Clevenger descolgó el teléfono y marcó el número de su amigo Vania O'Connor en Portside Technologies, en Newburyport, al norte, cerca de la frontera con New Hampshire. O'Connor era un genio informático de treinta y cinco años con una lista de clientes de Fortune 500 que seguramente nunca visitaban su despacho en un sótano sin ventanas y con las paredes repletas de centenares de textos especializados en programación y localización y corrección de fallos.
O'Connor contestó al primer tono.
– Mmm. Mmm -canturreó, con su voz de barítono característica.
– Soy Frank. Siento llamar tan tarde.
– ¿Qué hora es?
Clevenger miró el reloj.
– Las diez y cuarto. -Se preguntó por qué Billy no había vuelto aún.
– ¿De la noche, o de la mañana?
Clevenger sonrió. No dudaba de que a veces O'Connor pudiera perder totalmente la noción del tiempo, trabajando debajo de la casa donde él, su mujer y sus tres hijos tenían una existencia sorprendentemente normal. Y al pensar aquello, que O'Connor se dedicaba a su don y a su familia a la vez, Clevenger se preguntó de nuevo por qué John Snow había sido incapaz.
– De la mañana -bromeó.
– Imposible -dijo O'Connor-. Nos toca a nosotros llevar la merienda a la guardería. Nicole llevaría horas gritándome.
Nicole era la maravillosa hija de seis años de O'Connor. -Tocas demasiadas teclas.
– Lo sé -dijo O'Connor-. Déjame adivinar. Me llamas para saber por qué al abrir el Explorer mientras utilizas una hoja de cálculo de Excel no puedes acceder a la función de previsión mensual, lo que tiene gracia, porque es exactamente en lo que estoy trabajando en este preciso momento.
– Parece interesante.
– La bomba.
– ¿Cuánto tiempo llevas con eso?
– No lo sé.
– Siento mucho interrumpirte.
– Algo me dice que lo superarás. ¿Qué pasa?
– Tengo unos disquetes con todo tipo de archivos. Son del disco duro de un portátil. Algunos parecen bastante normales, pero hay ciento cincuenta y siete que comienzan con las letras VTK y acaban con LNX.
– Ciento cincuenta y siete.
– Los he abierto todos. No sé si están infectados con algún virus o escritos en clave. Sea lo que sea, para mí no tienen ningún sentido. -Oyó la llave en la cerradura de la puerta del loft y caminó hacia allí.
– No me los mandes por correo electrónico -advirtió O'Connor-. Sabe dios con qué estarán infectados.
Lo dijo como si a Clevenger le quedara un día de vida.
– ¿Qué te parece si te los llevo? Te prometo que no te atosigaré.
– Cuando quieras.
– ¿Mañana por la mañana? -preguntó Clevenger.
– Antes de las ocho y media o después de las nueve y cuarto. Ya sabes, nos toca a nosotros…
– Llevar la merienda, sí. -La puerta se abrió. Oyó a Billy y a Heller hablando.
– Arándanos -dijo O'Connor-. Es el Montessori. Fomenta la comida sana. Yo prefiero la comida energética. Esta noche ya voy por el tercer paquete de chocolatinas picantes.
Billy entró vestido con un pijama quirúrgico y una cazadora vaquera, seguido de Heller, que llevaba un pijama quirúrgico y un abrigo tres cuartos de lana negro. Calzaba sus botas de cocodrilo negras.
– Te veo hacia las ocho -le dijo Clevenger a O'Connor.
– Largo, con leche y cuatro azucarillos.
– Hecho. -Colgó-. ¿Qué tal ha ido? -le preguntó a Billy
Billy sonrió y miró a Heller, que le devolvió la sonrisa.
– Impresionante -dijo Billy-. Completa y totalmente impresionante.
– Quédate un rato -le dijo Clevenger a Heller.
– ¿Aún te apetece tomar esa copa? -le preguntó Heller-. Creo que Billy está bastante cansado.
– Destrozado -dijo Billy. Le enseñó un libro-. Leeré un poco antes de dormir.
Clevenger leyó el título: Estructura cerebral y medular, del doctor Abraham Kader. Apenas podía creer que Billy sostuviera aquel libro en la misma mano que normalmente reservaba para el paquete de Marlboro y los CD de Eminem.
– Es un clásico -dijo.
– Kader es amigo mío -dijo Heller.
«Cómo no, por supuesto», pensó Clevenger.
– Está dedicado -dijo Billy-. «De un sanador a otro.»
– Por eso se lo he regalado a Billy -dijo Heller-. Podría ser cierto de nuevo.
– Tendrías que haber venido -dijo Billy-. Cerramos y, como treinta minutos después, se despertó en recuperación y… -Volvió a mirar a Heller, quien, asintiendo con la cabeza, le dio el visto bueno para que rematara el relato-. Veía -anunció Billy con reverencia.
– Increíble -dijo Clevenger.
– Como le he dicho a Billy -dijo Heller-, nosotros no hemos tenido nada que ver. Dios le ha dado la vista a esa mujer. -Levantó las manos-. A mí, me ha dado esto. -Las dejó caer a los lados-. Y si al final resulta que Billy llega a ser neurocirujano, será porque lo llevaba dentro desde siempre, esperando a que viera la luz.
Clevenger no podía discutir la esencia del soliloquio de Heller, pero su forma de expresarla dejaba claro que aún lo dominaba esa ola maníaca que lo había arrastrado al quirófano.
– Sea cual sea tu don, debes respetarlo -le dijo Clevenger a Billy pero oyó cómo sus palabras quedaban ahogadas por el eco persistente de Heller.
– Exacto -dijo Heller.
– He ayudado a cerrar -le dijo Billy a Clevenger. -Fantástico -dijo Clevenger
– Alguien que sienta pasión por la cirugía no puede quedarse sólo mirando -dijo Heller-. Billy ha sujetado los retractores durante cuatro horas seguidas. No ha dicho ni pío. Se ha ganado el derecho a poner el último par de grapas.
– No sé por qué, pero creo que no será la última vez que quiera entrar en un quirófano -dijo Clevenger.
– No hay problema -dijo Heller-. Se ha portado como un campeón. Capaz. Respetuoso. Le ha caído bien a todos.
– Voy a empezar con esto -dijo Billy, levantando el libro. Miró a Heller-. Gracias.
– A ti.
Clevenger observó cómo se estrechaban la mano.
– Buenas noches -le dijo Billy a Clevenger, y luego se fue hacia su cuarto.
– Buenas noches, colega -le dijo-. Te quiero. -Se había acostumbrado a que Billy rara vez lo abrazara o le dijera que lo quería; el chico procedía de una familia donde lo único que obtenías por ser vulnerable era más dolor. Pero se sintió especialmente lejos de Billy con Heller ahí-. ¿Qué hay de esa copa? -le preguntó a Heller. Le apetecía mucho.
– ¿Adónde vamos?
– ¿Al Alpine? Es cutre, pero está al final de la calle.
– No es que vaya de gala precisamente -dijo Heller.
Fueron caminando al Alpine, un cuchitril en el que la barra ocupaba casi la mitad del local. Cuando beber había sido prácticamente lo único que Clevenger quería hacer, la prominencia de aquella barra le parecía adecuada, incluso relajante. Nadie iba al Alpine por el café o la decoración: paneles oscuros de madera, alfombras de interior o exterior, un techo suspendido; sino porque estaba a un tiro de piedra de los bloques de tres pisos a los que llamaban hogar y porque la cerveza costaba un dólar y el gin-tonic, dos.
Heller pidió un whisky, sin hielo.
– ¿Y tú, doctor? -le preguntó a Clevenger el barman, de cuarenta y pocos años, metro noventa de estatura y todo músculo.
Clevenger dudó. Sería tan fácil decirle que pusiera dos… tan fácil como saltar de un rascacielos. Pidió una coca-cola light.
– Te hemos echado de menos -dijo el barman.
– Yo también. Jack -dijo Clevenger.
– Pero parece que las cosas te van bien. Te han dado un caso importante. Ese profesor que se suicidó, o lo que fuera.
– Sí-dijo Clevenger.
– Dame la primicia. ¿Se suicidó o qué?
– Aún estamos investigando.
Jack le guiñó un ojo.
– No sueltas prenda. No te culpo. -Miró a Heller-. ¿Quién es éste del pijama?