– Usted vio a Lili hablando con Sarah y la mató antes de que pudiera extender sus acusaciones. La mató como mató a Arlette Mazenc.
– Se lo merecía -dijo él.
De la puerta entornada que daba a la habitación contigua, salía una luz amarilla, Aimée avanzó hacia ella poco a poco
– El trato es que usted renuncie esta noche-dijo
– Pero eso no entra en mis planes -explicó con calma-. Tengo que ocuparme de todos los que me han ayudado todos estos años. Muchos, muchos amigos. Contactos que me han impulsado y a los que tengo que corresponder.
Aimée lo interrumpió
– Al igual que se lo pagó a los padres de Sarah, a los de Lili y a sus porpios compañeros de clase que no hicieron lo que usted quería
El se encogió de hombros
– Sabe que no voy a dejar que salga de aquí como si nada. -Pero no había cámara acorazada y ella sentía que se estaba poniendo mala.
El resplandor de la ira cruzó brevemente su mirada
– ¿Ha hecho usted algo que requiera un mayor control de los daños? -dijo-. He aprendido que si quieres que algo se haga bien, debes hacerlo tú mismo -añadió con desgana
Cuando se giró para mirarla cara a cara, en su mano centellaba el acero, iluminado por la luz amarilla. Levantó el brazo que sostenía un puñal de la Gestapo.
– No se puede demostrar nada. Está usted haciendo historia, mademoiselle -dijo sonriendo
– Lo ha entendido usted mal -dijo ella-. Tengo las pruebas: la copia de su pasaporte Nansen y las fotos en las que aparece usted en París. Soli Hecht me dio unos archivos codificados. Usted es el que es ya historia, Cazaux. Nadie elige a un colaboracionista asesino.
– Le sorprendería conocer el pasado de algunos de nuestro diputados -dijo él, encogiéndose de hombros.
Ella miró por la ventana y deseó que el patio estuviera rodeado por los hombres de Morbier, no por brillantes cuervos negros que graznaban ruidosos. Pero estaban en las afueras de París. Se dio cuenta de repente de que estaba irremediablemente sola
Se dirigió corriendo a la puerta entreabierta, le pegó una patada y entró como un cohete en la sala de al lado. Resbaló con los tacones y consiguió meterse debajo de una mesa de reuniones justo a tiempo de evitar chocarse con ella. La sala aparecía desierta, a no ser por las fotografías enmarcadas de color sepia de hombres barbudos cuyas solapas aparecían decoradas con medallas. Un montón de periódicos le bloqueaban el camino. Aimée salió de la sala hacia atrás y entró en un austero salón sin amueblar. Justo al otro lado estaban las altas puertas de entrada a más series de despachos.
Se giró para mirar a Cazaux, el cual, con una sonrisa perversa, le apuntaba con su propia pistola. Chasqueó los dedos e hizo que se dirigira hacia una escalera cerrada.
– Vamos a tomar el aire -dijo Cazaux.
Le aplastó la cabeza con la culata de la pistola al tiempo que hacía que subiera la oscura escalinata. Sus manos nudosas y tensas le sujetaban los brazos por detrás como si fueran alfileres. De su oreja manaba un reguero de sangre cálida que iba a caer a su hombro, y su olor metálico y empalagoso hacía que se sintiera mareada. O puede que fuera la culata de la pistola, no sabría decirlo. Para cuando llegaron al siguiente piso, ella jadeaba y él ni siquiera se había inmutado. Para ser un anciano, estaba en buena forma. El se percató y sonrió
– ¿Se pregunta cómo lo hago? -dijo, mientras la obligaba a arrodillarse sobre el escalón superior y le pegaba una patada en la sien.
Le atravesó el cerebro un dolor punzante que le hizo ver las estrellas. El la sujetaba por los brazos de forma que no pudiera tirarse al suelo rodando.
Le pegó una brusca bofetada
– Le he hecho una pregunta: ¿no quiere saber cómo lo hago?
Ella quería responder que bebiendo la sangre de sus víctimas, pero, sin embargo, se concentró en mantener el equilibrio. Sentía un miedo sin límites ante la crueldad que podía manifestar un ser humano ante otro.
– Inyecciones de embrión de cordero -dijo él-. Me mantienen joven. También me levanta durante horas -añadió con una sugerente sonrisa.
Ella sintió que se moría de asco
– Está usted enfermo
Sobre la cubierta de pizarra del periódico, se extendían a sus pies los picudos tejados del Marais. Desde las ventanas iluminadas del edificio de l´Academie d´Arquitecture se elvaba el sonido de la música. La hizo entrar de un empujón en un hueco embaldosado, que una vez fue un balcón. El viento y una fina lluvia le azotaban el rostro.
– SE lo he advertido -dijo él con el tono del que sufre-. En repetidas ocasiones. Le he ofrecido darle lo que quiere, he intentado negociar, pero me temo, mademoiselle Leduc, que usted no se ha mostrado particularmente receptiva.
La condujo a rastras hasta un alfeizar que simulaba ser un parapeto. Ella hincó los tacones en las tuberías que cruzaban el tejado e intentó retorcerse para desprenderse de él.
– Será usted la que cargue con las culpas -dijo él-. De todo. Yo me encargaré de eso.- Cazaux tenía guardado un último as para la despedida-. Su preciosa Lili fue la que los mandó a los hornos, no yo -dijo con una pequeña risita-. Todo fue culpa suya.
¡Culpa de Lili! Y en ese momento ya no tuvo miedo de cómo la mataría. Lo único que improtaba eran sus mentiras y lo que le hizo a Lili. Vio la irregular esvástica grabada sobre la frente de Lili al tiempo que se lanzaba contra él.
– ¡Basta ya de mentiras! -gritó
La hirió en la pierna con su puñal de la Gestapo, desprendiéndole la piel, pero ella no se detuvo. Cayeron dando tumbos al canalón de la esquina sobre las gárgolas que, interpérritas, enseñaban los dientes. Era sorprendentemente fuerte y fibroso. Con sus huesudos dedos la agarraba del cuello y lo apretaba con fuerza. Con dificultades para respirar y jadeante, ella lo apartó de un empujón. Pero él golpeó su cabeza contra el feo canalón en forma de gárgola. Una y otra vez. Ella farfullaba en busca de aire, se veía cegada por su propia sangre. Medio cuerpo colgaba del alfeizar. Con los dedos se agarró al ala de una gárgola, en un intento por sostenerse. A sus pies se encontraba la claraboya del tejado de l´Academie d´Arquitecture.
– Usted vendrá conmigo -dijo casi sin aliento
Mientras aflojaba la presión con la que se estaba agarrando, utilizó la poca fuerza que le quedaba para tirar de él hasta situarlo por encima de ella. Le oyó chillar antes de soltarle el cuello. Pero ya era demasiado tarde.
Navegaron en el aire frío de la noche. Aterrizaron juntos sobre la claraboya, la cual se rompió en mil pedazos bajo su peso. Fragmentos de cristal, astillados y relucientes como diamantes, le perforaron la piel. Sus piernas separadas se quedaron enganchadas en la manilla de metal de la claraboya, dieron un brusco tirón y se detuvieron mientras ella se balanceaba cabeza abajo antes de conseguir asirse al marco de la claraboya.
Rodeó con la pierna buena los barrotes de apoyo, pero la otra pierna, llena de sangre, colgaba inútil. El largo cuerpo de Cazaux colgaba suspendido del techo, enredado con los cables de la instalación eléctrica. Un polvillo azulado relucía a la luz de la luna mientras agitaba nerviosamente las piernas.
– ¡Ayúdeme! -gritó con voz ahogada
Se estaba estrangulando lentamente. El cable le había raspado el maquillaje del cuello, lo cual dejaba al aire la marca de nacimiento de color marrón. Muy por debajo de ellos, una multitud vestida de gala se agrupaba con la boca abierta sobre los trozos de cristal.
– Me estaba preguntando cómo escondía la marca de nacimiento -espetó ella mientras cogía aire-. Cuanto más se mueve, más aprieta. Tome -dio extendiendo hacia él su mano cubierta de sangre.
Intentó en vano levantas los brazos, pero estos se encontraban retorcidos por los cables. Se le estaba poniendo la cara azul