– Que todo fuera como la seda de vez en cuando estaría bien.
– Créeme, no lo soportarías. Eres terapeuta a tiempo completo. Te guste o no. -Señaló con la cabeza los disquetes que Clevenger sostenía en la mano-. ¿Qué problema tenemos, compañero?
– Son los archivos que te conté. Son del portátil de John Snow. El inventor.
– El tipo que mataron, o se mató, o lo que sea.
– Sí.
– Se pasan medio telediario hablando de él. -Señaló los disquetes con la cabeza-. No crees que lo mataran por lo que hay ahí, ¿verdad?
– No lo sé. Pero no le he dicho a nadie que voy a dártelos a ti. -Vio que la cara de O'Connor perdía parte de su vivacidad-. No tienes que hacerlo.
Vania O'Connor se quedó mirando los disquetes unos segundos.
– Ya me he tomado tu café -dijo-. Cuéntamelo todo.
Clevenger le habló del Vortek.
– Así que hablamos de ingeniería, física, fuerza, cantidad de movimiento. Todo eso.
– Todo eso.
– Metamos uno.
O'Connor introdujo el disquete en su ordenador de sobremesa y seleccionó el directorio. Abrió el archivo VT1l.LNX y se quedó mirando el campo de números y letras en silencio durante un minuto más o menos.
– Bien -dijo por fin.
– ¿Lo entiendes?
– No. Pero puedo decirte por qué. Está muy encriptado, en lenguaje C++ o Visual Basic.
– Para mí, como si fuera chino.
O'Connor se rió.
– ¿Puedes descifrarlo? -le preguntó Clevenger.
– Con un poco de suerte. Y aunque lo logre, ciento cincuenta y siete archivos requerirán tiempo.
– Y dinero.
– Eso también. El suficiente como para repartirlo un poco. Conozco a un tipo que se jubiló de la NASA y que vive en una granja en Rowley. Puede que necesite su ayuda con algunos de los cálculos.
– Lo que haga falta -dijo Clevenger-. Pero yo no le enseñaría todas tus cartas. Como te he dicho, no sé si lo que hay en esos archivos mató a Snow. Y no conozco a tu amigo, o a quién conoce él. -Se metió la mano en el bolsillo y le dio a O'Connor unos cuantos billetes de doscientos dólares.
– Con eso podremos empezar -dijo O'Connor-. Pero necesitaré más.
– Cuenta con ello. Eso es lo que llevaba encima.
– No me refería a dinero -dijo O'Connor-, sino a información: la fecha de nacimiento de Snow, su número de la seguridad social, las fechas de nacimiento de sus hijos, su aniversario de bodas. Algunos de estos tipos utilizan esa clase de información como clave para desencriptar los datos.
– Te conseguiré todo lo que pueda.
– Yo tendría cuidado, Frank -dijo O'Connor, desplazándose hacia abajo en la pantalla-. Snow se preocupó mucho por ocultar a la gente lo que sea que haya tras esta clave. Quizá nadie sepa que tengo los disquetes, pero sí sabrán que tú los tienes.
Clevenger regresó a Boston para visitar a Kyle Snow en la cárcel del condado de Suffolk. Vio que North Anderson le había llamado al móvil y le telefoneó.
Anderson contestó.
– Hola, Frank.
– ¿Alguna novedad? -preguntó Clevenger.
– La historia de Coroway concuerda, en parte. El guarda del aparcamiento y la cajera de la cafetería le recuerdan.
– ¿En qué no concuerda?
– He hablado con el conductor de la furgoneta de reparto del Boston Globe con la que chocó. Un tipo llamado Jim Murphy. De treinta y tantos años. Dice que Coroway estaba fuera de sí, muy afectado por un simple golpe. Coroway intentó pagarle en metálico para que no diera parte. Quinientos dólares.
– La gente hace esas cosas -dijo Clevenger-. Y Coroway dijo que tenía prisa. Que tenía que coger un avión.
– Ya. Pero Murphy se sintió muy presionado. Le dijo que no podía aceptar el trato, al ser la furgoneta del Globe y eso, pero Coroway no aceptaba un no por respuesta. Subió la oferta a mil dólares y siguió insistiendo hasta que al final Murphy llamó a la policía para dar parte. Coroway se marchó antes de que llegara el coche patrulla.
– Interesante.
– Bueno, ¿qué hago ahora? -preguntó Anderson.
– Necesitamos comprobar si Coroway ha registrado algún invento en la Oficina de Patentes de Washington -dijo Clevenger-. Quiero saber si el Vortek era realmente un fracaso o no. -Miró por el retrovisor y vio un Crown Victoria azul oscuro a unos quince metros detrás de él. Creía haber visto el mismo coche en la carretera 95 de camino a Newburyport. Tenía el mal presentimiento de que alguien lo había seguido desde Chelsea. Cambió al carril de la izquierda y aceleró a 120 kilómetros por hora.
– ¿Los inventos para el ejército se registran? -preguntó Anderson.
– Averígualo -dijo Clevenger. Recordó que Jet Heller le había preguntado si había ido a Washington para reunirse con contratistas militares-. También estaría bien intentar comprobar si Coroway vendió la licencia del Vortek a Boeing, Lockheed o alguna empresa por el estilo. -El Crown Victoria no se había cambiado de carril, pero se mantenía a la zaga. Se desplazó tres carriles y pensó tomar la siguiente salida y poner fin a su paranoia.
– Conseguiré los nombres de los miembros de los consejos de administración de las empresas más importantes de la industria -dijo Anderson-. Podemos preguntar a nuestros contactos para ver si hay algún modo de entrar. Quizá alguno de mis amigos de Nantucket pueda ayudarnos.
Anderson había sido jefe de policía de Nantucket antes de trabajar con Clevenger.
– Genial. Te llamo cuando salga de hablar con Kyle Snow. Voy camino de la cárcel. -Cogió la salida. El Crown Victoria también.
– Estupendo.
– Espera. Creo que alguien me sigue -dijo Clevenger.
– ¿Dónde estás?
– En el norte, cerca de Newburyport.
– ¿Le has dejado los disquetes a O'Connor?
– Sí. ¿Puedes llamar a alguien de la policía de Newburyport para que se pase por su casa? Vive en el 55 de Jackson Way. Puede que me hayan seguido hasta allí.
– Entendido. Quédate en la autopista. No salgas por nada.
– Demasiado tarde. Acabo de salir en Georgetown. Carretera 133.
– Vuelve a la 95. Te llamo dentro de un minuto. -Colgó.
Clevenger oyó una sirena tras él. Miró por el retrovisor y vio una luz azul que parpadeaba en el salpicadero del Crown Victoria. Distinguió las figuras de un conductor y un acompañante masculinos. Se detuvo, sacó el arma de la funda y se la colocó debajo del muslo.
El conductor se quedó sentado al volante. El acompañante, un hombre alto de unos cincuenta y cinco años, con pelo ralo y gafas, se acercó a su ventanilla.
Clevenger la bajó.
– ¿Doctor Clevenger?
– ¿Quién quiere saberlo?
– Paul Delaney del FBI.
– Un placer. Podría haber llamado a mi consulta y concertar una cita.
Delaney sonrió.
– Lo siento mucho. Voy a tener que registrar la camioneta, doctor.
– No sin una orden.
– La tengo. -Delaney se metió la mano en la chaqueta del traje. Antes de que Clevenger pudiera reaccionar, notó el cañón de una pistola presionándole la nuca-. ¿Tiene ojos en el cogote? -le preguntó Delaney-. Lea mi orden. -Hizo un gesto con la cabeza hacia el Crown Victoria.
Cinco segundos después, la puerta del copiloto de la camioneta de Clevenger se abrió y el compañero de Delaney, un hombre voluminoso de al menos metro ochenta de estatura, metió el cuerpo en el coche y comenzó a registrar la parte inferior de los asientos y después la guantera. Se sentó en el asiento del copiloto.
– Tengo que cachearle, doctor -dijo.
El teléfono de Clevenger comenzó a sonar. Miró la pantalla. Era North Anderson.
– Acabaremos enseguida -dijo Delaney-. Ya devolverá la llamada después.