En la pantalla apareció “Copia completa”. Se inclinó sobre ella y pulsó “Expulsar”.
El disco salió. Ella tiró del cable del ratón y dio varias vueltas más alrededor de sus muñecas.
El guardia forcejeó, con los ojos que se le salían de las órbitas, y trató de escupir los pósits. Sus zapatos de charol golpeaban la mesa rítmicamente.
– Está muy orgulloso de esos zapatos, mademoiselle Leduc-dijo una voz familiar desde el despacho abierto a su izquierda.
Cazaux le guiñó un ojo. Estaba en pie flanqueado por un guardaespaldas con pistola. Este le arrebató el disquete, se lo entregó a Cazaux y la cacheó
Le sobó todo el cuerpo con las manos y movió la cabeza
– Nada -dijo después de poner la pistola de Aimée sobre la mesa de Martine
– ¿Se ha dejado crecer el pelo, mademoiselle Leduc? -dijo Cazaux-. Creía que lo tenía más corto
El guardaespaldas le tocó el pelo y le quitó la peluca de un tirón. El pequeño micrófono se cayó al suelo con un ruido metálico. Cazaux hizo un gesto con al cabeza al guardia, el cual lanzó el ordenador portátil contra la pared. Lo pisoteó con las botas hasta que pequeños cables de fibra óptica salieron por todo el aparato, como sangre tecnológica.
– No ganará, Cazaux -dijo ella.
– ¿Por qué no? -El sostenía el disquete en sus manos
– René ha enviado copias a todos los periódicos de París -dijo ella
– Baja -le dijo Cazaux al guardaespaldas
Hizo un gesto en dirección al otro despacho
– Discutamos esto en privado
Una vez dentro, cerró la puerta con llave y se sentó, indicándole a ella que hiciera lo mismo
– Eso es un farol -dijo sonriendo-. Pero yo también haría lo mismo si estuviera en su situación
– Su verdadero nombre es Laurent de Saux
– Bien, jovencita -dijo. Sonrió con indulgencia, como si estuviera haciendo una gracia a un niño-. ¿Cómo puede usted probar esa suposición?
Ella echó un vistazo al reloj
– Para averiguarlo, será mejor que lea la edición dominical de Le Figaro, que llega a los kioscos dentro de treinta minutos
– Imposible -dijo, riéndose para sus adentros-. Tengo a Gilles en el bolsillo. Y su amiga Martine está dormida con un tranquilizante.- Se inclinó hacia delante y, posando los codos sobre el regazo, la miró fijamente-. Por favor, siéntese.
Ella seguía de pie.
– Ha sido una buena contrincante -dijo él-. Este juego no está exactamente a la altura de mi inteligencia, pero hasta ahora ha supuesto un estímulo mental.- Cazaux esbozó una amplia sonrisa.
– Esto se trata solo de un juego para usted, ¿verdad? -dijo ella-. No de personas de verdad, de personas vivas. Simplemente objetos que usted manipula o retira para avanzar en sus posiciones. Soli Hecht entendía su equema mental. Es como una serie gigante de movimientos en un ajedrez para megalómanos.
– Y usted piensa que ha diseñado un jaque mate…, pero ya sé -suspiró con desgana-, ya sé como en los pasillos del poder se alinean pequeñas molestias.
– Usted denunció a sus padres después de matar a Arlette Mazenc -repuso ella-. Probablemente vio cómo los ejecutaban debajo de su ventana en la rue du Plâtre.
– ¿Qué es lo que quiere? -preguntó él. Enarcó sus cejas con curiosidad-. La he estado observando. Estoy impresionado. Es usted buena, ¿sabe? ¿Qué le parecería un jugoso contrato para la UE diseñando software para los diferentes países? Lo conseguirá. ¿O le gustaría encabezar la división de seguridad en la red del gobierno francés?
Estaba haciendo oscilar ante ella unas zanahorias impresionantes.
– Debería usted dimitir-dijo ella, después de vacilar durante una fracción de segundo.
El percibía su dibilidad como un tiburón dispuesto a atacar a la presa.
– Sé cómo se siente. Piensa que actué mal. -Su tono se tornó tranquilizaodr-. Algunas veces tenemos que hacer cosas por un bien general. -Se encogió de hombros. Le ardía la mirada cuando continuó-. Pero ahora estoy casi en la cumbre. La escalaré. La culminación de mi vida.
– ¿Cincuenta años matando y mintiendo, y todo lo que llega es a ser primer ministro? -dijo ella
El entrecerró los ojos. Se había pasado el momento y sabía que había perdido la ocasión de convencerla
Del suelo les llegó el estruendo de las reverberaciones, el rítmico golpear de la rotativa. Aimée se dio cuenta de que la edición dominical había entrado en la prensa sin la identidad de Cazaux. Tenía que hacer que confesara, y luego intentar salir de allí y conseguir ayuda.
– ¿Qué me dice de Arlette Mazenc, la portera? -dijo.
– No hace usted más que mencionar a esa arpía de labio leporino. ¡Menudo careto más feo tenía! -Había cambiado el tono de su voz. Se lamentaba como un escolar petulante-. Sin embargo, a ese zapatero inválido le gustaba. Esa zorra casi me tima con una lata de salmón. Lo encontró mi madrastra e intentó que lo devolviera. Y mi padre, el muy estúpido, embrujado por esa puta que pensó podía reemplazar a mi madre, la apoyó. ¿Se lo imagina? Tuve que darles una lección.- Miró a Aimée sonriendo abiertamente-. Ahora parece ridículo, ¿verdad?
Hablaba como si hubiera dado un azote a un niño travieso, no aporreado brutalmente a otra colaboracionista y dado información sobre sus padre, lo cual hizo que los fusilaran bajo la ventana de su apartamento. El diablo encarnado, tal y como había dicho Odile Redonnet.
– y Lili Stein le vio, se había escondido en el patio. Se escapó, pero le reconoció cincuenta años más tarde, poco tiempo antes de las elecciones- dijo ella-. Usted fue el que grabó la esvástica sobre su frente.
– Era una metomentodo que se creía mejor que los demás y que aceptaba comida nazi -dijo él-. Igual que todos los demás. Cuando tienes tanta hambre no te importa. Pero yo era listo. Hice dinero gracias al resto. Excepto a Lili
– Cien francos por denuncais anónimas. Usted se imaginó que la esvástica apuntaría a los skinheads -dio ella-. Pero los skinheads las hacen de otra manera. Usted la dibujó inclinada, como lo hacían Hitler y los de su tiempo. Una firma de la época.
– ¿Una firma? -dijo él
– La bandera nazi que en 1943 ondeaba sobre la Kommandature en la rue des Francs Bourgeos tenía exactamente la misma. Usted pasaba por ahí todos los días de camino a la escuela desde la rue deu Plâtre.
El sonrió con ojos malvados.
– Lili era la más lísta de la clase, pero dejó de ayudarme
– ¿De ayudarle? -dijo ella-. Quiere decir que porque no le dejaba copiarle los deberes de matemáticas, usted delató a sus padres
– Todos tenemos lo que nos merecemos
– Arlette Mazenc le engañó con una lata de salmón del mercado negro. Furioso, usted la golpeó en el tragaluz, donde guardaba su alijo. Pero Lili estaba escondida en el patio. Tenía miedo del oficial nazi que había estado haciendo preguntas a Arlette. Lo vio todo. Usted la persiguió escaleras arriba pero echó a correr y se escapó por el tejado. Usted se imaginó que había muerto. El último eslabón con su identidad se había desvanecido, especialmente cuando supo del castigo infligido a Sarah, la judía de los ojos azules, de la deportación de Odile a Berlín y de sus compañeros de clase, a los que habían envíado al campo. Pero cincuenta años más tarde, Lili le reconoce en un periódico hebreo y se lo cuenta a Soli Hecht. Hecht le dice que no haga nada hasta que él consiga más pruebas y hace una propuesta al Centro Simon Wiesenthal. Pero Lili no podía esperar, sabía cómo silenciaba usted a la oposición. Le siguió la pista ella misma: ese fue su error. Gracias a sus conexiones gubernamentales, usted averiguó que Hecht había obtenido un trozo de fotografía encriptado en la que aparecía usted. Hecht me contrató para descifrar la codificación. Intentó decirme su nombre. No sé cómo encontró usted a Lili
El interrumpió a Amée con un movimiento de la mano
– Pero Lili era la única que podía dar sentido a todo esto. Por supuesto, estaba dondeyo pensaba que estaría.- Esbozó una tímida sonrisa-. Alors, seguía en la rue de Rosiers.