luz eléctrica, calefacción en invierno y un poco de aire libre en verano. Vuestra casa está aquí, me decía, aquí hay luz, y agua, y calefacción, y espacio, y objetos que son vuestros. Vuelve…
Eso me decía, y al escucharlo, las primeras veces, me ponía colorada de rabia y de indignación. Luego, empezó a darme lo mismo, y al final, tenía que colgar apresuradamente para que no se diera cuenta de que me estaba muriendo de risa. Algunas noches del día 29 de cualquier mes, en cambio, mientras hacía solitarios con los recibos —éste lo pago, éste no, éste lo pago, éste no—, antes de resignarme a recurrir, una vez más que nunca sería la última, a la peligrosísima generosidad de mis padres, mi situación me parecía bastante menos cómica, pero incluso entonces me imponía una especie de estado de alerta interior que me parecía imprescindible para no acabar viendo doble, porque lo cierto era que yo me había ido de casa, yo me había llevado a Amanda, yo vivía con ella, y yo no estaba dispuesta a retroceder ni un milímetro en las consecuencias de todas estas decisiones. Y si en aquella época no reconocía otro verdugo que mis propios, implacables, sucesivos errores, once años después me resultaba difícil concebir algo tan indigno como recubrir los errores de Félix con un turbio barniz de reivindicaciones caducadas. Si once años antes me hubiera reclamado a la niña, me habría negado a entregársela, simplemente, pero tenía que obligarme a recordarlo antes de admitir que Amanda se había ido a vivir con él por su propia voluntad, y punto.
Mi pobre padre, que se merecía de sobra el segundo puesto en la lista de urgencias, también comunicaba. Forito, mi mejor amigo de aquellos viejos y peores tiempos del regreso, descolgó el teléfono al segundo aviso, en cambio.
—Tú no te preocupes por nada, Foro —intenté tranquilizarle en el primer, mínimo hueco de silencio, que sucedió a la atropellada relación de sus tribulaciones—. No sé muy bien lo que ha pasado este mes, pero todos los colaboradores están igual.
—Claro, si no pasan las facturas…
—No, eso no, en serio. Fran firmó tu factura, estoy segura —le escuchaba respirar, nervioso, al otro lado de la línea, y forcé la voz, para contagiarla de mis propias convicciones—. Fran es absolutamente de fiar, te lo digo yo. Será muy pesada con los plazos, muy exigente con el trabajo y todo lo que tú quieras, pero para las pelas es superlegal, te lo juro, no tiene nada que ver con el resto de su familia… Mira, por cierto, esa recomendada que su hermano Miguel nos metió por las narices, está exactamente igual, me acaba de llamar ella también. Y ya sabes que él es un chorizo, pero se la debe estar follando, así que, por la cuenta que le trae…
—Ya, pero… ¿Y yo qué hago?
—Pues nada, de momento nada, esperarme. Mañana, lo primero que hago al llegar a la oficina es pasarme por Contabilidad, a preguntar, tú tranquilo.., Y si hace falta, hablo con Fran y que monte un pollo. Tampoco sería la primera vez.
—No, eso es verdad.
Si me atreví a ir más allá, fue porque estaba tan convencida de que confiaba en mí como de que mi discurso todavía no había logrado serenarle del todo.
—Y otra cosa, Foro. Si necesitas dinero adelantado para el alquiler, o… para lo que sea, dímelo. Yo te lo dejo encantada.
—Ni hablar, ni hablar, ni hablar, ni hablar—mi oferta había aportado una garantía suficiente para que el viejo pájaro mojado que piaba en mi oído un par de segundos antes se hubiera disuelto ya en beneficio del vehemente, cortés y alcoholizado caballero al que estaba acostumbrada—. Eso ni me lo vuelvas a decir, que me enfado.
—¿Cómo que no? —insistí, de todas formas, porque me daba mucha rabia saber que en emergencias como aquélla no le quedaba más remedio que tirar de los ahorros que juntaba milagrosamente para pagar la carrera de su hijo, y porque mis palabras, además, eran sinceras—. De verdad, tío, que no me importa, van a ser unos días solamente. Estos hijos de puta retienen los pagos porque deben tener el dinero invertido a plazo por semanas, o a lo mejor hasta por días, vete tú a saber…
—¡Que no! —él también insistió, fingiendo un teatral acceso de rudeza antes de instalarse en una
concupiscencia zumbona que me advirtió que por fin había logrado convencerle—. Nunca he consentido que las mujeres me mantengan a cambio de nada. Si necesitaras algo, ya sería otra cosa… Podríamos estudiarlo.
—¡Pues sí —reí, y él me acompañó en la otra punta de la línea—, era lo que me faltaba, a mí, reconocer que necesito otra cosa! ¡Estás hecho un viejo verde…! Bueno, ven a verme mañana, como a las once, ¿vale? Y otra cosa. ¿Estás bien?
—No estoy demasiado mal. ¿Y tú?
—Yo también podría estar peor.
Y sin embargo, cuando colgué el teléfono ya me había indignado a fondo. De todas las catástrofes inevitablemente aparejadas a la edad que mi madre disfrutaba prediciendo para mí cuando yo era apenas una adolescente, ésta es la única que no se ha cumplido en el plazo previsto. Me he inflado de hacer tonterías con mi vida, me he arrepentido de no haber estudiado en la universidad, he llorado amargamente por desperdiciar mi juventud al lado de un hombre equivocado, debería haber conocido a otros chicos antes de ennoviarme con el primero que se me cruzó, nada me consuela por haberme casado tres semanas después de conquistar la mayoría de edad, el peor error de cuantos podía cometer fue largarme a vivir al extranjero de recién casada, jamás debería haber tenido un hijo tan joven, eso sí, toda eso sí, lo admito, lo reconozco, lo padezco, pero, a cambio, aún me sigo indignando con una facilidad asombrosa, me paso media vida indignada, y lo celebro, porque no dispongo de ningún otro indicio para sospechar que mi vida, yo misma, quizás también otras cosas en este mundo, tenemos arreglo. El día que por fin deje de indignarme, me habré muerto o habré empezado a estar de acuerdo con lo que soy, es decir, seré feliz. Sólo la milagrosa perspectiva de la segunda hipótesis compensa el riesgo incalculablemente atroz de la primera.
Nadie que esté acostumbrado a vivir sin hacer números, a ofrecerse a pagar rondas de cerveza sin tener que pensarlo dos veces, a dejar que los días pasen apaciblemente en pos del último de cada mes, en la inconmovible certeza de que esa fecha coincidirá con el ingreso de una nueva, flamante, rotunda nómina en su cuenta corriente del banco, puede imaginar siquiera la secreta angustia que hace envejecer deprisa a los colaboradores. Nadie que no haya sentido que sus piernas se aflojan a cada paso mientras avanza por un pasillo siempre largo y de repente brevísimo, para percibir después que la saliva ha abandonado repentinamente su boca, y carraspear de rabia al divisar una ventanilla de marcos metálicos antes de saludar, con una cortesía forzada más propia de las súplicas, a cualquier empleadillo con cara de mala leche —siempre están de mala leche, como si quisieran aparentar que el dinero que pagan es suyo, bien instalados en el más puro, abyecto grado de la gusanidad—, puede siquiera sospechar lo humillante que resulta tener que reclamar, con un mes, o dos, o tres meses de retraso, un dinero viejo y casi siempre gastado de antemano, que ya ni siquiera hace ilusión cobrar. Yo, en cambio, he tenido que afrontar ese viaje tantas veces antes de ganarme a pulso, como casi todo el mundo en esta profesión, un contrato de obra en condiciones aceptables, que no puedo perdonar la brutal desmemoria de quienes, en mi misma situación, son incapaces de mover un dedo para que sus colaboradores cobren a tiempo. Rosa, que también sabe lo que significa vivir a cuenta de facturas atrasadas, se mostró en cambio dispuesta a colaborar conmigo desde el primer momento. En mi departamento, los fotógrafos que trabajan por su cuenta cobran antes que los archivos independientes, y éstos, antes que los que pertenecen a editoriales de la competencia. O eso es lo que intentamos, por lo menos. Y si me indigné tanto después de tranquilizar a Foro, fue porque estaba segura de que la cadena no se había roto en Fran.