Para mí, por aquel entonces, meterme con Javier en una cama se había convertido ya en el fin primero y último de toda mi existencia, y esa certeza, la indesbancable conciencia de que nada era más justo, ni más sabio, ni más correcto que perseguir ese propósito a cualquier precio, me ayudaba
a digerir sin esfuerzo cualquier dosis de sordidez que pudiera llegar a interponerse en mi camino. Pero, tal vez porque aquello era tan importante para mí, lo que jamás conseguí fue proponer con naturalidad un plan concreto. Las llaves de Foro, las de Marisa, me quemaban en las manos mientras empezaba a dar rodeos, a empezar frases que no me atrevía a terminar nunca, bueno, si quieres…, le decía, a lo mejor, podríamos…, no sé, ¿qué te apetece…? Javier no era más directo que yo, aunque solía traerse una frase preparada pero, de todas formas, igual que habíamos aprendido a hablar con medias palabras, aprendimos muy pronto a vivir en los puntos suspensivos, y después, cuando volvía a mi propia casa y buscaba afanosamente una película en la televisión para poder fingir que su argumento me apasionaba y limitarme a aprobar con monosílabos los comentarios de Amanda, pensaba que tal vez era mejor así, porque nuestra historia se habría parecido mucho más a un lío convencional si hubiéramos optado por la comodidad de los hoteles o los apartamentos amueblados que se alquilan por semanas, en lugar de atarnos mutuamente a aquella trabajosa rotación de casas prestadas.
Meterme con Javier en una cama se había convertido en el único acto importante de mi vida, pero eso no tenía tanto que ver con el placer como con el sexo en sí mismo, con esa clase de intimidad que solamente el sexo puede ofrecer a dos personas que no viven juntas. Porque lo que ocurría en aquellas camas extrañas, de sábanas sorprendentemente ajenas, era verdad, y por eso nada podría cambiarlo, ni atacarlo, ni desmentirlo jamás. Incluso si las cosas hubieran sucedido después de otra manera, nunca habría podido olvidar aquel escalofrío, una alegría misteriosamente innata y general, el gozo irracional, de puro primario, que me colonizaba en un instante y por completo desde el primer centímetro de mi piel que entraba en contacto encima de una cama con la piel desnuda de aquel hombre de quien entonces no podía dudar, de quien entonces lo sabía todo, a quien entonces se lo debía todo, un hombre al que amaba ya como no había amado nada en toda mi vida, tanto que acabé encontrando una manera de decírselo.
Aquella noche me di cuenta de que, a pesar de todo, éramos ya una pareja, con los tics y los ritos, las obligaciones y los derechos, esa imprecisa comunidad de intereses que define a todas las parejas que llegan a serlo de verdad, al margen de su situación tácita o de un estatuto legal expreso, y aquel descubrimiento me regocijó extraordinariamente, aunque estuviera a punto de echar a perder la noche del 30 de julio, que a aquellas alturas me parecía ya la víspera de todo lo bueno. Habíamos ido al cine a media tarde porque yo tenía que volver a casa pronto para hacer mi equipaje, que viajaría sin mí en el coche de mi padre, y supervisar el de Amanda, que era capaz de llenar varios baúles con todas sus pertenencias si nadie la convencía de lo contrario, pero descartamos la posibilidad de coger un taxi en la Gran Vía porque, después de que la despiadada refrigeración de la sala nos hubiera hecho tiritar de frío en nuestras butacas, la temperatura de la calle, en ese preciso instante en que el calor se resigna ya a ceder, evaporándose pausadamente, como un humo invisible, era demasiado agradable como para no volver andando. Cuando pasábamos justo delante de la boca de metro de Callao, nos tropezamos literalmente con Juan Carlos Prat, un fotógrafo venezolano al que conocí cuando acababa de desembarcar en España y a quien le había encargado muchas cosas, entonces y después. Era un profesional estupendo, concienzudo y muy responsable, pero se sentía extrañamente obligado a agradecerme todos y cada uno de los reportajes que había hecho para mí cada vez que me veía, con una profusión de besos, caricias y abrazos que llegaba a resultarme agobiante, y aquella vez no fue distinto, porque nada más verme, me arrancó prácticamente del brazo de Javier para rodearme con los suyos. Lo que jamás pensé es que aquel gesto tuviera consecuencias, porque Mimosín Prat; como solía llamarle Rosa, era un chico joven, alto, moreno y muy guapo, pero tenía una pluma tan aparatosamente exagerada que ninguno de los gestos del cariño que me profesaba podría llegar a alcanzar jamás, ni de lejos, la categoría de dudoso. Eso creía yo y, sin embargo, cuando me lo quité por fin de encima, Javier, que había asistido a nuestro encuentro en un silencio absoluto, echó a andar a mi lado sin mirarme, y su brazo derecho no quiso responder a mi brazo izquierdo cuando intentó volver a enroscarse a su alrededor.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—Nada —me contestó, metiéndose las manos en los bolsillos.
Caminamos entre Callao y la Red de San Luis a una distancia casi prudente, como si no nos conociéramos de nada, él mirando a algún punto perdido al final de la cuesta, yo apostando conmigo misma a que estaba equivocada, advirtiéndome íntimamente que era imposible tener tanta suerte, repasando una y otra vez todo lo que había dicho y hecho desde que habíamos salido del cine para no encontrar ningún otro motivo posible para ese inexplicable cabreo que parecía crecerle por dentro con cada paso que daba, y al embocar Hortaleza se lo pregunté otra vez.
—¿Qué te pasa, Javier?
—Nada —y subrayó su afirmación con una mirada de impaciencia—. No me pasa nada.
La acera se hizo mucho más estrecha, y el río de gente que se dirigía hacia la Gran Vía en dirección contraria a la nuestra acabó por separarnos. Hicimos buena parte del trayecto en fila india, él delante, sin volverse a mirarme, y yo detrás, maravillándome de cuánto podía llegar a gustarme su nuca, hasta que llegamos a la esquina de Mejía Lequerica, a cuatro pasos de mi casa. No podía dejarle marchar así. Aprovechando la pausa forzosa de un semáforo en rojo, le aplasté contra la pared y, manteniéndolo sujeto con las dos manos, le miré a los ojos.
—No estoy dispuesta a dar un solo paso más hasta que me cuentes qué ha pasado.
—Eso deberías contármelo tú a mí.
—Ya me gustaría, pero no tengo ni idea.
—¿No? Entonces es que debe ser un hobby.
—¿Qué?
—Lanzarte a los brazos del primer gilipollas que sale del metro.
—¡Oye! —sonreí, pero él no me siguió, parecía enfadado de verdad—. Yo no me he lanzado a los brazos de nadie.
—No poco.
—Ni poco ni mucho —aflojé las manos de puro placer—. Ha sido exactamente al revés. Yo no he tenido nada que ver. Este tío siempre es así de pegajoso, ¿qué quieres?, en la editorial lo llaman Mimosín, así que…
—No lo sabía. No me lo has presentado.
—¡Claro que te lo he presentado! Te he dicho que era fotógrafo y que se llama Juan Carlos… — de repente me pareció tan ridículo seguir con esa clase de explicaciones, que le cogí del brazo y crucé la calle con él—. ¡Qué tonto eres, Javier!
—¡ Ah! Ahora encima soy tonto.
—Pues sí, tonto perdido… Porque parece mentira que a estas alturas no te hayas dado cuenta todavía de que yo ni siquiera busco poseerte —paré en seco y le abracé, para que no se me escapara—. Lo único que yo quiero es pertenecerte.
Esto sí lo entendió. Entonces fue él quien me miró a los ojos, él quien me abrazó hasta hacerme daño, y me besó en la boca, y mantuvo después mi cabeza pegada a la suya con la mano derecha, la izquierda firme alrededor de mi cintura, durante mucho tiempo.
Aquellas manos no me abandonaron en toda la noche, me mantuvieron sujeta a su recuerdo mientras hacía mi equipaje, y el de Amanda, mientras dormía plácidamente y aun después, porque no cedieron ni un milímetro mientras me despedía de mi hija en el portal de mi casa, me acompañaron siempre en el desordenado bullicio de la última mañana de trabajo, y se hicieron más intensas, más apremiantes, más firmes todavía, durante la comida anual de despedida que Fran solía ofrecer a todos los equipos de su departamento, el último obstáculo, una cita de la que me zafé lo antes posible sin esperar siquiera al café. Rosa se me unió en el último momento, cuando ya me despedía desde la puerta del Mesón de Antoñita con un beso colectivo.