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Después de descubrir que Rosa estaba muy rara y que Fran estaba rarísima, tuve que preguntarme si no sería más bien yo misma quien se estaba comportando de una manera extraña. Motivos tenía, desde luego. Al salir de la editorial había pasado por la agencia para recoger los billetes y el programa de mi viaje. A la mañana siguiente, inauguraría una semana de vacaciones suplementarias marchándome a Cartagena de Indias, Colombia, nada menos. Era la última vez, por eso no me importaba tirar la casa por la ventana. Y sonaba estupendamente, desde luego, pero no había escogido aquel lugar por la exótica belleza de su nombre, sino porque fue el más lejano que encontré entre los clubs de vacaciones situados en países donde se habla español. Aquel detalle, al que Alejandra Escobar no habría concedido jamás ninguna importancia, a mí me parecía fundamental, en cambio, porque no podría tomar ninguna decisión verdaderamente importante si no llegaba a enterarme bien de todo lo que me decían. Ya sabía que, por mucho que estuviera decidida a viajar con su nombre, ella nunca volvería a ser del todo yo, y yo seguiría siendo más yo que nunca

para siempre, pero esa íntima reconciliación con mi identidad, lejos de tranquilizarme, empezó a proyectar las sombras más negras sobre mi conciencia desde que metí los billetes en el bolso, y aunque los dejé en la mesa del recibidor al salir de casa, más por perderlos de vista que por temor a perderlos de verdad, aquel peculiar presentimiento de la catástrofe salió conmigo del coche, entró como mi sombra en el restaurante, y se sentó a mi lado, entre Rosa y Fran.

Ya me había resignado a que aquella voz oscura y detestable que gobernaba mis actos por anticipado fuera tan mía como las decisiones que la desmentían, y no la distinguí entre el barullo de gritos, burlas y advertencias más o menos sombrías que atronaban entre mis sienes desde días antes, un estridente coro que había logrado controlar con éxito hasta aquel momento, que era el último, pero cuyo tono se elevó hasta rozar el límite de un estruendo ensordecedor mientras miraba la pequeña, elegante y escogida carta de aquel restaurante sólo por mirar a alguna parte. Entonces, precisamente porque no habría ya otro momento después, no encontré una manera de esquivar los pronósticos más negros, aquellas preguntas cargadas de un desprecio familiar, el que solamente yo he podido llegar a acumular durante cuarenta y un años de vida conmigo misma, ¿adonde vas, Marisa?, me preguntaban aquellas voces, ¿adonde vas, hija mía?, que mira que eres imbécil…, y yo intentaba contestar al principio, a Colombia, afirmaba, pero no me creían. ¿A Colombia…?, repetían sin piedad, no. Vas mucho más lejos, o mucho más cerca, según se mire, porque en realidad no tendrías por qué moverte de Madrid, todos los días compras el periódico, eso sería suficiente, ciento veinticinco pesetas nada más, las páginas de anuncios por palabras están repletas de reclamos de hombres apasionantes que sólo quieren hacerte feliz, chicos jóvenes, guapos, sobrios, y entrenados para susurrarte en el oído que eres una mujer muy especial, rubia, rubia… Basta ya, basta ya, basta ya, no es eso, no es eso, no es eso, ¿ah, no?, claro que es eso, no, no es eso, sí, sí lo es, tu casa respira, Marisa, toma aire primero, como una persona, y lo expulsa después, muy despacio, eso son las vigas de madera, viejas, y el cañizo que sostiene las escayolas, mi primo Arturo me lo contó una vez, y es arquitecto, los muros se hunden cada día en el suelo, las casas antiguas nunca dejan de asentarse, tu casa respira, Marisa, como una persona, demasiado silencio, en e! silencio absoluto los ruidos se escuchan mejor, eso no tiene nada que ver, y además no voy a hacer nada malo, me voy a Colombia, de vacaciones, una semana, nada más, te vas sola, sí, sola, ¿y qué?, y nada, siempre es igual, ya sabes, vacaciones para ti sola, Navidades para ti sola, cumpleaños para ti sola, alguien te enterrará, eso seguro, no van a dejar que te pudras en un tercer piso de la calle Santísima Trinidad, un vecino llamará a los bomberos, o algo así, no te preocupes, cállate, no quiero, callaos de una vez, no queremos, callaos, me voy a Colombia, no, a Colombia no, sí, a Colombia, a Colombia, a Colombia… Muy bien, a Colombia, ¿y qué esperas encontrar allí? En el peor de los casos, ya sabes, nada de nada, siempre ha sido así, siempre, excepto aquella vez, ¡y qué suerte tuviste!, un tunecino de veintiocho años casado y con dos hijos, que apenas sabía leer y tardaba dos minutos en correrse, y no has vuelto a saber nada de él, por supuesto, porque las turistas feas, rubias y solas nunca se agotan, no habrá tenido tiempo siquiera para acordarse de cómo te llamas, claro que nunca llegó a saber en realidad cómo te llamas, en fin, ¡menudo chollo!, cállate, no quiero, no lo entiendes, claro que lo entiendo, yo estaba allí, ¿ya no te acuerdas?, déjame en paz, no es eso, sí lo es, me voy a Colombia, Foro te quiere, cállate, Foro te quiere, ¿y qué?, no voy a hacer nada malo, me voy una semana de vacaciones, nada más, Foro te quiere, ya lo sé, la vida pasa factura por los errores que cometen los imbéciles como tú, eso no es verdad, sí lo es, Foro te quiere, imbécil, me voy a Colombia, en Colombia nadie te quiere, no es eso, sí lo es, pero yo no estoy enamorada de Foro. Y en el silencio repentino de la nada absoluta, lo pensé otra vez, lo repetí despacio, marcando las sílabas, como si lo estuviera diciendo en voz alta. Yo no estoy enamorada de Foro.

Tal vez, si ahora te quedas, dentro de un año lo estarás… Aquella voz solitaria, principal, la más oscura, me mintió entonces con un acento muy distinto del que solía escoger para martirizarme. No me insultó, imbécil, imbécil, imbécil, no abusó de su superioridad sobre mí, no quiso maltratarme. Entonces comprendí que no había podido distinguirla de las demás porque no había querido intervenir hasta entonces en aquella insoportable sesión de tortura sonora. Y no añadió una sola

palabra más, pero proyectó una serie de imágenes concretas, pequeñas, apacibles, sobre la atormentada pantalla de mi memoria. Dos zapatos marrones, viejos y sucios, deformados por el uso, a punto de reventar por las costuras, cuidadosamente alineados a los pies de mi cama, con su correspondiente calcetín dentro, como los zapatos de un niño que se ha acostado esperando la llegada de los Reyes Magos. La foto de un adolescente dentro de una funda de plástico, en una cartera de piel tan desgastada que parecía de cartón. Dos vestidos rojos, uno corto, que descubrí en un escaparate por azar, mientras volvía a casa andando por la calle Goya, y otro mucho más elegante y ceñido, con tirantes, el primer vestido largo hasta los pies que he tenido en mi vida. Una tartera de plástico blanco, con la tapa amarilla, encima de un mantel de papel, en una mesa de hierro de ese merendero de la Casa de Campo que está justo enfrente del lago. Un ventilador moviéndose despacio sobre mi cama, en la sofocante oscuridad de las noches de verano. Una caja de música como la que nadie me ha regalado jamás.

Rosa le estaba contando a Fran que se iba a Roma con los niños al día siguiente. Cuando me preguntó a qué hora salía mi avión, por si llegábamos a coincidir en el aeropuerto, le dije que a lo mejor, después de todo, acababa quedándome en Madrid.

El pliegue de la nuca de mi hijo medía seis milímetros.

El jefe de servicio movía el detector del ecógrafo sobre la piel de mi vientre, apenas abultado en la decimosexta semana de embarazo, cuando pronunció aquel dato en voz alta, con un acento estrictamente neutral. Creo que entonces dejé de notar el tacto gélido, viscoso, de la gelatina transparente con la que me había embadurnado la tripa antes de empezar, y fue entonces desde luego cuando distinguí por fin, nítida, inequívocamente, la cabeza de mi hijo, reproducida a una escala más que gigantesca en un enorme monitor situado frente a la camilla donde yo estaba tumbada. A su izquierda, la cabeza de Martín, que lo miraba con la boca abierta, era casi del mismo tamaño. Yo escuché aquello, pliegue de la nuca, seis milímetros, y una enfermera, tan pendiente como nosotros de la pantalla, apuntó algo en un impreso donde antes había escrito sólo mi nombre, mis dos apellidos y mi edad, Francisca Antúnez Martínez, 39 años. A mi izquierda, una genetista auxiliar presenciaba la escena en silencio, y le pregunté casi sin pensarlo, ¿qué significa eso? Ella me miró, sonriendo, antes de contestarme, eso quiere decir que no es un Down.