y limpiadores industriales ocupaban la mayoría del espacio. Varias batas de laboratorio de color azul, de las que vestían los de mantenimiento, colgaban de ganchos junto con gorros de plástico para el cabello y guantes de goma. Se desprendió de las mallas negras, se puso el atuendo del laboratorio y dejó el mono en la basura. Le quitó las botas a René y él se puso una deportivas.

– Saldremos por la puerta trasera cuando haya comprobado una huella dactilar, ¿de acuerdo?-susurró Aimée mirando el reloj-. Con tu ayuda, no nos tendría que llevar más de quince minutos.