—Y me he acordado mucho de lo que me dijiste. 6 sabes, mamá? —me dijo entre risas cuando estábamos a punto de alcanzar Francisco Silvela para ingresar en la civilización—. Cuando me dejó, ¿te acuerdas…?
—No —admití.
—¡Sí…! —reaccionó como si no pudiera concebir que yo lo hubiera olvidado—. Me dijiste que, bueno, al fin y al cabo, qué se podía esperar de un chico con un nombre tan amariconado…
—Claro… —reí con ella—. Ahora me acuerdo… Oye, Amanda, ¿dónde te apetece que vayamos a cenar? ¿Quieres que pasemos primero por casa a dejar tus cosas o estás tan hambrienta que prefieres ir al restaurante directamente? —no contestó a ninguna de mis preguntas, e intenté responderme yo misma—. Supongo que la comida francesa no te apetecerá demasiado, ¿verdad? Podemos elegir algo exótico, un chino, o un coreano, o un japonés… O ir a un mejicano, que te gustaban mucho, ¿no? Y también podemos tirarnos a la rama autóctona, un vasco, o un asturiano, o ir a comer pescadito frito a una taberna andaluza que está muy bien y pilla cerca de casa… Si lo prefieres, estoy dispuesta a hacer una excepción y cenar callos. Tú eliges…
No escuché ninguna respuesta, y la miré, y la encontré muy erguida en el asiento, con los ojos clavados en el parabrisas.
—No has hecho tortilla de patatas, ¿no?
—No —contesté, sin querer acusar su enfurruñamiento todavía—. No he tenido tiempo.
—Pues eso era lo que me apetecía cenar, tortilla de patatas y boquerones en vinagre y calamares fritos y ensalada de pimientos asados con escabeche, ya lo sabes…
Tendría que haberlo sabido, seguramente nunca había dejado de saberlo, aquél era el menú favorito de Amanda, el banquete de bienvenida a casa, una ciudad de tapas y cenas desordenadas al filo de la medianoche, yo misma le había inculcado la afición por esa clase de comidas, mis preferidas, cuatro o cinco fuentes distintas encima de la mesa para picar sistemáticamente de una y de otra hasta saciarse, hasta vengarse del aburrimiento de la sopita de fideos y la pescadilla rebozada a las que mi madre me obligó todas las noches, durante tantos años. Lo sabía, y sin embargo, también lo había olvidado completamente, pero no me sentí en absoluto culpable por ello, e incluso tuve que reprimir un precoz acceso de indignación ante la nadería por la que mi hija empezaba a maltratarme antes de tiempo. Por eso no quise pedirle perdón.
—Bueno, a los boquerones y a los pimientos no llego, aunque puedo hacértelos mañana… —le ofrecí a cambio, con un acento a medias tranquilo y animoso—. Pero la tortilla de patatas, si no te importa esperar… Son las diez y cuarto, a las once podemos estar cenando en casa tranquilamente…
—Ya, pero es que no es eso, mamá…
—Entonces, ¿qué es? —no me contestó y decidí pasar por alto sus suspicacias—. En fin, no me parece tan importante. Tenemos todo el verano por delante. Puedes cenar tortilla de patatas todas las noches hasta aborrecerla para siempre.
Tres cuartos de hora más tarde, ante una mesa llena de tapas deliciosas, en la taberna que había acabado escogiendo por mi cuenta ante su esforzado silencio, la miré con atención y comprendí que, a pesar de su apariencia, no era desde luego una adulta, y menos aún cuando estaba conmigo. Sin embargo, en otoño cumpliría diecisiete años, había creído estar enamorada una vez, y la quería demasiado para aguantar que su única aportación a mis fervientes intentos por involucrarla en la charla más inofensiva fuera una descarnada sucesión de monosílabos. En el silencio que me impuso la reflexión sobre el camino que debería tomar, me recordé de repente embarazada, y la recordé a ella, tan pequeña, tan indefensa, tan débil, ciega, y muda, e incapaz, la primera vez que la tuve entre los brazos, y por primera vez me asombré de que una criatura que se había hecho tan grande hubiera podido nacer de mí, y me pareció rarísimo, pero había sido así y eso tenía que significar algo.
—Amanda… —me atreví a decir por fin, y ella me contestó con un gruñido—. ¿Te acuerdas de una noche que te llamé a París…? No recuerdo bien la fecha pero debió de ser cerca de Navidad, porque te habías ido sólo unos meses antes, o sea, hace como un año y medio, no, no te acordarás… Bueno, el caso es que no habías recibido mi transferencia para pagar el ballet, hablamos de eso, y tú me preguntaste si me había echado un novio, porque estaba todo el tiempo fuera de casa, y yo te contesté que no, que lo que pasaba era que estábamos poniendo el Atlas en marcha y que tenía mucho trabajo, ¿te acuerdas ahora?
—Sí.
—¿Y te acuerdas de que me dijiste que a ti te parecería muy bien que me echara un novio aunque tu padre solía decir que nunca podría vivir con otro hombre después de haber vivido con él, te acuerdas también de eso?
—Sí.
—Y ya lo sabes, ¿no?
— ¿Qué?
—Que ahora tengo un novio.
—Bueno, eso no es lo que sé.
—¿Y qué sabes entonces?
Por fin se lanzó a hablar, tan deprisa, tan atropellada y furiosamente como si todas las palabras que no había dicho hasta aquel momento se le hubieran quedado clavadas en la garganta, hiriéndola sin piedad, y tampoco hubo piedad para mí.
—Sé que estás haciendo el idiota, como siempre, que te has liado con un hombre casado que se va a divertir contigo todo lo que quiera diciéndote que va a dejar a su mujer y que cuando se canse te dejará tirada y entonces vendrás llorando…
—Un momento, un momento, un momento… —la interrumpí, levantando una mano en el aire—. ¿Quien te ha contado eso, tu padre?
—¡Pues no! —chilló, como si mi sugerencia la hubiera ofendido terriblemente—. Da la casualidad de que no me lo ha contado mi padre. Me lo ha contado mi abuela, que es tu madre, por cierto…
—Ya… —murmuré, clavándome todas las uñas de los dedos en las palmas de las manos como si el dolor físico pudiera ayudarme a conservar el control—. Pues, fíjate, yo a mi madre no le he contado nada de nada, así que no sé cómo puede tenerlo todo tan claro. Y tampoco sabía que tú te hubieras vuelto tan conservadora. Me cuesta trabajo reconocerte, hija.
—Esto no tiene nada que ver con los conservadores o los no conservadores…
—¡ Ah! ¿No? Yo diría que sí.
—Pues no, tiene que ver con ser listo o tonto, mamá, y también… Es lo que dice la abuela del tío Antonio, toda la vida tan listo, tan listo, para acabar a los cuarenta y cinco años harto de canutos y sin tener nada de nada.
Reconocí tan exactamente a mi madre en sus palabras que, en lugar de cabrearme ante la arbitrariedad de aquel ataque, me tranquilicé, como si averiguar el origen del mal significara lo mismo que saber curarlo.
—¿Y qué es lo que tendría que tener? ¿Una casa? Ya la tiene. ¿Una mujer? Siempre tiene varias, ya lo sabes. ¿Un par de hijos? O no. Tener hijos no es garantía de nada. Y Antonio tiene cuarenta años, no cuarenta y cinco, y es bastante feliz, creo yo. Tiene una buena vida. Ya me hubiera gustado a mí vivir una vida como la suya. Y ya está bien de que cada vez que alguien saca los pies del plato en esta familia, Antonio tenga que llevarse un repaso. Quiero mucho a mi hermano y no me gusta que hables así de él. Y fumar canutos es mucho menos dañino que tener envenenada la sangre.