Mi alegría duró poco, sin embargo. Dos días más tarde, justo después de comer —yo misma le había explicado muy cuidadosamente que ésa era la mejor hora para encontrarme en casa, porque ya ganaba más dinero colaborando fuera del archivo que trabajando en él, y había conseguido acortar mi horario para acabar a las tres y ganarle dos horas a Amanda, que no salía del colegio hasta las cinco y media—, una llamada telefónica me proporcionó la exacta medida de aquel espejismo.
—Nena —dijo, masticando esas dos sílabas con el acento más hueco, más pastoso, más fatuo que he alcanzado a escuchar nunca, y antes de que tuviera tiempo para horrorizarme, continuó—, pon a enfriar una botella de champán, que voy.
A veces, una sola frase es capaz de definir a quien la pronuncia con una precisión asombrosa.
Por eso, sólo después de asombrarme, recordé la verdadera transcendencia de ponerse cachonda, la debilidad principal entre todas aquellas que han cooperado para arruinar mi vida. Porque yo, inclinada hasta un segundo antes sobre una mesa repleta de fotografías de templos budistas de Sri Lanka, no lo estaba, y por eso, de repente, una máquina de cortar huesos, de esas que hay en todas las carnicerías, empezó a rebanar el esqueleto de una vaca entera dentro de mis oídos, a sabiendas de que no puedo soportar el más leve de esos chirridos, de la dentera que me da. Sin embargo, recordaba vagamente haberle oído decir cosas parecidas la otra noche, y no haber sido capaz de escucharlas del todo mientras mi cuerpo se esponjaba como un merengue, obturando mis oídos en favor de otras capacidades.
—No, mira… —logré articular, después de un rato—. Mejor no vengas.
—¿Qué? —su pregunta, instantánea, sonó más bien como una protesta, pero la contesté de todas formas.
—Bueno, para empezar, no tengo champán en casa.
—¿Y para seguir? —la confianza reconquistó su voz, ahora risueña, como avisándome de que estaba dispuesto a jugar si yo quería, debía estar sonriendo, y sus labios parecían hincharse y crujir cuando sonreía, y estuve a punto de volverme atrás, pero ya me conocía lo suficiente como para adivinar que siempre me arrepentiría de haberlo hecho, y estaba segura de que aquello nunca sería amor verdadero, y además, y definitivamente, aquella tarde no estaba cachonda.
—Pues para seguir… y para terminar, porque no me apetece.
—¿Y por qué?
Pues porque eres un pedazo de hortera, pensé para mí, pero le contesté que no lo sabía.
Desde aquel día, Miguel Antúnez me la tiene jurada. No me borró aquella misma tarde de la lista de colaboradores de la editorial porque tiene más escrúpulos que su hermano Antonio y porque, además, los dos sabemos que le gusto demasiado como para perderme de vista, pero, en ocho años, no ha dejado pasar la menor oportunidad de hacerme una putada. Marta Peregrin —23 años, un metro setenta, piernas larguísimas, tetas enormes, cintura breve, fotos incalculablemente pésimas— es la última del catálogo.
A lo largo de mi vida, he conocido, he aprovechado, he padecido todas las consecuencias que pueden derivarse de la propiedad de un cuerpo de vedete de revista, desde la tradicional incertidumbre en mis facultades intelectuales que asalta a quien me ve por primera vez, hasta la más abrumadora cosecha de ventajas que puedan obtenerse sin haberlas sembrado jamás. Estoy acostumbrada a que las mujeres, de entrada, sean sistemáticamente desagradables conmigo, pero no sé si eso me molesta más que la instantánea y pegajosa simpatía que inspiro en una buena parte de los hombres, y procuro vivir al margen de ambas cosas. Tendría que haber llamado a Marta Peregrin para contarle todo esto, pero desistí por anticipado al recordar aquella escena, sus gritos, la histeria, el portazo con el que saldó nuestra entrevista, te arrepentirás de esto, me dijo, pero no me he arrepentido nunca, la acepté, simplemente, veinte minutos después de haberla despedido, porque no podía negarme, porque Miguel Antúnez abrió la puerta de mi despacho para que ella se colara detrás, como una sombra descompuesta y llorosa, y me dijo lo de siempre, creo sinceramente que te has equivocado, Anita, ella intentaba sorber con la nariz sin hacer ruido, el trabajo de Marta es muy valioso, deberías reconsiderar… Le miré a los ojos y supo que era suficiente. ¿Quieres que la contrate, Miguel?, pregunté, sí, lo considero imprescindible, contestó, muy bien, pues habla con tu hermana, que es la jefa del proyecto… Fran acabó diciendo que sí —tengo muchos problemas, Ana, en serio, me paso la vida negociando con él, una fotógrafa más o menos, la verdad, ¿qué nos importa?— y la contraté, y lo único que lamento es que no puedo evitar recordarme a mí misma con veinte años menos cada vez que la veo.
Cuando Belén Rupérez, que ya se había quitados los hierros de los dientes pero seguía llevando gafas de culo de vaso, me explicó que ella se escribía las chuletas en los muslos con un bolígrafo Bic, yo todavía no tenía muy claro qué significaba ser una tía buena, pero me pareció un truco estupendo, y no sólo porque ningún profesor, por muy mosqueado que estuviera, se iba a atrever a pedirle a una alumna que se levantara la falda delante de él —incluso, si la que pillaba era una profesora, cualquiera podría comprender que una niña se negara a acatar una orden semejante—, sino porque, además, en un muslo caben muchísimas más letras que en esas miserables tiritas de papel donde había que escribir con una letra tan pequeña que luego era imposible leerla en medio de un examen, y eso cuando conseguía sacarla del puño de la camisa sin levantar sospechas, que ya era difícil. Así que, a mediados de sexto, cambié radicalmente de indumentaria, descartando los pantalones y las camisas de manga larga para afiliarme de golpe, víctima de una pasión incomprensible para mi madre, a las faldas más bien cortas y con mucho vuelo, siempre encima de unos pantys muy claros y finísimos que, además, escogía cuidadosamente entre los de pésima calidad, para que el refuerzo de la zona superior resultara lo más transparente posible. El nuevo sistema resultó tan rentable que lo seguí utilizando en COU a pesar del empeoramiento de las
condiciones —por un lado, mi grupo era más pequeño y tenía muchos compañeros nuevos, casi todos chicos, y por otro, los exámenes ya no se hacían en las aulas, sino en una sala mucho más grande, con bloques de asientos escalonados, separados por largos pasillos, que permitían una visión perfecta desde la tarima— y nunca me descubrieron, nunca, nadie llegó a sospechar de mí siquiera, hasta aquella mañana, cuando me pilló él.
Cánovas del Castillo y la Restauración Borbónica, ése era el tema, jamás podré olvidarlo, y me lo sabía, eso era lo peor, que me lo sabía, la Historia siempre fue una de mis asignaturas favoritas, pero en el último momento, aquella misma mañana, sufrí un acceso de pánico de urgencia, nombres propios, fechas, batallas, leyes, de repente decidí que no estaba segura de nada, así que me metí en el baño, me senté encima de la tapa del retrete, me bajé las medias, abrí el libro y empecé a apuntar como si me fuera la vida en ello. Y la vida me fue, en aquel gesto, pero al principio todo marchó bien, encontré un sitio libre casi en el ángulo izquierdo de la sala, la primera silla de la penúltima fila, taponé con una montaña de libros y carpetas el pasillo que me separaba de la tranquilizadora protección de la pared, y empecé a escribir con la falda sobre las rodillas, procurando concentrarme completamente en el examen, la introducción me estaba saliendo muy bien y ni siquiera me di cuenta de que un profesor subía lentamente por el pasillo, hasta que llegó a mi altura y se inclinó para apartar mis pertenencias en silencio, como si no quisiera molestarme, antes de subir el último peldaño y quedarse allí quieto, de pie, por lo menos cinco minutos.