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– Claro -dijo-. ¿Por qué no te pasas hacia las ocho?

– No estoy bien -dijo Lindsey; de repente, su voz sonó casi desesperada-. Me siento vacía.

– Has perdido a tu padre.

– Lo he perdido todo.

Parecía como si ya no pudiera aguantar más.

– Lindsey, si necesitas hablar con alguien ya -le dijo-, no debe darte vergüenza ir a urgencias. Me reuniré contigo en el Hospital de Cambridge.

– No puedo hablar con la mayoría de gente.

– ¿Me prometes que estarás bien estas dos horas?

– Estaré bien -dijo en voz muy baja.

Clevenger se sintió atrapado en una repetición de la terapia con Grace Baxter, pidiéndole otro «contrato no suicida», como si eso lo garantizara todo. Pero también sabía que Lindsey no había dicho nada que justificara que la policía la llevara a un hospital contra su voluntad.

– ¿Estás segura? -le preguntó.

– Estás preocupado por mí -dijo ella, hablando ahora entre lágrimas-. Qué majo. -Se aclaró la garganta-. No lo estés. Yo mato a los demás, ¿recuerdas?

– Lindsey… ¿Dónde estás?

– Te veo a las ocho. -Y colgó.

Clevenger volvió a llamarla, pero saltó el buzón de voz.

Lo intentó de nuevo, con el mismo resultado. Pensó en llamar al Hospital de Cambridge, para que mandaran a un psicólogo de crisis a casa de los Snow en Brattle Street. Pero no tenía derecho a hacerlo y sabía que la mayor parte de su ansiedad ni siquiera se debía a lo que pudiera pasarle a Lindsey, sino a lo que ya le había sucedido a Grace Baxter.

Cerró los ojos y recostó la cabeza en el asiento, pero lo único que consiguió fue que las palabras de Collin Coroway volvieran a su mente: «Dijo que se cortaría el cuello». Abrió los ojos y miró por la ventanilla del taxi a los árboles desnudos que pasaban a toda velocidad. El sol estaba poniéndose, y el cielo le pareció más oscuro que hacía unos minutos.

* * *

Quiso dormir en el avión, pero no pudo. Cogió el diario de John Snow y lo ojeó. La mayoría de las entradas apretujadas entre los dibujos y cálculos de Snow eran refritos de su pregunta principaclass="underline" si tenía derecho o no a salir de su propia vida. Pero a mitad del diario había un pasaje garabateado con letra especialmente pequeña, escrito en diagonal en la mitad inferior de una página. Y comenzaba con la palabra «amor».

El amor es el mayor obstáculo para renacer. En el amor, uno reivindica su derecho a otro ser humano, incorporando a esa persona a la imagen que tiene de sí mismo o de sí misma. A los amantes no sólo les resulta difícil imaginar que uno exista sin el otro, sino que se convierten en una tercera entidad: la pareja. Por eso el amor es tan liberador cuando surge.

Sin embargo, ¿no se produce también en cada apareamiento una muerte lenta del individuo, una desaparición del hombre y de la mujer el uno en el otro? ¿A eso se refiere la gente cuando habla de querer a alguien a muerte?

Te quiero a muerte.

¿Se merece más sobrevivir la pareja que los dos individuos?

La tecnología nos ofrece una solución. Cuando el amor se acaba, un bisturí adecuadamente guiado puede reconstituir por completo al individuo, liberándolo limpiamente de los tentáculos del otro arraigado profundamente en su alma.

El peculiar espíritu humano puede ser liberado del peso aplastante de la emoción y la experiencia compartidas bajo las que está enterrado.

El individuo puede renacer sin sentir culpa ni tristeza, ya que no existe el recuerdo de aquellos a quienes ha dejado atrás, sólo tiene frente a él el horizonte más prometedor, el potencial infinito de una historia completamente nueva.

Clevenger dejó de leer. El miedo de Snow a ser absorbido estaba en todo lo que escribía, su preocupación porque los «tentáculos» de su amante penetraran en su interior y no lo soltaran nunca, porque el amor romántico fuera una especie de cáncer embriagador que consumía las almas que unía. ¿Era eso lo que sintió al enamorarse de Grace Baxter? ¿Había decidido al final poner fin a su relación y seguir adelante con la operación por el terror que le producía dejar de existir si se enamoraba de ella completamente? ¿Y cómo habría reaccionado si hubiera sabido que una parte de él crecía ya en el vientre de ella?

Respiró hondo y meneó la cabeza. Le embargó una profunda sensación de tristeza. Se preguntó por qué. Al principio pensó que comenzaba a compadecer a Snow de verdad, a identificarse con él, un hombre convencido de que un abrazo era siempre el preludio de la asfixia. Un hombre que se había casado para que lo dejaran en paz. Pero entonces la imagen de Whitney McCormick volvió a su mente. Sólo permaneció con él una milésima de segundo, pero bastó para darse cuenta de que no sentía pena sólo por Snow. Sentía pena por sí mismo. Porque vivir ese infierno de niño no había hecho que las cosas le fueran mucho mejor. Al final, él también estaba solo. Podía preocuparse por sus pacientes. Podía querer a su hijo. Pero no estaba seguro de si iba a permitir que algún día alguien lo amara a él.

* * *

Debido al retraso que sufrió el avión de Boston, Clevenger llegó al Instituto Forense diez minutos antes que Lindsey Snow; pasó justo por delante de tres reporteros obcecados que debían de llevar horas merodeando por fuera de la verja de alambrada.

Cary Shuman era uno de ellos, un gacetillero descarnado que, en caso de creer que existía la posibilidad de destapar una historia, habría excavado tranquilamente debajo del asfalto de las peores calles de Chelsea.

– ¿Alguna pista, doctor? -gritó mientras Clevenger caminaba hacia la entrada.

Clevenger no se detuvo.

– ¿Es cierto que Grace Baxter era paciente suya?

Eso rompió su ritmo de zancada, pero Clevenger se obligó a seguir caminando.

– Lo has conseguido -dijo Kim Moffett, saliendo de detrás de su mesa cuando Clevenger cruzó la puerta. Había accedido a quedarse hasta tarde. Llevaba una chaqueta negra de cuero, unos Levi's rotos y unas zapatillas de piel de Prada, una indumentaria bastante típica de ella.

– Gracias por quedarte -dijo Clevenger.

– No hay de qué.

– ¿Va todo bien?

– Genial. Tengo compañía de sobra si me siento sola-dijo, señalando con la cabeza a Shuman y sus amigos, que estaban fuera, en la calle.

Clevenger sonrió y se dirigió a su consulta.

– ¿Sabes? No tienes buen aspecto -le dijo Moffett-. ¿Has dormido?

– Estoy bien -contestó él. Se detuvo y se volvió hacia ella-. Gracias por preguntar. -Ya nadie lo hacía.

– ¿Quieres que te pida algo de cenar?

– Ya comeré algo de camino a casa.

– Mentiroso.

Clevenger le sonrió, se dio la vuelta y entró en la consulta. Apenas se había quitado el abrigo cuando sonó el intercomunicador.

– Lindsey Snow ha venido a verte -dijo Moffett.

– Que pase. -Clevenger le abrió la puerta.

Lindsey lo miró con timidez cuando pasó por delante de él al entrar en la consulta. Vestía los mismos vaqueros ajustados y el mismo jersey negro que llevaba en la casa, pero estaba más tranquila y se había maquillado, echado perfume y recogido el pelo.

– Me alegro de que hayas venido -dijo Clevenger. Le señaló la silla que había ocupado Grace Baxter-. Por favor.

Ella se sentó.

Clevenger se sentó en la silla de su mesa, la hizo girar para ponerse frente a ella y vio que estaba llorando.

– ¿Por qué no puedo mantenerme serena? -le preguntó.

– Quizá porque no se supone que debas hacerlo -dijo Clevenger.

Lindsey se secó las lágrimas, pero éstas no dejaron de brotar.

La dejó llorar. Observándola, vio de nuevo cómo se balanceaba entre la adolescencia y la edad adulta, con una sensualidad inexperta que tenía que colocarla en una especie de tierra de nadie: era demasiado mujer para los chicos de su edad y demasiado joven para un hombre plenamente adulto.