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—Bueno, pero el tren llegó a tiempo… —recapitulé—. Y estaba entero, no sé…

—Sí —admitió ella—. Pero tuve que dejarlo encima de la mesa del salón porque no pude dejarlo encima de tu cama.

—¿Y qué más da? —pregunté, absolutamente confusa ya, a aquellas alturas.

—¡Pues sí que da! —para rematar mi perplejidad, Natalia parecía ahora hasta enfadada conmigo—. ¡Claro que da! ¿Es que no lo entiendes?

—No.

—A ver, ¿por qué…? —se quedó callada un momento, se mordió el labio inferior, y decidió corlar por lo sano—. No pude dejar el paquete encima de tu cama porque, aunque eran las diez de la mañana, en tu cama había una persona durmiendo.

—¿Ignacio? —aventuré, sin gran curiosidad.

—¡No, cono, no! —descargó los dos puños cerrados encima de la mesa, y cuando la indignación acabó de colorear su rostro, tan plácido siempre, me pareció tan graciosa que casi me eché a reír—. ¡Cómo iba a ser Ignacio, joder, si eran las diez de la mañana!

La miré sonriendo, encendí un cigarrillo, le di una calada, y me propuse tranquilizarla lo antes posible.

—Supongo que, por lo menos, sería una tía… —afirmé, mirándola a los ojos.

—Claro —me contestó, muy sorprendida—. ¿Qué iba a ser?

—Bueno, podría haber sido un tío aunque, bien mirado, no creo que me caiga esa breva…

—No te entiendo, Rosa —los ojos que habían perseguido sin pausa el menor rastro de emoción en mis propios ojos, se estrellaban ahora contra su ausencia como si fueran incapaces de creer en lo que estaban viendo.

—No me extraña, Natalia, la verdad es que no me extraña, pero hazme un favor, deja de preocuparte, en serio. Te agradezco mucho que me hayas contado esto. Ni me has dado un disgusto, ni me has destrozado la vida, ni te has metido donde no te llaman, ni nada por el estilo.

—No me digas que vosotros sois de ésos… —y volvió a ponerse colorada, pero no de ira—, de

esa gente que…, o sea, que os cambiáis de pareja o algo por el estilo…

—¡Por supuesto que no! —ahora la escandalizada era yo—. ¡Pues no faltaría más! Natalia, por Dios, pero ¿por quién me tomas…? No. Lo que pasa es que, bueno, de alguna manera, ya me lo imaginaba, y además, si quieres que te diga la verdad, no me importa, y no porque seamos una pareja abierta, sino porque no me importa, y ya está.

—¡No te importa!

—No.

—¿Pero nada nada nada, ni una pizca de nada?

—Nada.

—No es posible.

—Sí que lo es.

—Y entonces… ¿Para qué sigues viviendo con él? Apagué el pitillo, encendí otro, y me quedé mirándola. —Pues mira… Esa sí que es una buena pregunta, ¿ves?

No pude encontrar una respuesta para esa pregunta tan directa, tan fácil y sencilla en apariencia, porque la ausencia de razones para contestarla encerraba precisamente la única respuesta posible. Aquella conclusión no me entretuvo más de dos o tres segundos, pero cuando me despedí de mi hermana para volver al trabajo, a solas en mi despacho, lamenté de nuevo que Natalia no hubiera pillado a Ignacio en mi propia cama con un hombre en la víspera de la Nochebuena, detalle que me habría facilitado enormemente las cosas, y yo misma me asombré de la neutralidad con la que era capaz de pensar lo que estaba pensando como lo estaba pensando, antes de celebrar la vuelta a casa de aquella vieja y afilada ironía, una facultad radicalmente incompatible con la desesperación, que, como el hijo pródigo, llegaba cuando ya no la esperaba, para animar y dar color a mis pálidos coloquios interiores.

Sin embargo, el bendito renacimiento de mi innata capacidad para ironizar sobre mí misma no podía salvarme de la serenidad con la que mi hermana pequeña, una de las personas más responsables, más sensatas, menos irónicas que conozco, había apretado el gatillo de la pistola que anunciaba la salida de la última carrera. Porque no me había preguntado por qué, sino para qué. Porque era verdad, y una verdad absoluta, que no me importaba nada que Ignacio se acostara con otras mujeres, ni siquiera en mi propia casa, ni siquiera en mi propia cama, ni siquiera unas pocas horas antes de que el niño Jesús naciera en Belén, pero sí me importaba que, más allá de mi indiferencia, hubiera ocurrido algo que me permitiera afirmarla en voz alta y escucharme a mí misma mientras lo hacía, porque sólo en ese momento pude estar segura de que Ignacio me daba lo mismo, sólo en ese momento, aunque a mí misma me parezca mentira, me consentí advertir que Nacho Huertas, al cabo, tenía que llamarse Ignacio, igual que mi marido.

Después imaginé una puerta flamante, recién pintada, un piso antiguo, recién reformado, en el mismísimo centro de Madrid, quizás la calle Barquillo, quizás la calle Almirante, donde ya puede caer el diluvio universal que no te enteras, porque el suelo es de asfalto, y las aceras de adoquín, y las ruedas de los coches arrullan dulcemente a mis hijos dormidos, esos dos niños que, con suerte, no llegarán a saber jamás a qué huele el pecado, pero aprenderán muy pronto que las mandarinas que te regala un frutero que conoce tu nombre de pila huelen a estar en casa, a protección y a seguridad, a ese único sitio de todo el mundo al que se pertenece de verdad y para siempre. Entonces se me saltaron las lágrimas, y recordé que yo siempre había sido feliz, que tengo esa costumbre, y la ilusión, la fe, y hasta la curiosidad por un futuro que había creído enterrar en la misma tumba que mi amor perdido, bailaron otra vez ante mis ojos.

A partir de entonces, me concentré en descubrir una fórmula para garantizarme la verdadera y definitiva resistencia, un método eficaz y razonablemente indoloro, un plan de fuga distinto a todos los que había emprendido en vano, antes y después de ir a Lucerna, porque esta vez sería verdad. Jamás me había creído a mí misma capaz de abandonar a Ignacio algún día, pero tampoco había tenido nunca ganas de morirme.

Por supuesto, a él no le dije nada, ni un reproche, ni una lágrima ni una bronca antes de tiempo.

Soy una resistente nata. Igual que Madrid. La paciencia es un rasgo predominante en nuestro carácter.

Aquella mañana, al cambiar de bolso, se me había olvidado coger el monedero, y por eso, al salir del trabajo tuve que pasar un momento por mi casa. Iba con mucha prisa, el tiempo justo para llegar a la consulta de la psicoanalista unos cinco minutos después de la hora a la que me había citado pero, al pasar por la puerta del salón, mis ojos me empujaron hacia un espectáculo tan poderoso como la tentación de cualquier placer irreparable.

Los árboles de la Casa de Campo se abrochaban ya el último botón de su traje más hermoso. Las pocas hojas verdes que aún sobrevivían en las ramas más jóvenes se agitaban de desesperación, incapaces de competir con la fragilísima, aterciopelada belleza de sus mayores, destellos rojos, amarillos, anaranjados, violáceos, que brillaban con el esplendor de las estrellas que están a punto de extinguirse bajo la melancólica delicadeza del sol del atardecer en octubre. Madrid, a mis pies, sucumbía al hechizo del otoño, recuperando un color antiguo, de infancia detenida. Las tejas se bañaban en el último resplandor del día como si el horizonte fuera un rodillo que las cubriese sin pausa de purpurina, oro falso, precioso, que proyectaba una sombra imposible sobre las calles limpias, regadas de luz, tan definidas, tan nítidas como si formaran parte de un gigantesco decorado teatral. El mundo parecía un lugar pequeño, un juguete improvisado y desechable frente a la grandiosa voluntad del cielo, y las personas, a lo lejos, se movían como minúsculas hormigas atareadas que no saben que viven dentro de una caja de cristal mientras ejecutan sin pensar la rutina a la que les obliga su estricta condición de seres vivos. Pocas veces aquel paisaje tan familiar me había impuesto una belleza tan abrumadora y creo que nunca hasta entonces me había sobrecogido tanto al contemplarlo. Entonces se abrió la puerta de la calle.