Выбрать главу

Él no dejaba de atender a la expresión de mis ojos mientras hablaba, intentando anticipar la naturaleza de mis reacciones, pero no quise interrumpir su historia con el impreciso relato de una emoción difusa, que crecía, y retrocedía, y se multiplicaba, y se enredaba en sí misma a medida que se sucedían sus palabras, aunque habría podido resumirla en un simple par de frases, contándole cuánto me habría gustado conocerle entonces, qué feliz habría llegado a ser si él hubiera podido invitarme a merendar un batido de chocolate y un curasán. Nunca me había contado gran cosa de aquella época. Aunque le gustaba hablar del padre Ercilla y de sus clases, sólo había aludido alguna vez, y de pasada, a sus visitas a aquel barrio de la periferia que aun no quería concretar, como si le diera miedo volver a pronunciar su nombre, pero yo podía imaginarle muy bien en aquel papel, porque conocía a sus padres, a sus hermanos, y la casa en la que vivía entonces, tan distinta de la mía que al principio me provocaba menos respeto que temor, miedo de meter la pata, de decir algo inconveniente, de no haber aprendido nunca las fechas, las canciones, las historias que todos sus habitantes recordaban en voz alta. Cuando le vi por primera vez, todavía estaba en cuarto, había pasado muy poco tiempo desde que desistió de su amor a Cristo, su aspecto no podía haber cambiado mucho en sólo tres años, y tampoco su espíritu, su carácter, ese irresistible carisma de líder auténtico que ahora cabía en el pequeño hueco de un bolso robado sin perder ni una pizca de su brillo, y no me detuve en consideraciones morales, obedecí simplemente a su voz, aceptando que lo repugnante era repugnante, y lo inevitable era inevitable, y lo comprensible era comprensible, aunque no llegara todavía a comprender muy bien por qué me sentía tan cerca de él al escuchar aquel relato de unos años que no habíamos vivido juntos.

—Lucía iba un paso por delante de todas las demás chicas que conocí allí. En todo. Me di cuenta enseguida, porque la primera vez que intenté pagarle una Coca–Cola casi se rió de mí, y me dijo que me guardara mi dinero, que con ella no valían esa clase de trucos. Me sacaba sólo un año y medio, pero parecía una mujer hecha y derecha, y yo, que acababa de cumplir los dieciocho, me asusté un poco, la verdad, y decidí no volver a intentarlo. Pero ella tenía sólo diecinueve años, por más que

disimulara, y además, desde aquel día, ya no me perdió de vista. Aparecía cuando menos me lo esperaba, en las clases de alfabetización por ejemplo, aunque supiera leer y escribir, en las reuniones que convocábamos en el bar, o en la puerta de su casa, simplemente, justo cuando yo pasaba por la calle. Llegó a venir incluso a misa, a pesar de que su padre le había prometido una paliza si llegaba a enterarse de que se mezclaba con el cura. Y la verdad es que no se mezclaba, porque nunca intervenía, nunca decía nada, sólo se dejaba ver, y me miraba, con una sonrisa burlona que me sacaba de quicio, en serio, es que me ponía frenético sólo de verla, apoyada en la pared, descargando todo su peso sobre una pierna para balancear las caderas, bailando sola, y jugando con un collar de cuentas rojas que llevaba siempre colgado del cuello como si nada de lo que ocurría fuera con ella, como si estuviera empeñada en convencerme de que si no me la follaba pronto, me iba a morir, como si yo ya no lo supiera… Hasta que una noche, después de una de sus exhibiciones, convencí a Mari para que se viniera conmigo al descampado al que fuimos la primera vez, y ella, todavía no sé cómo, se dio cuenta, y nos cortó el paso en plena calle. Ahuyentó a su amiga diciéndole que su madre la andaba buscando y que ya se podía ir a casa si se quería salvar de una buena, y luego se encaró directamente conmigo. ¿Y a ti qué te pasa?, me preguntó, y yo le contesté que nada, que creía que era ella la que no quería saber nada de mí. Como ésa no, murmuró, señalando a lo lejos, y luego, más o menos, me expuso sus condiciones. Odio este barrio, me dijo, odio estas calles, odio estas casas, odio toda esta mierda… Quedamos al día siguiente, en la boca de metro de Quevedo, y la invité a merendar en una cafetería que se llamaba Madison y estaba en la calle Arapiles, no sé si te acuerdas, un sitio muy grande, con lámparas de las que colgaban una especie de estalactitas de cristal y mucho lujo del de entonces, mucho terciopelo y cristales ahumados… Le encantó.

—A mí también me encantaban esos sitios, de pequeña —reconocí—. Pero yo iba con mi madre sobre todo a los Californias de la calle Goya, y siempre pedía tortitas con nata, era estupendo,

—Ella también tomó tortitas, todavía me acuerdo, y un chocolate, y después, cuando ya llevábamos un rato hablando, me preguntó si me quedaba dinero y cuando le dije que sí, me pidió que le invitara a un cubata.

—Y la invitaste.

—Y luego te dejó que la metieras mano…

—No. Lucía era más lista que las demás, ya te lo he dicho, iba un paso por delante. Aquella tarde me besó en la boca cuando volví a acompañarla al metro, y ahí se acabó todo. Ella no quería un bolso, ni unas medias, ni un chico rico que enseñarle a sus amigas. Lucía quería cazarme, pero yo era más listo que ella, y cuando me di cuenta, la historia cambió como si alguien ¡a hubiera puesto boca abajo. Y ahí fue donde empecé a portarme como un cabrón.

—Tampoco —protesté, defendiéndole aun en contra de su voluntad—. Al fin y al cabo, ella se lo había buscado.

—No, no era tan fácil, ¿sabes…? Al principio lo parecía, porque era muy caprichosa y se portaba fatal conmigo, y un buen día me bajaba la cremallera en el cine para cogerme la polla y al día siguiente no me dejaba ni que la besara siquiera. Se pasaba la vida inventándose ofensas inexistentes y, de vez en cuando, coqueteaba descaradamente con otros tíos, y no sólo en su barrio, con conocidos suyos, sino hasta cuando salíamos por el centro y le devolvía la sonrisa a alguien que no conocía de nada para que yo me retorciera de celos. Y yo me retorcía, por supuesto. Quería tenerme en un puño y durante algún tiempo lo consiguió. Estuve muy enamorado de ella, con ese amor absurdo de los adolescentes que se quedan colgados de una manera de sonreír, o de mirar, o de moverse, aunque quien sonría, quien mire, o quien se mueva, no tenga absolutamente nada que ver con ellos, aunque cualquiera, excepto ellos mismos, pueda descubrir de un simple vistazo que su amor es un amor equivocado… Pero a pesar de todo estuve muy enamorado de ella, ciego, enfermo, atontado de amor, hasta que entré en el Partido, dejé el grupo del padre Ercilla, y mi vida cambió, claro, tenía más cosas que hacer, conocí a mucha gente nueva, muchas chicas, ninguna como Lucía desde luego, pero chicas, al fin y al cabo, y me di cuenta de que, aunque todavía era incapaz de