—Oye, Javier… Quiero que sepas que, si decides hacer algo al respecto, puedes contar conmigo para lo que quieras, cuando quieras y como quieras. Todo lo que yo tengo, mi casa, mis cosas, mi sueldo, yo misma… En fin, ya sabes. Y gracias… Por todo.
Él alargó un brazo hacia mí, posó su mano sobre mi nuca, acercó mi cabeza a la suya y me besó. Nos despedimos sin decir nada más, y afronté el desastre que me esperaba en casa de mi madre con un extraño ánimo, más eufórica de lo que jamás había supuesto que nadie pudiera llegar a estar por un lado, terriblemente desanimada sin embargo ante la idea de que aquel fin de semana se hubiera acabado ya, y aterrada a la vez por los efectos que el resto de aquel día pudiera llegar a arrojar sobre
mis hombros, demasiado cargados de emociones fuertes como para sostener con eficacia el suplementario peso de la culpa, una amenaza que había logrado eludir hábilmente desde el miércoles anterior, cuando escuché por fin, y con retraso, la más terrible secuencia de mensajes que mi hija podría haber llegado a volcar sobre la memoria de mi contestador.
Amanda acababa de suspender el examen de ingreso en la academia de ballet a la que había asistido durante los dos últimos años, pero eso, con ser tremendo, ni siquiera era lo peor. Florence, su profesora, animada por un espíritu que al principio no me decidí a clasificar entre la honradez o la crueldad, le había confesado en una larguísima conversación que, sinceramente, no creía que estuviera dotada para llegar a la cima. Mi hija había reaccionado como era previsible en una criatura de su edad, es decir, derrumbándose por completo, con toda la amargura, la desconfianza en sus propias fuerzas y la experiencia de la derrota que es posible acumular en diecisiete años de vida. Aunque sabía que la admitirían sin dificultad en otras escuelas menos exigentes, había decidido dejar de bailar, porque el horizonte de llegar a ser una bailarina mediocre no le compensaba por el sacrificio de las dietas brutales, las horas de barra y los pies llagados, el regular martirio al que la danza había reducido su vida.
Yo, que llevaba años preparándome para escuchar ese discurso, me vine abajo tanto como ella, y tuve que agarrarme las manos para resistir la tentación de llamarla antes de haber recuperado la serenidad imprescindible para afirmar con convicción que no pasaba nada, que tenía toda la vida por delante para encontrar una vocación más clemente y más justa que aquélla, que me alegraba de tener una hija que no estaría acabada a los treinta años, y que lo importante era que se centrara en otra cosa, que se dedicara a estudiar y que escogiera bien la próxima vez.
—Ni siquiera has empezado la carrera, Amanda, tienes un año por delante todavía, y la suerte de tener una idea clara de lo que quieres hacer. Eso no le pasa a todo el mundo a tu edad, ¿sabes?, muchas veces este tipo de fracasos son los que construyen a las personas para siempre…
—Estoy fatal, mamá —ella no llegaba a escucharme, atascada por su propia voluntad en el relato de su propio dolor—, muy mal, es que me siento una mierda, una mierda, en serio… Y no quiero seguir aquí. Quiero volver a casa. Enseguida, ya, mañana. Odio esta ciudad, odio a Florence, odio la Ópera de París…
—Muy bien, estupendo, maravilloso, no te preocupes por nada… Puedo ir mañana mismo a tu instituto a ver si tienen plazas libres de COU, y si no, te encontraré plaza en cualquier otro sitio… Conozco a muchos profesores de instituto por lo de los libros de texto de la editorial, ya lo sabes. No habrá ningún problema, Amanda, ningún problema. No creo que ni siquiera haya empezado el curso todavía…
A las nueve y media de la mañana siguiente, mi hija ya estaba matriculada en el Lope de Vega, donde estudiaba antes de marcharse a París. La subdirectora, a la que llamé después de arreglarlo todo por pura cortesía, sólo porque Javier se había apresurado a llamarla antes, al recordar que habían sido compañeros en los cursos comunes de Geografía e Historia, me informó de que el curso no empezaría hasta la primera semana de octubre. Cuando llamé a Amanda para informarle de todo esto, pareció tranquilizarse por fin, pero me informó a cambio de que Félix le había sacado ya un billete de vuelta en un vuelo que llegaría a Madrid el sábado siguiente, aproximadamente a la hora de comer.
—¡Oh, hija, qué mala suerte! —y era mala suerte de verdad, porque hacía más de quince días que Javier y yo habíamos planeado ir de excursión a Los Monegros precisamente aquel fin de semana—. Yo el sábado no estaré en Madrid. Tengo que ir a una convención de la editorial… Bueno, no pasa nada. Ahora llamo a la abuela y que vaya ella a buscarte. Puedes estar en su casa hasta el domingo por la tarde. Cuando yo llegue a Madrid me voy derecha a recogerte y ya nos venimos las dos aquí, ¿vale? Todavía tendrás una semana de vacaciones…
En aquel momento no me di cuenta de que ya ni siquiera había considerado necesario pararme un instante a decidir qué haría, marcharme con Javier o quedarme en casa para consolar a mi hija en el peor momento de su vida, y cuando lo comprendí, sentí por un momento que me faltaba la tierra
debajo de los pies, pero lo arreglé todo inmediatamente diciéndome que al fin y al cabo, Amanda volvía a casa para siempre, y que me sobraría tiempo, meses, años enteros, para compensarla por aquella justificada deserción. Mi madre no lo vio de la misma manera, pero cuando me cansé de escucharla, le colgué el teléfono. Mientras recorría el breve tramo que separaba la puerta del ascensor de la puerta de su casa, tres días después, ya sabía que ahora no sería tan fácil. En las distancias cortas era mucho más temible.
—Las ocho de la tarde, muy bien… ¡Estarás contenta!
—¿Dónde está Amanda? —pregunté, como única respuesta, entrando con precaución en el vestíbulo.
—Se ha ido al cine con su tía Mariola y con sus primos… Claro, como su madre está tan ocupada…
—Ya está bien, mamá.
—No. No está bien, no está bien… —me precedió hasta el salón y me señaló una butaca, justo enfrente de la que ella escogió para sentarse, como un inequívoco preámbulo de la sesión de tortura que había diseñado para mí—. Ana Luisa, hija, ¿qué te pasa? Es que no lo entiendo… Tú siempre has sido una loca, eso sí, una loca impulsiva y una tonta, perdona que te lo diga, pero es que es verdad, tonta perdida es lo que eres, que no hay más que verte… Pero siempre habías sido una madre estupenda, las cosas como son, eso lo he dicho yo desde el principio, desde que dejaste a Félix y sacaste a Amanda adelante tú sola, una madre ejemplar, ésa es la verdad, y ahora, en cambio… Pero ¿cómo puedes hacer una cosa así? ¿Tú sabes cómo está tu hija? Deshecha, enferma, triste, hecha polvo, y tú, en cambio… ¡Hala! Pensando solamente en acostarte por ahí con ese cabrón que…
—¡Mamá! —chillé—. Como digas una palabra más, me levanto y me voy.
—Pues la voy a decir… —me levanté y empecé a atravesar el salón—. Te lo voy a decir bien claro, que por ahí no vas a ninguna parte, que está jugando contigo, que estás haciendo el imbécil, que nunca va a dejar…
Salí al descansillo dando un portazo que mutiló piadosamente el final de su discurso, y me apoyé en la puerta para echarme a llorar de rabia, y de cansancio, y de hartazgo de aquella frase maldita que me perseguía por todas las esquinas de mi vida como un sabueso infaliblemente entrenado para destrozarme con sus dientes antes o después.