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«¿Por qué los Campi Flegri son más peligrosos que el Vesubio, profesor Eyvindur?»

«Porque se encuentran sobre una inmensa cámara de magma que en las últimas semanas no ha hecho más que llenarse de roca fundida».

«¿Y eso qué significa?»,

«Que podríamos sufrir una erupción cien veces más destructiva que la que aniquiló Pompeya y Herculano hace casi dos mil años».

El tal Eyvindur se volvió, buscando la mirada de los posibles espectadores, como un locutor profesional. Gabriel pensó que debía estar muy familiarizado con las cámaras. «Un científico mediático», pensó. Entre los hombres de ciencia no se trataba de la especie más rigurosa, pero sí de la preferida por los periodistas.

«Mientras hablamos, tres millones de personas corren peligro de muerte. No hagan caso a las autoridades cuando les digan que la situación está controlada. Nada ni nadie puede controlar la ira de la madre Tierra. Lo único que se puede hacer es alejarse de ella».

Durante un segundo, Gabriel esperó que por detrás del científico aparecieran dos tipos vestidos con batas blancas para embutirlo en una camisa de fuerza y llevárselo a rastras. Aunque todavía quedaban veinte segundos de contenido, cerró la noticia y pinchó en otro titular que le había llamado la atención.

Anomalía magnética a nivel mundial.

Un tipo de rostro cetrino informó de que a las dos y nueve de la madrugada, hora de Greenwich, una hora más en hispana, se había producido en diversos lugares del inundo lo que él denominó un «incidente magnético».

«… dificultades con sus sistemas de navegación aérea. Problemas de orientación que también han afectado al reino animal.

Treinta ballenas grises han varado en la isla de Vancouver, donde, a pesar de los esfuerzos de los servicios de vigilancia costera y de cientos de voluntarios, la mayoría han perecido aplastadas por tu propio peso».

Lo más curioso era el momento del incidente: poco antes de las tres y diez. Gabriel se había despertado justo a esa hora con el corazón desbocado. ¿Estarían relacionados la anomalía magnética y aquel extraño sueño?

Eso le recordó que apenas había pegado ojo. Quedaba una hora para llegar a Madrid. Apoyó la cabeza en el respaldo y trató de dormir.

Capítulo 7

California, Fresno .

Joey Carrasco, estudiante de noveno grado, intentaba escribir una redacción sobre la inmortalidad. Un asunto que lo obsesionaba, y del que no podía sospechar que acabaría sabiendo mucho más de lo que se puede aprender en un instituto.

Miró la hora en la pantalla del ordenador. Ya eran casi las once de la mañana, y llevaba desde las nueve con el trasero pegado a la silla, tecleando y buscando datos. Para un chaval de catorce años, una eternidad, y más en una mañana de sábado.

¿Y si en vez de consultar tanto en Internet visitaba la caravana que estaba a cuatro parcelas de su casa móvil y le preguntaba a Randall? Su amigo, pese a sus problemas de memoria, sabía todo tipo de cosas raras. De paso, seguro que le invitaba a una coca-cola.

Su madre no le dejaba beber más de una al día, porque decía que con la cafeína Joey se aceleraba más que Speedy González. Randall opinaba algo parecido, pero siempre le daba otra coca-cola -«Que tu madre no se entere»-. Si era por la mañana, él se abría otra. Si era por la tarde, acompañaba a Joey tomándose una cerveza, la única del día.

En el parque de caravanas South Fresno Paradise, un hombre que se conformaba con beber una cerveza al día era algo tan exótico como un esquimal con un abrigo de foca en el desierto de Mojave. Pero no era aquélla la única rareza de Randall.

Aunque los padres de Joey respetaban a Randall, no dejaba de extrañarles aquella amistad entre un adulto y un adolescente. En una ocasión, la madre de Joey le preguntó:

– ¿Alguna vez se ha acercado demasiado a ti? ¿Te ha enseñado fotos raras o te las ha querido hacer?

– ¡Mamá, por favor! Randall no es ningún pederasta, si es eso lo que quieres saber.

Pero los padres de Joey habían comprobado que Randall suponía una buena influencia para él. No le dejaba fumar ni beber alcohol, le enseñaba a ser respetuoso con los demás y con el medio ambiente y además le insistía en que estudiara. Joey era uno de los pocos chicos del SF Paradise que seguía yendo al instituto a su edad, lo cual le valía de vez en cuando insultos de los demás, que lo llamaban «empollón», «comelibros» y cosas peores.

Nadie sabía de dónde había venido Randall. Ni siquiera él mismo. Cuando llegó al parque de caravanas, cinco años atrás, no recordaba de dónde venía ni en qué otro sitio había vivido. Sin embargo, era capaz de hablar de muchos lugares y describirlos como si los hubiera visitado en persona.

Por no acordarse, no se acordaba del año en que había nacido, ni siquiera de la fecha de su cumpleaños. A Joey le resultaba difícil calcular la edad de Randall, pero su madre decía que aquel hombre debía tener menos de cuarenta.

– Si se afeitara la barba y se cortara un poco el pelo, seguro que se quitaba veinte años de encima.

Pero a Joey le gustaba la barba de Randall, una cascada espesa y patriarcal que le llegaba más abajo del pecho. Entre ella y el flequillo castaño no se le veía demasiado la cara; pero era cierto que en la parte del rostro que quedaba a la vista no se apreciaban arrugas.

Randall tampoco recordaba su país de origen ni quiénes eran sus padres. Guardaba una vaga idea de haber tenido hijos, pero cuando intentaba pensar en el asunto se le torcía el gesto, lo que hacía pensar a Joey que, si esos hijos existían, Randall no debía de llevarse bien con ellos.

Su aspecto físico no ayudaba a deducir su procedencia. Tenía los ojos oscuros y algo juntos, la nariz aguileña y la piel morena.

– Esperemos que no sea un terrorista árabe infiltrado -comentaba el padre de Joey, que le veía un aire semita.

El trabajo de Randall era muy humilde: barría la hojarasca del parque de caravanas, recogía la basura y rastrillaba las zonas de hierba. En ello empleaba bastantes horas, ya que los vecinos de las doscientas ocho viviendas del SF Paradise no eran la gente más limpia del mundo. A Cambio de eso, el propietario del parque, el señor Espinosa, le había cedido a Randall gratis una vieja caravana y le pagaba ciento cincuenta dólares a la semana. Una miseria, pero a él le sobraba, porque apenas tenía gastos.

Además, Randall tenía una ocupación extra. Resumido en pocas palabras, ayudaba a la gente. Su auxilio consistía en solucionar ciertos problemas de comportamiento, como una especie de psiquiatra aficionado. Ni él mismo sabía muy bien como lo hacía, o al menos a Joey no se lo quería explicar.

Por ejemplo, había curado a William Ramírez de su adicción al crack. Cuando William, que era muy violento, le intentó dar un navajazo, Randall extendió las manos, le dijo «Cálmate» y el muchacho soltó la navaja y se tranquilizó al instante. Después se sentó frente a él en el suelo, le puso las manos en las sienes, le miró a los ojos y se quedó así un rato. Cuando se levantó y dejó a William, éste ni siquiera se acordaba de qué era el crack, y no quiso volver a probarlo.

También había conseguido curar dolencias más raras, como la fobia de la señora Cowan, que hacía tres años que no se atrevía a salir de su casa ni para ir al supermercado. En cambio después de hablar con Randall se pasaba casi todo el día en la calle, sentada en su tumbona de lona y charlando con cualquiera que pasara por delante.

Y estaban los ridículos tics de Frank Sallares, que iba pisando todas las juntas de las baldosas de la acera, pegaba palmadas en las farolas diciendo «¡tong!» y pellizcaba el lóbulo de la oreja izquierda a la gente con la que hablaba. Eso le había acarreado muchas burlas y más de un puñetazo. Pero en cuanto Randall le impuso las manos y le miró a los ojos, Sallares se convirtió en el tipo más normal y aburrido del parque de caravanas.