Marisa, que se había pegado a mí antes de entrar en el edificio, segura de dónde estaba la diversión y dispuesta a no perderse detalle —una amiga discreta nunca viene mal, argumentó mientras me cogía del brazo, tú protesta todo lo que quieras pero la compañía disimula mucho—, me dijo que le parecía haberle visto un instante antes de que Rosa, apostada como un tótem indígena al lado de la puerta para controlar una hipotética aparición de Nacho Huertas, viniera corriendo para confirmar que efectivamente acababa de entrar y que se había parado un momento a hablar con Fran, pero la azotea estaba tan abarrotada que no logré descubrirlo ni poniéndome de puntillas. Entonces casi agradecí la presencia de tanta espectadora, porque no me quedaba más remedio que empezar a circular si quería tropezármelo pronto y no hay nada menos airoso que circular a solas en una fiesta llena de gente. Sin embargo, no había tenido tiempo aún para ponerme en marcha cuando, en uno de esos claros que las multitudes en movimiento abren de vez en cuando, tan caprichosamente como si fueran bosques animados, las tres vimos a Fran, y Fran nos vio a nosotras.
—Javier Álvarez me ha preguntado por ti hace un momento, Ana —dijo justo después de saludar—, me ha dicho que quería comentarte no sequé…
—¡Ah! —exclamé, controlando muy satisfactoriamente aún mis emociones—. ¿Y por dónde está?
—Pues… vete a saber, porque con la cantidad de gente que ha venido… ¡Qué barbaridad! Esto cada año es un poco peor, yo no sé de dónde sale tanto invitado… Pero es fácil localizarle, ¿sabes?, porque su mujer parece un semáforo. Se ha puesto como para ir a una boda, lleva un vestido largo, naranja, muy chillón, con un chal a juego, yo no sé qué se habrá creído que es esto…
Marisa me puso una mano en la espalda, como si con ese gesto pudiera conjurar el temor de que yo fuera a desplomarme de un momento a otro, y Rosa, más práctica, se quitó a Fran de encima diciendo que le había parecido ver que la estaba llamando su padre. Cuando nos quedamos las tres solas, me di la vuelta, no sé por qué, cerré los ojos, y esto tampoco sé por qué lo hice, y me doblé hacia delante, como si quisiera tocarme la punta de los pies con los dedos de las manos. Luego, erguida de nuevo, volví a girar sobre mis talones, abrí los ojos, y ya ni siquiera intenté comprender cómo me sentía.
—¡Qué hijo de puta! —murmuré, porque necesitaba insultarle, aunque ni yo misma acabara de creer en la justicia de aquel insulto—. ¡Qué hijo de puta!
—No, Ana… Por lo menos, está aquí—Rosa, que reaccionó mucho antes que yo, me ofreció el sobrehumano caudal de esperanza que sobrevivía milagrosamente a su exhaustiva experiencia de la decepción—. No te vengas abajo antes de tiempo. A lo mejor, simplemente, no ha podido dejarla en casa…
—¡Seguro! —Marisa la interrumpió en un tono tan expresivo que no fue necesaria ni una sola palabra más para dejar claro que se inclinaba apasionadamente por mi versión.
—¿Y por qué no, a ver? —Rosa volvió a la carga—. Hay mucha gente a la que le encanta ir a fiestas, y si ella es así, quizás no estaba dispuesta a perderse ésta por nada del mundo. Ya ves lo que ha dicho Fran, que viene vestida como para ir a una boda.
—Pues anda que yo…
Antes de salir de casa me había mirado en un espejo y casi me había dolido arrancar mis ojos de la esplendorosa imagen que contemplaban. Llevaba un vestido nuevo, largo, negro, de un tejido suave y brillante, estampado con ramas y flores en terciopelo del mismo color. No me lo había comprado por casualidad, había invertido tres tardes enteras en buscarlo entre las perchas y los maniquíes de la mitad de las tiendas de Madrid hasta que lo encontré en un escaparate, un traje muy
sencillo, directamente inspirado en la ropa que llevan las mujeres chinas en los decorados de Hollywood, abotonado por la izquierda desde el cuello hasta la mitad del muslo, ceñido y sin mangas. También había ido a la peluquería, pretextando ante mí misma que me vendría muy bien cortarme las puntas. Había rescatado unas sandalias con mucho tacón, que no me ponía desde los tiempos de París, del fondo del último armario y había tardado casi una hora en pintarme con la paciencia precisa para que se notara lo menos posible que me había pintado. Pero, por muy cuidadosamente que hubiera escogido cada detalle entre los únicos que me favorecían, quien estaba segura de terminar resultando irresistible mientras se vestía, mientras se peinaba, mientras se pintaba, era una mujer afortunada que se había enamorado a contratiempo, cuando ya no lo esperaba, cuando ni siquiera lo buscaba, cuando sólo se atrevía a imaginarlo para conjurar al demonio de las pesadillas en ciertas noches de insomnio, una mujer que lo esperaba todo de un hombre que la esperaba solamente a ella, y que era yo justo antes de descubrir que me había dejado engatusar por un penoso acceso de entusiasmo, un tardío rebrote de mi adolescencia maldita, una trampa de la edad que no tenía, de la fe que los años compasivos me habían arrebatado justamente, de la experiencia que no había querido recordarme a tiempo que los sueños, como todos los objetos frágiles, están abocados a caerse al suelo y romperse en mil pedazos, y de mi repentino amor, esa pasión egoísta, súbita e inconveniente que se había instalado sin permiso a vivir en mi garganta. Por eso, antes de salir de casa me había costado trabajo dejar de mirarme, pero un par de horas después me sentía tan ridicula como la figurante peor pagada en una película de Fumanchú.
—Tú estás estupenda, no digas tonterías… —Rosa intentó tirar de mí hacia delante, pero mis pies no se movieron—. Bueno, ¿qué quieres que hagamos? ¿Vamos a estar toda la noche en esta esquina, o podemos tomarnos una copa, por lo menos?
Me dejé llevar a la barra sin protestar y hasta me apoyé en un tramo libre con un pasable aire de indolencia antes de empezar a beber. Entonces le vi. Estaba relativamente cerca de mí, charlando en un corro integrado por su mujer, un amigo suyo, también geógrafo, que nos estaba haciendo los gráficos del Atlas, y dos personas más, un hombre y una mujer, a quienes no conocía. La víscera alojada en la zona izquierda de mi pecho y denominada corazón, se comportó entonces de una forma muy extraña, latiendo primero desbocadamente, como si pretendiera imprimir su vaivén en relieve contra la superficie de mi paladar, y quedándose luego repentinamente quieta, como si los dos, mi corazón y yo, nos hubiéramos muerto sin llegar a enterarnos siquiera. Indiferentes a nuestra agitación, mis ojos le miraron como si ningún otro objeto de este mundo pudiera jamás llegar a saciarlos. Mientras tanto, mis oídos recogían por puro oficio los amables comentarios de mis amigas.
—Pues n–no va–ale un pimiento, no me digas… —en otras circunstancias el desdén de Marisa, tan implacable siempre con la belleza ajena, me habría divertido, pero en aquel momento no estaba para hacer chistes—. Como m–mucho del montón…
—Eso con el wonderbra puesto —apostilló Rosa—, y debe de tener unas piernas horribles, porque sus tobillos abultan lo mismo que mis rodillas…
—No habléis así —intervine por fin—. No está tan mal.
—Bueno, pero lo del wonderbra me lo reconocerás, porque es que es escandaloso, vamos…
Asentí con la cabeza para demostrar que estaba de acuerdo en eso, y no mentí. Llevaba un rato intentando estudiarla con una objetividad que no acabé de ser capaz de reunir, por más que estuviera segura de que no hallaría una barricada más eficaz para protegerme pero, en cualquier caso, no me pareció que la pobre Adelaida reuniera méritos bastantes para justificar el adjetivo con el que su marido suavizaba sistemáticamente el sonido de su nombre. Aparte de que las tetas se le iban a salir por el escote en cuanto la dieran un codazo, cultivaba una imagen de sofisticación prefabricada que habría requerido un cuerpo mucho mejor que el suyo para no resultar hasta levemente bochornosa. Ni muy alta ni muy baja, delgada en general, pero con las piernas gordas y más tripa de la que había previsto quien diseñó el vestido que llevaba —demasiado elegante para la ocasión, pero elegantísimo de todos modos—, me dio la impresión de haberla conocido antes,