– Tengo una pistola-dijo ella-. Si me enfado, voy a utilizarla
– No juegues conmigo. No tienes permiso-rió él-. Esto es Francia.
Se produjo un zumbido y las luces fluorescentes se encendieron de nuevo. Miró directamente a los ojos verdes con reflejos dorados de Hervé Vitold. Detrás de él, en el pasillo, René colgaba suspendido de sus tirantes de un gran panel de control, la boca tapada con guantes de plástico.
– Mademoiselle Leduc, volvemos a encontrarnos-dijo Vitold. Se deslizó a su lado con un movimiento ágil, sin apartar sus ojos de ella ni un momento.
– Ya sabía que eras demasiado guapo para pertenecer a la seguridad interna-dijo ella. Se acercó tanto que podía ver cada uno de los pelos sobre su labio superior. De manera casi íntima. Su pecho subía y bajaba rítmicamente, como único indicio de que se estaba riendo. Sin embargo, la Luger que tenía en su mano no se movía: descansaba fríamente sobre su sien.
– He esperado hasta que has vuelto a entrar en Frapol 1-dijo mientras analizaba la pantalla con atención-. Tienes una buena técnica: yo mismo la usaré la próxima vez.
– Eres el hombre de la limpieza, ¿no?-dijo ella. Sabía que tan pronto como encontrara una concordancia, él la borraría y eliminaría de esa manera todos los rastros.
El parecía estar aburrido.
– Cuéntame algo que no sepa.
– Quieres destruir el sistema completo-dijo ella-. Destruir todos los ficheros de aplicación de sentencias y la red interna de identificación de huellas dactilares y ADN, las interfaces de la Interpol. Solo para borrar sus huellas. Pero no servirá de nada.
– Qué peña-dijo él-. Tienes talento. Un talento desperdiciado.
– Cada sistema tiene su propia red de seguridad. Nunca conseguirás dar con ellos.-Quería que él siguiera hablando-. Cualquier intento de entrar en sus sistemas hace saltar las alarmas. Paraliza el acceso-dijo ella-. No se puede hacer.
– Pero yo sí que puedo-dijo Hervé Vitold-. Yo diseñé el sistema de alarmas de Frapol. Yo, junto con el Ministerio de Defensa.- Con ademanes expertos, metía y sacaba de golpe el cartucho de la Luger con una sola mano-. Será sencillo desactivarlos.
– Cazaux está acabado-dijo ella
– Déjate ya de jueguitos-dijo ella mirando a René-. Me estoy enfadando.
Vitold la ignoró. René se agitaba descontrolado como un pez atrapado en la caña, los pies balanceándose a centímetros del gastado suelo e intentando golpear con los hombros el cuadro eléctrico de metal. Vitold retrocedió y apuntó a la cabeza de René con la pistola. René parpadeaba sin cesar, aterrorizado.
– Estate quieto, pequeño-dijo Vitold. Con la otra mano, encendió el teléfono móvil y presionó el botón de memoria-. Señor, ya he comenzado-dijo
– ¿No me has oído?-dijo Aimée
Vitold miró con desprecio el gatillo amartillado junto a la oreja de René
– Ahora sí que me he enfadado.-Aimée disparó a través del bolso de piel, hiriéndole tres veces en la entrepierna. El rostro de Vitold mostró su desconcierto antes de doblarse, jurando sin control. Aulló de dolor, dejó caer el teléfono móvil y se desplomó despatarrado sobre un charco de sangre en la superficie de linóleo.
– ¿Ves lo que ocurre cuando me enfado.-dijo ella. Se puso a horcajadas sobre Hervé Vitold, cuyos sorprendidos ojos miraban hacia arriba. Pero su mirada paralizada le indicó que la había palmado.
Sacó los guantes de la boca de René y lo bajó con cuidado.
René escupió polvos de talco y flexionó los dedos
– Y yo que pensaba que a Vitold le gustabas-dijo
– A ellos no les gusto nunca-dijo señalando la pantalla
Sobre la pantalla había aparecido “Concordancia verificada”. Tecleó la dirección de Martine en Le Figaro y pulsó Enviar”. Recogió la Luger de Vitold y su teléfono móvil y se sacudió la blusa. Antes de que hubiera acabado de copiar todo en un disco de seguridad, sonó el zumbido amplificador de la alarma. René dejó caer el portátil sobresaltado. Luces rojas parpadeaban en el pasillo. Ella recogió el portátil y lo deslizó en el interior de la mochila, y se la colgó del hombro.
– ¡Date prisa!-dijo al tiempo que cancelaba la orden y recogía la mochila-. Vamos, René.
En ese momento la única documentación que contenía la fotografía de Cazaux y sus huella dactilares esperaba ser descargada desde el ordenador de Martine en Le Figaro. Pero ¿sería suficiente?
Tendría que serlo. La copiaría y haría un disco de seguridad en el despacho de Martine, pero estaría nerviosa hasta poder descargar las pruebas contra Cazaux. Con los rostro alternando entre el rojo escarlata y la más absoluta expresión sombría, Aimée y René saltaron sobre el cuerpo sin vida de Vitold y echaron a correr pasillo abajo.
En el vestíbulo, ella se apropió de dos chalecos del personal médido y de dos cascos decorados con la cruz roja que colgaban de sendos ganchos. Le lanzó uno a René
– Esto nos dejará que atravesemos la multitud y los cordones policiales-dijo ella.
– De rata de alcantarilla a médico en un día-dijo-. ¿Quién ha dicho que la vida no es una aventura? Ahora bien, si pudiéramos conseguir unos zancos, no destacaríamos tanto.
Había una silla de ruedas aparcada en el vestíbulo
– Sube-dijo Aimée
– Lo has entendido al revés-dijo él-. Los médicos no montan ahí, lo hacen los pacientes
Ella lo empujó hacia delante
– Te hab herido estando de servicio. Ya hablo yo.
Sábado a última hora de la noche
El puñal de Thierry despedía destellos a la luz oscilante de la vela. El aire frío se filtraba por los muros de las catacumbas.
– Eres guapo-dijo Sarah tímidamente-. Yo solía besarte los piececitos y soplarte los deditos. Tú te reías y te reías, era un sonido tan melodioso
– ¡Qué emotivo!-dijo él-. ¡Una escena de la Virgen con el Niño! Hemos vuelto a la sucia realidad
Sarah miraba los gusanos que se retorcían a ciegas en la tierra junto a ellos
– Los que huyen del pasado están condenados a repetirlo. ¿Es eso lo que piensas?
La mirada de Thierry se encontraba lejos de allí
– Me abandonaste-dijo con voz de niño pequeño
Ella intentó cogerle de la mano
– No te abandoné-dijo-. Permití que vivieras
– Ella solía decirme que yo era una baja de guerra, algo accidental. Luego sonreía y eso me torturaba, porque se negaba a decir nada más.
Sarah negó con la cabeza
– Se me secó la leche, y no quedaba comida-dijo-. Con quince años, me habían puesto la etiqueta de colaboradora. ¡Si te quedabas conmigo, no tendrías oportunidad alguna! Nathalie había perdido a su bebé. Tenía leche y te quería. Eran de clase burguesa, conservadores. ¡Yo era una judía que se acostaba con un nazi!
– Así que es verdad-dijo él. Hincó el puñal en la tierra seca y se hundió junto a ella con expresión atónita
Con las manos atadas, le acarició los hombros, temerosa de que todo terminara de manera tan brusca como había comenzado. Haber visto a su antiguo amor y verse atrapada por su propio hijo perdido removía anhelos en su interior. Anhelos imposibles. Esa vieja y profunda herida se había abierto de nuevo.
Con los pocos dedos libres que tenía, le acarició la espalda.
– Vivíamos a la vuelta de la esquina. Un día llegué a casa después de mi calse de violín, el patio estaba desierto. Y tambien el edificio. Nuestra Mezuzah, arrancada de la puerta de entrada, yacía en el suelo del apartamento. Papá acababa de hacer que la bendijera el rabino. Así es como lo supe. Mis padres pudieron advertirme y engañar a los alemanes. Nunca regresaron. Nunca los perdone por marcharme, los eché tanto de menos… Así que entiendo cómo te sientes, un niño al que su madre abandona, siempre se sentirá abandonado. Ojalá…-dijo con un profundo suspiro-. Ojalá hubiera escapado…-Su voz se fue perdiendo