—Sí —murmuró Marisa, torciendo los labios—, suena un poco a–a chiste.
—Estupendo… —resumí, y el silencio se instaló de nuevo entre nosotras mientras Rosa seguía sonriendo como una boba, mirando al techo como si desde allí pudiera mirarse por dentro, o mirar a ninguna parte.
—Hay que encontrar un adjetivo —Fran volvió a la carga después de una pausa muy larga—, ¿pero cuál? Planetario es ridículo, Terrenal suena a pecado. ¿Atlas del Planeta…? No, eso parece una broma. Absoluto, Total, Completo… No sirve ninguno. Llevo dos horas rompiéndome la cabeza y nada. No lo encuentro. Podríamos titularlo Geografía Universal, a secas, pero entonces lo confundirían con el de Planeta, y el suyo sale antes. Aunque ya he decidido retrasar nuestra salida más de un mes, no podemos correr ese riesgo.
—¿Y a–algo de ecología? —Marisa nos miró, expectante, y Fran tardó algunos segundos en negar con la cabeza, en su dirección—. Bueno, como está ta–an de moda…
—Ya, pero no encaja con el texto. No se me había ocurrido antes, y es una buena idea, la verdad, pero no vale, porque hemos hecho hincapié exactamente en lo contrario, el arte, la cultura, las costumbres…
—¡No! —chillé—. ¡Ya lo tengo! Se me ha ocurrido ahora mismo, y creo que es buenísimo, pero buenísimo, en serio… Lo titulamos Atlas de Geografía Humana y andando. ¿Qué tal?
—Fantástico, Ana —y Fran se atrevió incluso a sonreír—. Sencillamente… Cojonudo, vamos.
La expresión de Rosa no cambió un ápice desde el planteamiento de la crisis hasta su resolución, y me pregunté cómo era posible que una tía tan sensata, tan lista, tan de vuelta de todo en apariencia, hubiera caído en las redes de un tipo como Nacho Huertas. La llamada que encontré en el contestador me hizo dudar, sin embargo, y cuando por fin pude rebobinar la cinta y estudiar con calma la lista de las llamadas que había recibido para intentar reducir al mínimo posible las que debería devolver a continuación, comprobé que antes, sin darme cuenta, había rodeado su nombre con un círculo, como si fuera una cifra, una solución, el resultado de una esquiva operación matemática. Decidí dejarle para el final, de todas formas.
Amanda comunicaba. Marqué una segunda vez aquella excesiva cadena de dígitos para estar segura de que no me había equivocado, como siempre que llamo a París, y dejé pasar unos minutos antes de hacer todavía un tercer intento, aunque sólo fuera por fidelidad a ese enorme número uno que había situado junto al nombre de mi hija y subrayado con tres definitivos trazos, al ordenar las llamadas inevitables.
Separarme de Amanda me había costado mucho más trabajo del que jamás me habría atrevido a sospechar, y todavía entonces, casi seis meses después de su partida, cuando descolgaba el teléfono
para llamarla y no conseguía hablar con ella, me asaltaba una desazón inexplicable, la absurda tentación de contarme mi propia vida al revés, como una descabellada necesidad de sentirme inmediata y absolutamente culpable por haberla perdido. En realidad, no la he perdido, pero a veces necesito cierto tiempo para recordarlo, para recuperar incluso la íntima felicidad que me asaltó al escucharla aquella mañana de sol de un verano recién estrenado, mientras disfrutábamos del mejor baño, el más temprano, en la piscina del edificio de apartamentos donde vive mi padre ahora. En aquel momento, me di cuenta de que ya lo había hecho todo, y de que lo había hecho bien. Mi hija, quince años recién cumplidos, razonaba como cualquier adulto al recapitular para mí, conmigo, y en voz alta, pasando por alto todos los desalentadores comentarios de su abuelo, las ventajas y los inconvenientes de su último proyecto, su primer auténtico proyecto, que pasaba por irse a vivir a París, con su padre. Nunca supuse que fuera a marcharse de verdad.
Jamás me gustó que Amanda se tomara tan en serio sus clases de ballet. La idea fue de mi marido, naturalmente, y al principio no me pareció mal, sobre todo porque se trataba de una actividad normal, hasta corriente, una saludable disciplina física que practican a la vez varios millones de niñas pequeñas en todo el mundo. Su vulgaridad representó un respiro, imprescindible ya para mí, en el descabellado plan que Félix había trazado, sin llegar a darse mucha cuenta, para convertir a nuestra hija en un bebé prodigio, tan genial, supongo, como él mismo se ha encontrado siempre a sí mismo. Cuando me matriculó en aquellos extravagantes cursillos de estimulación prenatal, todavía estaba tan colgada de él que ni siquiera tuve que simular mi entusiasmo. Tenía diecinueve años y no me había quedado embarazada por azar, nada de eso. El famoso pintor estaba a punto de cumplir treinta, y necesitaba tener un hijo antes de abordar la primera frontera crítica, esa barrera que altera el peso específico del tiempo, la amenaza de los años que se ahuecan, días que se afinan y adelgazan hasta arriesgar su propia consistencia, semanas progresivamente exiguas, incapaces de afrontar la distancia de unos viernes y unos sábados que cada vez se parecen más a los lunes y los martes, eso decía él, que la edad se paga con la levedad del tiempo, como si la vida sólo pudiera cobrarse en su antigua densidad, moneda de la juventud, que caduca igual que aquélla, y tenía razón, pero eso lo sé solamente ahora, cuando ya estoy, yo también, al otro lado de los treinta años, y empiezo a dejar de estar arrepentida de muchas cosas.
Amanda es la primera de todas. La he querido tanto como cualquier persona con suerte pueda querer a sus hijos y mucho más, porque desde aquel día en que mis ojos se perdieron en los ojos de Félix para anunciarle, con parejas dosis de admiración y de inconsciencia, que yo sería la madre de ese niño que tanto parecía necesitar, no ha habido otra válvula que regulara mi vida, y sin embargo, y porque es posible sentir al margen de un amor del que jamás se duda, durante muchos años creí que Amanda había sido el mayor de mis errores. Como mínimo, me equivocaba a medias.
No lo comprendí aquella mañana de diciembre, cuando el mundo estalló entre mis manos. Hacía mucho frío, pero mucho sol, esa bendita luz avasallando el aire hasta ganar el centro del pequeño estudio donde entonces vivía mi hermano Antonio, que se instalaba en la casa de su novia para prestarme la suya cada vez que volvía a Madrid. Amanda acababa de cumplir cuatro años. La dejé jugando en el suelo con las piezas de una arquitectura de madera cuando salí al balcón para respirar, para tiritar, para empaparme de aquel prodigio, una mañana de invierno en Madrid, el frío más puro, el sol inmaculado y un cielo tan azul como si pretendiera insultarme, burlarse de mí, mientras me adornaba con su color intenso, acuático, limpísimo, enemigo del plomo, ese otro cielo gris, sucio, turbio, que se infiltraba en mis párpados, gota a gota, para derramar tristeza y pesar sobre mis pestañas como el tedio, como la nostalgia, como el rencor. Hambrienta de luz, no escuché la puerta, ni los pasos de Amanda, Antonio tuvo que salir al balcón para encontrarme, ¿qué te pasa?, ¿a mí?, sí, estás muy rara, Ana, qué va, si no es nada, en serio, ¿quieres que salgamos a tomar una caña?, entonces sonreí y le dije que sí, porque nada en el mundo me gustaba tanto como escuchar aquellas palabras, salir, tomar una caña, ir de copas, ¿qué le pongo de tapa?, dar un paseo, ver escaparates, sentarse en una terraza, disfrutaba de todo como cuando era pequeña, más que cuando era pequeña, avanzar despacio por aceras repletas de gente que avanza despacio, parándose a cada rato para
acercarse a una vitrina, para entrar en una tienda a preguntar un precio, para saludar a otros transeúntes, el vecino de arriba, un compañero de trabajo, el frutero, el zapatero, la gitana que vende flores en la esquina, y llamarles por sus nombres, y acordarse de quién tiene artrosis y quién a un niño en la cama con gripe, y preguntar, criticar, aconsejar, cotillear, tomar el pelo al que se deja, comentar esa película que pusieron anoche por televisión, pasear un poquito, echar un ratito de charla, dar una vueltecita, jugar una partidita de mus, tomarse un cafetito, o un chocolate con unos churritos, en una ciudad donde hay tantos placeres pequeños que nombrar con diminutivos, y tanta gente, tantos bares, tantas calles, tantos millones de maneras de saber perder el tiempo, lo echaba todo de menos, lo echaba tanto de menos que, cada vez que volvía, las fachadas de ladrillo me parecían personas, rostros amables, familiares, ojos oscuros en los huecos de los balcones, y mi mirada saludaba cada edificio desde la acera hasta el tejado, manchas verdes de macetas en las terrazas de los áticos y ángulos de tejas rojas, rojo intenso contra el azul de un cielo intenso, porque los colores dejan de ser cualidades para convertirse en seres completos cuando alguien los abandona para irse a vivir a un gigantesco patio de armas triste de gris, sucio de negro.