Pero ni siquiera un mapa del amor te hacía superar limpiamente todos los obstáculos. Uno de ellos era que Whitney estaba tan unida a su padre que era posible que no hubiera sitio para intimar de verdad con otro hombre. Otro era que volvía a trabajar para una agencia de la ley con la que Clevenger había entrado en guerra en más de una ocasión. Y el mayor obstáculo de todos era que Clevenger se había comprometido a hacerle de padre a Billy Bishop, lo que le dejaba poco tiempo para el amor.
– Entonces, ¿a qué has venido?
– A facilitarte las cosas.
– ¿Cómo?
– Haciendo que te olvides de los disquetes, para empezar.
– Pensaba que no estabas de servicio.
– Quiero estar aquí -dijo-. Nadie me ha enviado. Pero deberías saber que esos disquetes han sido confiscados porque tienen consecuencias para la seguridad nacional. No es nada personal.
– Es complicado no tomarse como algo personal que te noqueen con una pistola.
Ella sonrió.
– Lo que trato de decirte es que nadie intenta impedir que encuentres al asesino de John Snow. El objetivo de esta operación no era ése, sino evitar una filtración.
– ¿Han sacado los disquetes del laboratorio de pruebas de la comisaría?
– Esos disquetes no existen. No volverás a verlos ni a oír hablar de ellos -dijo-. Ni de ellos, ni del diario.
Clevenger había dejado sus fotocopias del diario junto al ordenador. No había duda de que el FBI también las había cogido.
– ¿Por qué estás metida en esto? -preguntó Clevenger-. Normalmente, una investigación de asesinato en Boston no llegaría a la unidad de ciencias del comportamiento de Quantico.
– No estoy metida yo, sino mi padre.
– Vaya… -McCormick había sido parte esencial de la Comunidad de Inteligencia antes de presentarse al cargo de senador. Al parecer, seguía siéndolo-. ¿Por qué no me sorprende? -preguntó Clevenger.
– No empieces. No necesito que juegues al psicoanalista conmigo.
– ¿Y si necesito esos disquetes para resolver mi caso de asesinato?
– Hablamos de tecnología de misiles, Frank. Un montón de datos altamente encriptados. Ecuaciones matemáticas. ¿Qué importa que los veas o no?
– No lo sé. Eso es lo que me molesta.
– Pues moléstate -dijo McCormick-. Pero sigue con otra cosa.
– ¿O?
– No querrás ser parte del problema en un asunto de seguridad nacional. Hoy en día, sobre todo.
Aquello era una advertencia bastante clara.
– Y nadie te ha dicho que me lo dijeras.
– No. Ya te has llevado un golpe en la cabeza. Quiero ahorrarte que te estrelles contra un muro de piedra.
– Capto el mensaje -dijo.
Parecía verdaderamente preocupada de que Clevenger desoyera su consejo.
– Ya te he entendido -dijo él-. ¿De acuerdo? Ella asintió.
– ¿Qué me dices? ¿Estás por aquí esta noche? Podríamos quedar para cenar.
– Estaré por aquí, si es lo que quieres.
– ¿A las nueve? Quiero asegurarme de que Billy está en casa y tranquilito.
– ¿Ahora está en casa a las nueve?
– Casi nunca. Pero siempre tengo la esperanza.
– Bien por ti, y por él también.
– ¿Dónde te recojo?
– Estoy en el Four Seasons.
Clevenger tuvo que sonreír ante la coincidencia.
– ¿Qué?
– Nada. Reservaré mesa en el Aujourd'hui.
Se quedaron unos segundos en silencio. Entonces McCormick se acercó y se detuvo a medio metro de él.
– Hasta luego -dijo.
No hizo falta que dijera nada más. Su olor formaba parte de su encaje perfecto. La atrajo hacia él.
Clevenger encontró a Coady sirviéndose una taza de café de una destartalada cafetera eléctrica Mr. Coffee que había fuera de la sala de interrogatorios.
– Disculpa lo que te he dicho en tu despacho -le dijo-. Parece que los dos estamos atrapados en algo que no podemos acabar de controlar.
– Eso ya lo veremos -dijo Coady echando tres sobres de sacarina en el café.
– ¿Qué quieres decir?
Coady se apoyó en la encimera agrietada de formica.
– Puto FBI -dijo-. Llevan demasiado tiempo agobiando a este departamento. Es increíble que aún pasen estas cosas.
– ¿Qué piensas hacer al respecto?
– No voy a dejarlo, eso seguro. -Miró a su alrededor, para comprobar que nadie le escuchaba-. Hay un par de cosas que tienes que saber.
– Dispara.
– Kyle Snow fue visto en el centro de Boston a las tres y diez de la madrugada que mataron a su padre. Compró diez pastillas de Oxycontin a su camello.
– ¿Cómo lo sabes?
– Kyle le delató cuando lo amenacé con dejarlo en la carcel el resto de la libertad condicional. Fui a ver al tipo, un estudiante de la Universidad de Boston. Un tipo legal. Me dijo lo que le había vendido a Kyle, y cuándo.
– ¿Cómo sabes que es de fiar?
– Se las vendió en la tienda 24 horas que hay en la esquina de Chestnut y Charles. Kyle sale en la cinta de la cámara de seguridad comprando un sándwich y un cartón de leche después de cerrar el trato.
– ¿De verdad la gente se come esos sándwiches?
– Los compran, pero no sé si tienen el valor de comérselos.
– Así que lo tenemos aproximadamente a cuatro manzanas de la escena, una hora y media antes de que pasara todo, más o menos -dijo Clevenger.
Coady asintió.
– Segundo tema: voy a hacer pasar a George Reese para interrogarle cuando acabe la jornada laboral. Sin advertencias. Así mandamos un aviso a esta gente. Lo esposaré y lo arrastraré a comisaría. ¿Estás libre?
Éste era un Mike Coady totalmente nuevo. A veces, cuando presionas a alguien, descubres quién es esa persona en realidad.
– Sabes que sí -dijo Clevenger.
– ¿El FBI viene de Washington y se lleva pruebas de mi caso? ¿Sin avisar? ¿Sin respetarme? Si se lo consiento una sola vez, pronto ni yo mismo me respetaré.
– Me preocupas.
– ¿Por?
– Empezamos a pensar del mismo modo.
Capitulo 17
Kyle Snow era un chico delgado, pero fuerte, de dieciséis años, rasgos delicados, casi femeninos, y pelo negro y largo que apartaba constantemente de sus ojos azul grisáceos. Apenas podía estarse quieto. Llevaba el típico mono naranja del Departamento de Prisiones de Massachusetts. Daba golpecitos en el suelo con el pie mientras permanecía sentado a la mesa frente a Clevenger. Tenía las pupilas dilatadas. Minúsculas gotas de sudor le cubrían la frente. Necesitaba colocarse.
– Sí, le di la nota -dijo, respondiendo a la pregunta de Clevenger sobre si había entregado la nota de suicidio de Grace Baxter a su marido, George Reese-. ¿Y qué?
– ¿La leyó?
– Sí.
– ¿Cuál fue su reacción?
– Me dijo «gracias», así, muy tranquilo. No se quedó afectado ni nada. En mi opinión, ya sabía que ella hacía su vida. Seguramente él también hacía la suya.
– ¿Te preguntó algo?
– Sólo cómo la había conseguido.
– ¿Se lo dijiste?
– No.
– ¿Por qué se la llevaste? -No lo sé.
– ¿Estabas enfadado por lo de tu padre con Grace Baxter?
Kyle comenzó a dar golpecitos con los pies. Miró hacia la puerta de la sala de interrogatorios.
– ¿Van a darme algún día esa metadona?
– Un par de minutos más -dijo Clevenger. Esperó unos segundos-. ¿Estabas enfadado con tu padre?
– No especialmente.
Clevenger decidió enfocar el asunto de otro modo. -Tu padre y tú no teníais mucha relación, hasta hace poco.
– Me odiaba -sentenció Kyle con total inexpresividad-. Eso es un tipo de relación.
Clevenger lo sabía de primera mano, por su propio padre.