Выбрать главу

—¿Qué? —si la potencia de mi voz hubiera dependido de mi voluntad, en aquel instante todo el universo se hubiera estremecido al mismo tiempo, bajo la fabulosa resonancia de una sola sílaba.

—Pues eso, que ya sabes, yo le quiero mucho pero como es tan creído… De todas formas, yo le

he dicho que no tiene razón, ¿eh?, no creas… Bueno, mami, ahora sí que me tengo que ir, es que voy a llegar tardísimo… Un beso muy fuerte. Te quiero. Adiós.

Me quedé paralizada, con el auricular en la mano, al borde del llanto sin saber ni siquiera por qué. Ya he pasado por esa angustia, tuve que recordarme, eso ya está superado. El tubo de plástico que un segundo antes habría querido pulverizar con mis propias uñas, descendió muy lentamente, obedeciendo al ritmo que marcaban mis labios cerrados, vivo muy bien, eso me decían, tengo mucha suerte, un trabajo que me gusta, una hija sana, no me duele nada… El primer timbrazo me desconcertó, el segundo atronó en mis oídos, el tercero me impuso una reacción automática.

—¿Sí?

—¿Ana Hernández Peña?—era una voz de hombre, y no la conocía.

—Sí, soy yo —para entonces ya estaba segura de que eran los de la lavadora.

—Soy Javier Álvarez. Me acabo de enterar de que le han cambiado el título a la obra, y…

—¿Qué obra? —pero antes de terminar la pregunta, ya me acordaba de todo.

—Pues la mía. Bueno, la que yo creía que era la mía, porque ahora ya no estoy tan seguro de querer firmarla. Fran Antúnez me ha contado que la idea ha sido suya, y quería felicitarla personalmente, desde luego, porque es como para entrar en el Guinness, vamos, yo no he visto nada igual en toda mi vida.,.

Estaba muy cabreado, y yo ni siquiera entendía por qué, así que me dispuse a aplacarle con cortesía, sin mucha convicción.

—Bueno, no sé si Fran le ha contado que Planeta saca una obra muy parecida un mes antes de que salea la nuestra, y por eso…

—¡Eso me da lo mismo, señorita! —ya chillaba directamente, y sus gritos me produjeron una inquietud imprecisa, como una extraña lástima, porque le había conocido de pasada un par de semanas antes, en la editorial, y me había parecido un hombre interesante, me había caído muy bien—. Existe una rama de la Geografía que se llama Geografía Humana, y por cierto, no tiene nada que ver con el contenido de este libro. Las montañas no son humanas, ¿sabe?, ni los ríos, ni las plataformas continentales, precisamente. Lo siento por usted, pero con ese título no vamos a hacer más que el ridículo…

—¡Mire! —yo también sabía gritar—. Usted sabrá mucho de Geografía, no se lo discuto, pero no tiene ni idea de cómo se hace un libro. ¿Sabe la cantidad de gente que ha trabajado ya en este proyecto? Fotógrafos, cartógrafos, redactores… ¿Se imagina cuánta gente se gana la vida con eso que usted llama «su–o–bra»? ¿Y la cantidad de horas que hemos gastado en discutir, en planificar, en mejorar el proyecto que le encargamos? No es culpa nuestra que nos hayan pisado el título. ¿Qué quiere, tirarlo todo por la ventana?

—¡Quiero un poco de rigor, señorita! —él contraatacó con tanta vehemencia que casi podía escuchar el crujido de sus venas tensas, hinchadas de sangre furiosa—. ¡Un poco de rigor, por Dios! Solamente eso.

—¡Pues busque usted un título que no esté registrado!

No le consentí decir nada más, y después de cortar la comunicación, descolgué el teléfono, para no recibir ninguna llamada más, de nadie. Si alguien me hubiera ofrecido no volver a hablar por teléfono jamás, en toda mi vida, habría firmado sin dudar.

Pero, a veces, las cosas cambian.

Por eso, cuando salió a la calle el último fascículo de aquel Atlas de Geografía Humana tan poco riguroso, no fui capaz de salir de casa sin marcar antes un número de teléfono que me sabía de memoria, para dejar un recado en un contestador, al que se accedía a través de otro contestador, que a su vez estaba precedido por un mensaje grabado en un tono extrañamente eufórico, buuuenas tardes!, de esos que se han puesto últimamente de moda en las instituciones públicas. Y eso que lo que dije fue apenas nada, hola, soy yo, que ya me voy. Tengo que acompañar a mi madre a

comprarse un bañador y luego ir a cenar con las de la editorial… He ido a la compra, la nevera está llena de cosas que te gustan y que se pueden comer frías, directamente del Tupperware al plato, aunque espero que encuentres algún otro motivo para echarme de menos. De nada. No creo que vuelva muy tarde. Te quiero. Un beso.

Porque, a veces, las cosas cambian.

Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa.

Estuve a punto de decir lo que estaba pensando pero recordé a tiempo la censura que había merecido mi sinceridad un par de meses antes, la última vez que salió el tema.

—¡Joder, Marisa! —me había cortado Ramón entonces, con un tono peculiar, como de indignación de poca monta—. ¿Pero hay alguna tía en el mundo que a ti te parezca que está buena?

—Claro que sí —contesté, tan ofendida como un niño al que acaban de pillar haciendo trampas.

—¿Cuál, a ver?

—Ava Gardner, por ejemplo.

Chascó la lengua, a medio camino entre la burla y la impaciencia, no demasiado lejos del desdén.

—No… —añadió después—. Yo digo alguna que esté viva.

Mientras estudiaba secretariado en la academia y luego, cuando empecé a trabajar, salía muchos sábados por la noche con mis amigas, más bien compañeras del colegio al principio, y después, conocidas de la editorial, casi siempre chicas solas, porque a ninguna mujer mínimamente sensata se le ocurre llevar a su novio cuando ha quedado con dos o tres semejantes para cenar algo antes de ir de copas a ver qué cae, no vaya a ser que lo que caiga sea precisamente su novio. Pero, según pasaban los años, los novios se iban convirtiendo en maridos nuevos, a estrenar en largos fines de semana de clausura, sábados perezosos de sábanas tenaces y mucha siesta, y domingos para cocinar a medias al volver del Rastro con un par de estanterías de pino corrientes, de esas tan baratas, y algún capricho antiguo, de ningún valor, que nunca se acierta a usar para nada. Luego, cuando todos los libros estaban ya ordenados, y no quedaba un solo rincón donde colocar una nueva mesita auxiliar, había que volver a cambiar todos los muebles de sitio para vaciar una habitación y pintarla de azul, o de rosa, o colocar una cenefa con ositos de colores en la zona superior de las paredes. Fase horizontal, fase decorativa, fase infantil, siempre igual y, mientras tanto, yo me iba acostumbrando a pasar en casa las noches de los sábados, sin presentir siquiera que, emboscada en el humor del tiempo, una nueva fase, la fase escéptica, o del cansancio, me iría devolviendo después, una por una, a muchas de mis amigas, repentinamente locas por abalanzarse sobre la ciudad nocturna con la voluntariosa confianza de los desesperados. Yo las seguía sin convicción, celebrando sin embargo cada minuto de su compañía, satisfecha al menos de haber logrado escapar del sofá donde mi abuela, mi tía y mi madre —luego mi tía y mi madre, y al final, sólo mi madre— se enfrentaban al programa de variedades de la primera cadena con la misma obcecada fiereza que se supone a un soldado demente mientras cruza en solitario el campo enemigo.

—Parece rubia teñida, ¿no?

—Claro. Y esos labios no son suyos, por supuesto…

—Ni el pecho, no hay más que verla.

—¡Qué tontos son los hombres, Dios mío!

—Y que lo digas… Pues anda, que esa de la derecha, la morena del pelo corto…

—¡Qué gorda! Yo, desde luego, con esos muslos no dejaría que me pusieran mallas.

—Y tiene la cintura muy alta, ¿no?

—¿Alta? La tiene en los sobacos…

—¡Hay que ver, de verdad, qué hombres más tontos!

—La del fondo… La del fondo sí que tiene delito.

—¿Cuál? ¡ Ah, sí, ésa tan tetona!

—Tetona es poco… Si está desproporcionada, mira, no puede andar derecha.