Se dirigió al elegante museo Carnavalet, situado a la vuelta de la esquina de las catacumbas en el antiguo hôtel particulier de madame de Sévigné. El patio del museo se encontraba abierto. En el interior del desierto cuarto de baño con techo de mármol, encendió el ordenador portátil y se dio cuenta de que se había agotado la batería. Encontró un enchufe, lo conectó a la red y suspiró con alivio al ver que podía conectarse.
Entró en los archivos del Palais de Nationalité y lo encontró. A Lauren Zazaux le habían concedido un pasaporte Nansen en 1945. Pero su triunfo le resultaba inútil. Tenía que detenerlo. Descargó rápidamente los informes de solicitud y de aprobación.
Pulsó el botón de rellamada en el teléfono móvil de Hervé Vitold.
– En el despacho de l´Académie d´Arquitecture, a medianoche. Venga usted solo, Cazaux-dijo Aimée-. Si quiere que hagamos un trato.
Los focos cruzaban el cielo en ráfagas color plata. La luz de una luna fina como una astilla caía sobre el Sena, apenas había una pequeña ondulación sobre la superficie. Aimée se frotó los brazos en medio del frío helador. Ante ella, las ventanas de l´Académie d´Arquitecture de las place des Vosgues relucían con la luz de cientos de velas encendiddas a mano. Una fila de oscuras limusinas depositaban a los invitados en la entrada del antiguo hôtel des Chaulnes del sigulo XVII. La gala conmemorativa era en honor de madame de Pompadour, la verdadera árbitro de la elegancia de la corte francesa, que seguía ejerciendo una influencia sobre lo que, hoy en día, se consideraba elegante.
Al igual que el resto de París, ella sabía que se esperaba que el ministro Cazaux comenzara la celebración asistiendo al desfile de moda, Su burdo plan, formulado en los servicios del museo Carnavalet, se enfrentaba a diversos obstáculos. En primer lugar, tenía que sorprenderlo en la gala antes de su cita de medianoche y forzarlo a admitir su culpa en público. Pero eso parecía ser lo de menos, ya que no tenía invitación para asistir a esta velada rodeada de guardias de seguridad. Sin embargo, antes de eso tenía que verse con Martine en Le Figaro y copiar el disquete con las pruebas.
Al doblar la esquina, se le paró el corazón. Un camión de la brigada antiterrorista estaba atravesado sobre la acera. Los trabajadores barrían los cristales que habían salido disparados al explotar las puertas de hierro forjado de la fachada de ladrillo marrón de Le Figaro. Se preguntó si habrían herido a Martine.
– ¿Algún herido?-preguntó
Un hombre fornido vestido con un mono hizo un movimiento negativo con la cabeza.
– ¿Ha habido muchos daños?-dijo ella
El hombre se encogió de hombros.
– Imagínese. El futuro primer ministro está a la vuelta de la esquina y alguien pone una bomba en nuestro periódico. Pero a las oficinas del piso de arriba no les ha afectado-dijo
Ella dudó un momento y entró. El olor a cordita y a plástico quemado se mezclaba con el familiar aroma a vino tinto que le llegaba del guardia uniformado. Le ordenó detenerse junto al mostrador de recepción.
– Tengo una cita con Martine Sitbon-dijo, mostrándole un carné de prensa falso.
El lo leyó con atención.
– Vacíe el bolso
Puso el ordenador portátil sobre el mostrador y vertió el contenido de la mochila: pelucas, una grabadora, teléfonos móviles, gafas de sol, máscara de pestañas negra, y un machacado estuche de maquillaje. Al salir la Luger de la bolsa con un golpe, brillaba débilmente a la luz de la lámpara de cristal.
– Tengo permiso-dijo ella sonriendo
– ¡Ah! ¡Como Harry el Sucio!-Manoseó la pistola. Sus mocasines con borla rechinaban cuando se movía-. Ya me quedo yo con la pistola. Nuestro detector de metales ha resultado dañado-dijo devolviéndole la sonrisa-. Se la devolveré al salir. Cuarto piso.
No se molestó en discutir, de todos modos, ya se había metido la Luger en el bolsillo. La explosión también había arrancado parte de los escalones de cemento, había dañado el atrio de madera y había hecho que se desprendienran algunas secciones del techo del vestíbulo. El mobiliario del vestíbulo estaba cubierto de polvo, pero el ascensor funcionaba.
Tenía que hacerlo rápido: copiar la prueba que había enviado por correo electrónico y convencer a Martine para que la publicara, y luego enfrentarse a Cazaux. El se retiraría del ministerio y de la política al saber que Le Figaro iba a sacar a la luz su verdadera identidad. No podía negar que vivía en París durante la ocupación, porque ella tenía la fotografía de la clase de Lili y la foto microfilmada de la biblioteca en la que aparecían él, Lili y Sarah. Y, sobre todo, tenía su huella sangrienta de un homicidio de hace cincuenta años.
Ya en el ascensor, pulsó el cuatro, sacó una peluca rubia de su bolsa de pelucas, la ajustó con horquillas cerca del nacimiento del pelo y lo mezcló con su propio pelo para que pareciera natural. Se pellizcó las mejillas y extendió pintalabios de color rojo en los labios. En cuanto hubiera copiado lo que había descargado y la hubiera dado instrucciones a Martine, imaginaría una manera de entrar en la gala que se estaba celebrando ahí al lado y de enfrentearse a Cazaux.
El cuarto piso albergaba las oficinas editoriales; los tres primeros pisos estaban ocupados por la rotativa y la imprenta. Como editora de reportajes especiales, Martine ocupaba un despacho en una serie de oficinas que no se cerraban con llave.
La chaqueta de cuero de Martine colgaba del respaldo de su silla. Restos de carmín brillaban sobre el cigarrillo que se consumía en el cenicero junto a la pantalla del ordenador, que mostraba el mensaje: “Tiempo aproximado restante de descarga: tres minutos”.
Lo único que tenía que hacer era encontrar a Martine y copiar el disquete. El ordenador sobre la abarrotada mesa de Martine comenzó a sonar más rápido.
– Martine.
Nada. Aimée sintió un escalofrío. Escuchó un ruido y se volvió
El guardia del vestíbulo se encontraba en la puerta y le apuntaba con la Luger
Desde el intercomunicador le llegó una voz profunda
– El primer objetivo ha sido asegurado en el perímetro
– ¿El enano que lleva las hojas impresas?-preguntó el guardia
– Afirmativo-dijo la voz
– ¿Cuál es el estado del segundo objetivo, coronel?
– La unidad del inspector Morbier está de camino a las manifestaciones en la periferia de Fontainebleau-respondió la voz
Los planes para pillar a Cazaux en una emboscada se esfumaron. Ahora se encontraba sola. Habían pillado a René y enviado a Morbier a las afueras de París.
El ordenador zumbaba. Sobre la pantalla apareció intermitentemente “Descarga completa”. Los zapatos del guardia rechinaron cuando se acercó a la terminal. La segunda lección en el gimnasio de artes marciales de René había sido reaccionar de forma defensiva y natural. Mientras el guardia miraba la pantalla, ella le pegó un rodillazo en la entrepierna. Cuando se dobló de dolor, ella tiró del cable del ratón y lo enrolló con fuerza alrededor de sus muñecas. Echó un vistazo a la pantalla, pulsó “Copiar”, le ató las muñecas a los reposabrazos de la silla de Martine y le llenó la boca de pósits de color rosa.
De su boca salían ruidos confusos.
Liberó la Beretta del lugar en el que estaba sujeta con cinta aislante en la parte baja de su espalda y le apuntó entre los ojos
– Cállate. La sutileza no es mi punto fuerte.- Pasó una pierna por encima de la del hombre y abrió los cajones de la mesa de Martine. Encontró un rollo de cinta de embalar en el cajón y le sujetó con ella los tobillos a la silla giratoria.