– No puedo creer que sea judío-dijo él
– Nathalie me prometió que te diría la verdad. No que te torturaría con ella-dijo Sarah angustiada-. ¿De qué sirve? Dame el puñal
Thierry se puso en pie de golpe, como si de repente recordara su misión.
– El hecho de mancillar raza aria merece ejecución sumarísima-dijo con pasión-. Ya lo sabes.
Sacó el puñal de la tierra reseca y al hacerlo se hizo un pequeño corte en la muñeca. A Sarah comenzaron a temblarle las manos. Finas gotas de sangre recorrían los rayos tatuados sobre su mano
– No me mates, por favor-suplicó ella-. Por favor, necesitamos…-Se escuchó un crujido cuando Hartmuth golpeó la mano de Thierry. El puñal se estrelló contra el arco de caliza, semienterrado junto a ellos, con un ruido metálico
– ¡Dios mío!-gritó Sarah
Hartmuth se acercó para agarrarla y se tropezó con un montón de huesos
– No podía hacerle daño.-A Thierry se le quebraba la voz
Harmuth agarró un poste de madera podrida. Miraba fijamente a Sarah sorprendido. Thierry cortó la cinta aislante del tobillo de Sarah y la ayudó a levantarse
– Quería-gimió-, quería pero no he podido, ¡Dios!
– Patético-dijo Hartmuth asqueado-. No tengo palabras. ¿Cómo puedo amenazar a tu propia madre?
– Está confundido-dijo Sarah en tono de súplica-. Todo está patas arriba. No sabe quién es.
Hartmuth buscó algo en el bolsillo y sacó una pequeña pistola con la que apuntó a Thierry
– No, por favor-suplicó ella
– Si ella es escoria judía, entonces yo también lo soy-dijo Thierry con el brillo del desconcierto en su demacrado rostro
– Siéntate, Thierry-dijo Aimée interrumpiendo la extraña escena. Con la negra Luger de Vitold en un mano, bajó por los trocitos de madera que sobresalían de la tierra prensada en los muros de la cueva. Tras ella iba René
– Todo está bajo control-gruñó Hartmuth-. Guarde esa pistola
– Usted primero-repuso ella
Hartmuth dudó un omento. Sarah le posó, indecisa, la mano sobre el brazo
– No necesitas esto-dijo ella. El bajó despacio la pistola
Aimée alcanzó el suelo de las catacumbas, en el cual inmediatamente se hundieron sus tacones. El último travesaño de la escalera estaba astillado. Se dio la vuelta y cogió a René antes de que aterrizara en un montón de escombros y de basura.
– Ven aquí, Thierry-dijo
Thierry se encontraba apostado sobre un madero podrido, los ojos moviéndose nerviosos
– Imaginemos posibles situaciones-dijo él subiendo el tono de su voz
– Thierry, cálmate-dijo Aimée-. Necesitas tiempo para asimilar las cosas
– Un hijo trata de acuchillar a su madre perdida desde hace mucho tiempo porque es una cerda judía-dijo, ignorándola. Se levantó con el rostro distorsionado por el resplandor de la luz-. Un padre dispara contra su hijo porque es un aspirante a nazi. El padre se descerraja un tiro en la sien porque hace mucho tiempo desobedeció al Fürher-dijo riendo como un maníaco-. Me gusta. Deja que haga los honores-añadió, acercándose a Sarah.
Aimée se movió en su dirección, pero Hartmuth ya le apuntaba con la pistola
– ¡Déjala en paz!-gritó Hartmuth
Thierry se tambaleó
Demasiado tarde. Hartmuth disparó, pero no antes de que Sarah se tirara delante de Thierry. El disparó retumbó y casi dejó sorda a Aimée mientras el cuerpo de Sarah se desplomaba contra el muro de tierra. De su pecho chorreaba sangre cuando cayó al suelo, con un golpe sordo, agarrándose el corazón.
Aimée sujetó los brazos de Hartmuth mientras René le quitaba rápidamente la pistola. En el interior de la cueva se escuchó un estruendo al desprenderse huesos y piedras de las paredes. Los postes de madera sobre sus cabezas temblaban. Sobre el rostro de Aimée caía tierra.
Ella echó a correr hacia Sarah, que se quejaba. Quería taparse los oídos y alejar de sí la agonía de esta mujer. En lugar de eso, se arrodilló e intentó detener la sangre que manaba hasta formar un cahrco en la tierra
Hartmuth cayó de rodillas
– ¿Qué he hecho?
– Mamá-dijo Thierry-. Me has salvado.-Se arrodilló y le acarició la húmeda frente
Sarah respiraba entrecortadamente mientras Aimée le elevaba la cabeza
– Mi niño-canturreó Sarah acercándolo contra sí-. Mi niño.
Aimée presionó directamente sobre el disparo en el pecho de Sarah
– Aguante, Sarah.
– La ambulancia está de camnio-dijo René guardándose el teléfono en el bolsillo-. No creo que llegue a tiempo.-Miró nervioso hacia arriba
– Sarah lo conseguirá-dijo Aimée-. Un poco más.
Sarah asintió
– Thierry, tu nombre judío es Jacob, el sanador de hombres-dijo sonriendo débilmente-. Como tu abuelo.
Hartmuth permanecía sobre un montón de huesos cerca del bloque donde se apilaban, extrañamente inmóvil. Aimée se percató de que estaba en estado de shock. Tenía la mirada perdida en algún lugar de las catacumbas.
– ¡Thierry!-gimió Sarah agarrándolo con fuerza al tiempo que se le nublaba la vista-. ¡Hijo mío!
– Trae a tu padre, Thierry-dijo Aimée, señalando a Hartmuth con un gesto-. Reúnelos.- No puedo añadir “antes de que sea demasiado tarde”.
Hartmuth se arrodilló sumiso junto a Thierry, Aimée posó con cuidado la mano de Sarah sobre su regazo. Sin palabras, él acariciaba su cara mientras Thierry le sostenía los hombros y desviaba la mirada
– Necesito que me ayudes, René.-Aimée susurró unas instrucciones al tiempo que lo apartaba hacia un costado
Mientra subía la escalera, vio a una débil y sonriente Sarah sostenida por Hartmuth y Thierry e iluinada por el haz de la luz de una linterna.
El personal médico no pudo conseguir que Sarah soltara a Thierry hasta que llegó Morbier. El hizo un gesto con la cabeza a los enfermero, que la trasladaron a la camilla que habían desplegado.
En los ojos de Sarah brillaba el pánico
– ¡Les he dado toda la comida!-gritaba mientras forcejeaba para deshacerse de Hartmuth-. Tenemos hambre. S´il vous plaît, ¡mi niño tiene hambre!
– ¿Habéis tomado alguna declaración? -Morbier giró la cabeza para dirigirse al joven sargento uniformado que se encontraba en la escena.
El sargento hizo un movimiento negativo con la cabeza.
Morbier se inclinó sobre la palma extendida de Hartmuth y la olió
– ¿No nota el residuo de la recámara? -Señaló el guante-. ¿Cuál es su teoría, sargento?
El del uniforme volvió a negar con la cabeza y carraspeó intranquilo
– Fuerte olor a pólvora en la mano derecha.- Morbier inclinó la cabeza mirando al sargento, el cual tomaba notas en una libreta que había sacado del bolsilo apesuradamente
– Señor, yo… -comenzó a hablar
– Recoja las pruebas -gritó Morbier
– Vamos- dijo Morbier tomando el brazo de Thierry con delicadeza-. Puede usted conducir hasta el hospital.
Sintiéndose vacío y exhausto, Thierry trepó al exterior de las catacumbas.
– ¿Por qué no la creí?
Morbier sonrió mientras esposaba las muñecas de Hartmuth a su espalda. El murmuraba en voz apenas audible
– Es por su propia protección, monsieur.- Hartmuth permanecía mudo, con la mirada fija en un lugar perdido
– ¿Quiere decir que por qué no creyó a Aimée?- Morbier miraba a René.
René asintió
– Llevadlo a la comisaría -ordenó Morbier
El sargento saludó mientras empujaba a Hartmuth escalera arriba
– ¿Por qué no me cuentas el plan de Aimée?
René sonrió con tristeza
– Pensaba que nunca iba usted a preguntarlo
– ¿Dónde está?
– De fiesta -dijo René
Sorprendido, Morbier dejó caer el cigarrillo
– Estamos invitados -añadió René
Aimée sabía que si a una persona la habían dado por muerta y no lo estaba, esa persona necesitaba una identidad. Durando la guerra y después de ella, miles de refugiados habían perdido su documentación, ya que se bombardearon los edificios del registro, sus países fueron engullidos o los cambiaron de nombre. Las personas no tenían nacionalidad. Se creó un documento, llamado pasaporte Nansen, para legitimar su existencia. Si encontraba esa prueba, lo tendría.