Me había ido poniendo seria poco a poco, sin pretenderlo del todo al principio, pero sin hacer nada por evitarlo al final, y Amanda, que se dio cuenta, me respondió con un silencio tan obstinado como el que había provocado aquella conversación Cuando me di cuenta de que no había conseguido avanzar ni un milímetro, volví al ataque con una pereza infinita.
—Así que no te gusta mi novio, ¿no?
—Ni un pelo.
—Podías esperar a conocerle, por lo menos.
—No pienso conocerle.
—Me temo que no te va a quedar más remedio, pero antes de nada, me gustaría saber por qué has cambiado tan rápidamente de opinión.
—¿Por qué? Pues porque estoy cenando aquí, y no en casa, lo que significa que a mi madre ya no la importo nada, porque no ha tenido tiempo ni de hacer una miserable tortilla de patatas para mí…
Escupió las últimas palabras con los ojos líquidos, brillantes, como si tuviera fiebre o estuviera a punto de llorar. Nunca habría querido creer que algún día tendría que contemplar una escena como ésta, y hasta me costó trabajo fiarme de mis ojos, pero si decidí poner fin definitivamente a tanta tontería, fue más por su bien que por el mío, porque de pequeña no había consentido que metiera los dedos en los enchufes, y no iba a consentir ahora que perseverara en una barbaridad semejante.
—Eres ya muy mayor para montarme estos números, Amanda. Y si mi vida ha cambiado, mientras vivas conmigo, tu vida tendrá que cambiar, no hay más remedio. Pero aquí a la única a quien no le han importado las cosas hasta ahora ha sido a ti, y a mí me parece bien. Fuiste tú la que dejaste de tener tiempo para mí cuando decidiste irte a vivir con tu padre, y yo no te dije nada, y entonces sí que cambió mi vida, y más que ahora, pero respeté tu decisión, y te he recibido siempre, y siempre incluye hoy, con los brazos abiertos, aunque tú puedas no interpretarlo así. A eso me refería antes con lo de ser conservadora o no. Y, de todas formas, hija, al margen de tus opiniones, esto es lo que hay. Si no te gusta, puedes irte a casa de mi madre, a ponerme verde a todas horas. Ella te agradecerá la compañía, puedes estar segura.
—Te has vuelto muy egoísta, ¿sabes, mamá? —dijo solamente, con un tono dulce y quejoso, como de pobrecito bebé abandonado, que me molestó mucho más que todo lo que me había dicho antes.
—Pues mira, sí, a lo mejor tienes razón, a lo mejor es cierto que me he vuelto muy egoísta… Pero tengo treinta y seis años, ¿sabes? Ya me iba tocando ser egoísta alguna vez.
No quiso contestarme ni siquiera con la mirada y siguió jugando con las migas desperdigadas por el mantel mientras yo me acababa el café, pedía la cuenta, y la pagaba en el riguroso silencio que ella misma había establecido. Al llegar a casa me ofrecí a ayudarla a deshacer el equipaje y me contestó que no, que estaba muy cansada y que ella misma se ocuparía de todo por la mañana, pero cuando la besé en la frente, para darle las buenas noches, se abrazó a mi cintura por sorpresa y ese
simple gesto conjuró el peligro. Si no hubiéramos vivido las dos juntas, y solas, durante tantos años, habría pasado aquella noche en blanco, pero la conocía bien, era su madre, y por eso no me sorprendió encontrármela a la mañana siguiente haciendo el desayuno en la cocina a las ocho menos cuarto.
—¿Qué haces aquí, Amanda? —le pregunté en un tono casi risueño, capaz de sugerirle, por encima de mis palabras, cuánto le agradecía aquel gesto—. Si tú no tienes por qué madrugar, hija, estás de vacaciones… Vuélvete a la cama.
—No he dormido muy bien —me contestó—. Es que… Siento mucho lo de anoche, mamá, quiero decirte… Yo sólo quiero que seas feliz.
La sujeté por los hombros y la miré, y cerré los ojos, y volví a abrirlos para mirarla, mientras me resignaba a no encontrar las palabras justas para expresar lo que sentía, cuánto la quería yo y hasta qué punto ella comprometía esa felicidad, frágil y sutilísima como una burbuja de cristal, que me estaba deseando de corazón, y qué clase de terror me despedazaba por dentro cada vez que pensaba en un futuro más simple que el precario encaje de improbabilidades con el que ya estaba dispuesta a conformarme, y cómo no quería ni imaginar siquiera que algún día la vida me obligara a elegir, la besé y la abracé como cuando era pequeña, y hasta la cogí en brazos para planificar en voz alta el plan ideal para su primer día de verdadero regreso, pero en una época marcada por la caprichosa inseguridad del destino, cuando nada significaba al final lo que al principio había parecido, la tardía adhesión de mi hija me inquietó más que su previa hostilidad, y estuve todo el día con un nudo en el estómago y una terca nube negra en el centro de la frente. Ni uno ni otra cedieron ante la cotidiana presión del trabajo de todos los días, ambos resistieron una concienzuda visita al mercado y, para mi sorpresa, permanecieron indemnes durante las horas que pasé en la cocina, preparando para Amanda todo lo que no había podido, o querido hacer la tarde anterior. Cocinar sin prisas es el trabajo más relajante de cuantos sé hacer, pero esta vez, mientras recordaba sin querer, e incluso no queriendo, lo que había ocurrido sólo veinticuatro horas antes, fracasé estrepitosamente en el intento hasta cuando mi hija volvió con un humor excelente de una larga comida con sus abuelos y se sentó en una silla a darme conversación. A las siete y cinco sonó el teléfono y el nudo se estrechó en un instante como si pretendiera partirme por la mitad. No llegué a cogerlo, Amanda estaba más cerca, pero me lo tendió enseguida, sin comentarios y con un gesto deliberadamente pacífico.
—Hola —la voz de Javier actuó como la única llave capaz de liberar mi cuerpo de las imaginarias cadenas que lo apresaban—. ¿Cómo tienes la tarde? Es que he pensado que podríamos quedar en alguna terraza, a tomar una horchata o algo… —me eché a reír instantáneamente y él protestó—. ¿De qué te ríes?
—De lo de la horchata…
—¿Por qué? —y adoptó un tono profesoral que evidentemente dominaba—. Es de chufa, muy rica y refrescante, tiene muchas vitaminas… —la risa me impidió continuar y él siguió por los dos— . Bueno, a las siete y media, ¿qué me dices?
Cuando colgué, riéndome como sólo se ríen los niños pequeños y los amantes desesperados, le dije a Amanda que era Javier, y que iba a salir a tomar un café aunque volvería, como muy tarde, a las ocho y media, con tiempo de sobra para desplegar sobre la mesa su cena favorita y llevarla luego al cine, a ver una película española que no había llegado a estrenarse en París y le apetecía mucho, tal y como habíamos quedado por la mañana, y ella me contestó que le parecía muy bien. No tardé ni un minuto en arreglarme, cogí el bolso, y salí a la calle como si hubiera vivido años enteros en un calabozo, soñando solamente con pisar una acera. Respiré el aire sofocante y recalentado de la tarde de junio con el mismo placer, el mismo minucioso detenimiento, que habría empleado para paladear el plato más delicioso, y advertí que, más allá de mis buenas, y de mis malas intenciones, esa especie de angustia grumosa, espesa y sucia, que había digerido con el desayuno como una secreta infección, se había disuelto sin esfuerzo en un regocijante hormigueo, muy parecido al que me explotaba por dentro de pequeña, al estrenar las vacaciones de verano.
Llegué al Comercial a las siete y veinte, pero él ya me estaba esperando en una mesa situada
justo enfrente de la boca del metro, una elección que me pareció muy rara, de puro expuesta, para un amante adúltero hasta en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Tal vez por eso no me atreví a acercar mucho mi silla a la suya, pero él salvó audazmente esa distancia al responder a mi saludo con un beso largo, larguísimo y profundo, que quizás llegó a durar minutos enteros, o quizás no, pero fue suficiente de todas formas para producir un efecto paradójico y seguramente deliberado, evocando con precisión una fiebre por cuya injustísima ausencia pretendía recompensarme. La llegada del camarero, que tuvo que carraspear un par de veces para conquistar nuestra atención, puso fin a aquel aparatoso premio de bienvenida, pero después de que él pidiera un whisky con hielo y yo, desde luego en su honor, una horchata, volvimos a besarnos. Cuando por fin pude levantar la cabeza vi, en la mesa de al lado, a tres adolescentes, dos chicos y una chica de la edad de Amanda más o menos, que se estaban retorciendo de risa, y comprendí que les parecíamos demasiado mayores para exhibir en público una pasión tan exasperada. Javier, que descubrió la dirección de mi mirada y la siguió hasta tropezarse con ellos, debió de interpretar su alborozo igual que yo, porque se irguió en el asiento, me cogió de la mano, y sonrió.