—¿Y qué te dijo él? —pregunté sólo por escucharme, porque me imaginaba perfectamente lo que Teo le habría dicho.
—Casi me hostia, no te digo más… Yo la quiero, ¿comprendes?, me decía, la quiero, y yo traté de explicarle que eso no tenía nada que ver, que podía quererte más que a su madre y darte marcha en la cama al mismo tiempo, que era como jugar a policías y ladrones, que el que hace de malo no tiene por qué serlo de verdad, le puse un montón de ejemplos, pero a mí tampoco me entendió y no acabamos pegándonos de puto milagro… Compréndelo, Fran, eso le parecía asqueroso y contrarrevolucionario. Él presumía de ser capaz de llorar, como todos entonces, era el nuevo hombre, tierno, blando y antiautoritario.
—Pero tú no eras así, ni siquiera en aquella época.
—Yo era estalinista, te recuerdo, un vil instrumento del aparato. Eso decíais, ¿no?, y que habíamos pactado con la derecha burguesa, que habíamos vendido al pueblo, etcétera. Estaba más que justificada mi adicción a la autoridad, mi incondicional fe en la disciplina… Pero naturalmente eso no lo sabía nadie, quizás sólo Machús, Lucía no, de eso estoy seguro. Yo también presumía en voz alta de ser capaz de llorar. Y sin embargo, me gustaba mucho escuchar a Teo, me pasaba la vida pidiéndole detalles sobre ti, fantaseaba mucho contigo… Y no eran sólo fantasías sexuales, no creas, aunque a veces, cuando veía lloriquear al gordo encima de la barra, pensaba para mí que el día que te pillara, te iba a quitar las ganas de dar órdenes durante una buena temporada, de lo suavísima que–te ibas a quedar. Pero también me excitaban otras cosas, la descripción de tu casa por ejemplo, de tus padres. A mí me interesaba más él, porque le conocía de vista, de los congresos provinciales y cosas así, pero el pobre Teo hablaba muchísimo más de tu madre, que le tenía loco de admiración y yo creo que hasta un poco enamorado, fíjate. Luego, cuando te conocí, me di cuenta de que no había podido empezar con peor pie, pobre Teo…
—Pues ya sabes que a mamá no le gustaba nada —recordé por los dos—, fue lo primero que dijo cuando te vio, que menos mal que por fin me había echado un novio con buena pinta.
—Ya… Ya sé que no le gustaba, y no me extraña, la verdad… Sin embargo él la adoraba, se pasaba la vida preguntándose cómo era posible que te llevaras tan mal con ella, una mujer guapísima, me decía, pero imponente, en serio, vale cien veces más que su hija… Entonces hasta me empezaste a caer simpática, porque me pareció injustísimo que tu madre, que ya había vivido, le gustara más a tu propio novio que tú, que estabas empezando a vivir. Siempre me han impresionado mucho esa clase de cosas, y por eso tu madre me pareció una gilipollas desde el primer momento en que la vi, desde antes incluso de que descubriera que era exactamente eso lo que esperabas de mí. Pero antes descubrí otras cosas, porque Teo me lo contaba todo con pelos y señales, y un buen día me explicó la historia de tus padres, cómo se la había ligado él, cómo se había dejado ligar ella, cómo se habían hecho novios, ya sabes, la leyenda completa, después he vuelto a escucharla un montón de veces. A él se la había contado tu propio padre, naturalmente, un día que le invitaste a cenar y se liaron a tomar copas después del postre, y el pobre gordo, que al fin y al cabo era un romántico, estaba entusiasmado, le parecía una historia estupenda, la caída de tu madre le ponía cachondísimo, y a mí también me gustó, aunque me interesaba más el papel de tu padre, y se lo dije, y él me contestó, eres igual que Fran, ella también se pone siempre de su parte, a lo mejor todo lo que la pasa es que está enamorada de su padre, fíjate, y lo dijo así, como en broma, el muy imbécil, que no veía más allá de sus narices, pero yo lo vi claro en un momento, yo sólo necesitaba ese detalle para acabar de atar cabos, para poder estar seguro de qué clase de marcha te iba a ti, mi vida… —Martín sabía que esa frase me iba a sacar de quicio y la pronunció muy despacio, con el acento preciso para lograrlo, una voz honda, ligeramente ronca, que acarició mi piel por dentro, pero deshizo su propio hechizo un instante después, cambiando bruscamente de tono para advertirme que no estaba dispuesto a perder el control antes de tiempo—. También descubrí que tu padre me gustaba mucho para suegro.
—¡Joder! —protesté dócilmente, en el mismo tono jocoso que él había adoptado para pronunciar aquella última sentencia—. Pues ya podías haber hecho algo para conseguirlo. Tiempo tuviste, desde luego.
—No tanto… Dos años escasos. Cuando tú te liaste con Teo yo ya estaba en tercero, y tenía como
mínimo dos novias, te recuerdo… Y además, luego, cuando empecé quinto, me eché por fin una novia sola, única, auténtica, Carmen, a la que tú conocías de vista, ¿no?, porque también estudiaba Filosofía, aunque terminó el mismo año que yo… Estaba muy bien aunque tú la llamaras el tentetieso…
—Era todo culo —le interrumpí—. Parecía milagroso que pudiera sostenerse de pie.
—… a pesar de que el tamaño de su culo no mereciera ese mote —prosiguió, como si no me hubiera oído—, que no se dedicaba a ponerme en ridículo en las reuniones del partido, sino que me admiraba mucho y me decía a todo que sí. Era del tipo atormentado, ya sabes, le encantaba sufrir, y yo creo que por eso se enrolló conmigo, para tener una historia complicada, con un tipo complicado, que no la dejara dormir bien por las noches. Así era feliz pero, con todo y eso, a mí me gustaba, la verdad. Sin embargo, debo confesarte que ni ella, ni ninguna otra buena chica de las de entonces, ni ninguna cosa, palabra o acontecimiento que me sucedieron durante todos los años que invertí en hacerme abogado, ni Lucía, ni Machús, ni nada, llegó a impresionarme tanto como verte aparecer a ti, con el gordo, por sorpresa, en aquella reunión. En aquel momento, creí que el corazón se me iba a salir por la boca, te lo juro. Estaba tan acostumbrado a hablar de ti con Teo sin haberte tenido nunca cerca, que casi tenía la impresión de que no existías en realidad, de que eras sólo una de mis fantasías, un tema de conversación, un personaje inventado. Pero resultó que existías, que por fin te tenía delante, y que me gustabas, joder, me gustabas mucho… Siempre me has gustado, ya lo sabes, aunque también sé que no te lo crees, porque como cada vez que te miras en el espejo, lo que esperas es encontrarte la cara de tu madre, pues no hay manera, claro… Y cuando te pusiste a insultarnos de aquel modo, pronunciando tan bien la equis de marxista, fingiendo toda aquella furia que no podías sentir ni de coña, tan lista, tan apasionada, tan… capaz de arder, me di cuenta de que no me había equivocado, de que eras una tía especial, una tía perfecta para mí… Pero me metí contigo para que te dieras cuenta de todo esto y, o no lo hice bien, o no lo entendiste. Me jodió mucho que te esfumaras de la noche a la mañana, pero no podía buscarte. Marita y yo nos llevábamos como el perro y el gato, el gordo no tenía noticias tuyas, borraste todas las pistas, y tampoco podía acercarme a tu padre, así, por las buenas, y preguntarle por ti, sobre todo porque tampoco lo volví a ver. Y luego me enrollé con Carmen, seguía estando medio liado con ella cuando me fui a Italia, ya lo sabes… Al encontrarte en la recepción de aquel hotel, en Bolonia, que era el sitio donde menos lo esperaba, me puse nerviosísimo, en serio, y me dije, hoy no vamos a meter la pata, y de entrada decidí que lo mejor sería pasar de las historias de Teo, intentar comportarme como si nunca hubiera sabido nada de ti…
—Y lo conseguiste —le dije—. Y no me pareciste nada nervioso, y tampoco metiste la pata en ningún momento —sonreí—. Aunque hasta hoy mismo no he descubierto por qué encajabas tan bien en el papel de seductor.
Movió la mano en el aire como si no le hubiera gustado que se lo recordara, y pasó por alto mi comentario.
—Y luego en la fiesta bebimos bastante, ¿te acuerdas?, y ya conseguí soltarme un poco, organizarme mejor la cabeza, yo sabía que tenía que pensar en tu padre, no en mí mismo, ni en un contrario ideal de Teo, sino en tu padre, y por eso, a las dos, cuando empezaron a cerrar las casetas, hice como que no pasaba nada, y eché a andar hacia el hotel como si fuera lo más natural del mundo, que por otro lado lo era, claro, porque como, por una vez, estábamos en el mismo sitio… Tú te colgaste de mi brazo y apretaste la cabeza contra mi hombro un momento, y aquel gesto me gustó, de eso también me acuerdo, ya te había besado, y me había fijado en que cerrabas los ojos y echabas la cabeza para atrás, como si te abandonaras completamente, me dio la impresión de que si te hubiera soltado sin avisar, te habrías caído de espaldas, y eso también me gustó, porque entonces todavía podía pensar, podía analizar tus gestos, tus palabras, calcular mis movimientos, interpretarte, y me dije que lo mejor sería no preguntarte nada, asumir tu silencio como una señal de conformidad, aunque cuando ya estaba abriendo la puerta del hotel, en el último momento, decidí cogerte de la mano y ya no me atreví a mirarte, pero me apretaste con los dedos un momento, ya no