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—Y luego, fíjate qué piernas, tan delgaditas… No pega. Y es bastante fea de cara, por cierto.

—Bueno, de cara ninguna es que sea muy guapa, precisamente.

—Es que van tan pintadas, todas iguales, y con pestañas postizas… Tienen pinta de maniquíes.

—¡Y que los hombres no se den cuenta de nada! Parece mentira.

—¡Qué horror! Y luego, esa de ahí, la del pelo rojo. Si tiene el culo caído, que se lo tape, ¿no?

—Mujer… ¿Y qué enseñaría entonces?

—Lo que pasa es que ya no hay mujeres guapas.

—¿Cómo las de nuestra época…? Ninguna.

—Desde luego que no. Grace Kelly, Ava Gardner, Rita Hayworth.

—Fíjate, cómo vas a comparar…

Yo las escuchaba en silencio, ahorrándoles mi opinión, que por otro lado no solicitaban, pero me hubiera gustado tener valor para recordarles que los hombres no serían tan tontos, porque a mi abuela se le fue la madurez en rezar novenas para que su hija encontrara un buen chico, y ningún bobo disponible se había atrevido a acercarse jamás a menos de medio metro de mi tía Piluca, que siempre había sido un bicho literal y figurado, y si mi abuelo Anselmo había cogido la puerta una buena mañana, y no había vuelto a asomar una punta del bigote por su casa en más de treinta años —mi abuela se enteró de su muerte cuando yo era todavía muy pequeña, gracias a una esquela publicada en el Faro de Vigo y enviada anónimamente desde Pontevedra—, sería que todos los trucos, todas las trampas, todas las zorrerías y todos los vicios de aquella degenerada con la que se enconó como un imbécil no le parecerían tan mal, vistas de cerca. El único hombre tonto que yo conocía era mi padre, que cargaba con todas ellas sin rechistar, y de vez en cuando hasta se atrevía a defender lo evidente, ¿pero cómo podéis decir esas cosas?, ¡si la rubia es monísima, no hay más que verla!, para asumir en solitario un oprobio que hasta entonces compartía con todos los hombres del mundo, tú sí que eres tonto, Anselmo, pero tonto perdido, hijo mío, es que no sé cómo puedes ser tan tonto…

En aquella época, al borde de los veinte años y todavía después, aunque lejos de los treinta, las miraba con distancia, sin atreverme a despreciarlas del todo pero sin comprenderlas en absoluto, consintiéndome incluso un ligero margen de compasión que se asentaba en la solidísima certeza de que yo nunca sería como ellas. Y no lo soy, de eso estoy segura, pero aquella mañana, durante el desayuno, llegué a dudar, después de tantos años, porque Ramón había ido al cine la noche anterior y estaba empeñado en contarme la película, una intriga criminal con mucho sexo de esas que se pusieron tan de moda hace algunos años, a pesar de que lo único que le había gustado, al parecer, era la protagonista, que está buenísima, pero buenísima, en serio, digan lo que digan, así concluyó, y yo le dije la verdad, que a mí no me parecía tan guapa, mona de cara, sí, pero corriente, y de cuerpo lo mismo, bien, pero nada del otro mundo, un poco demasiada bajita para ir de sex–symbol, ¿no…? Él meditó un par de segundos y me concedió casi una pizca de razón, pero sólo por el agravio comparativo que había aflorado entre mis argumentos, porque, sí, desde luego, afirmaba con esa cabeza suya de chico formalísimo y primero de la clase, para sex–symbol del fin de siglo hay candidatas mejor colocadas, y entonces pronunció dos nombres que yo rechacé instantáneamente, ¡oh, no!, ¿pero qué dices?, y mi horror era sincero, ésa parece un tío, en serio, tiene los hombros anchísimos y las piernas supermusculosas, no me gusta nada, tiene enorme hasta la cara y, si te fijas, siempre parece que está de mala leche… Y la otra, bueno, la otra, psh… Sí, está jamona pero tiene más o menos buen tipo, lo que pasa es que parece un cerdito, no me gusta nada de cara, yo… Entonces Ramón me cortó con aquello, ¡joder, Marisa!, ¿pero hay alguna tía en el mundo que a ti te parezca que está buena?

No comprendí muy bien lo que pasaba hasta que me encontré pronunciando el nombre de Ava Gardner, un clásico, fijo en la lista que mi tía Piluca esgrimía antes o después contra cualquier belleza no necesariamente televisiva, y entonces algo se vino abajo en mi interior, como si mi dignidad estuviera conectada en secreto con alguna víscera frágil, encolada con prisa y sin cuidado a las movedizas paredes de mi cuerpo. Y desde aquel día, no he vuelto a objetar detalle alguno a las bellezas celebradas en voz alta, porque me niego a asumir la herencia de aquellas pobres matronas cegadas por el rencor, pero, aunque los hombres todavía no me parecen tontos, sigo opinando para mí sola, y no consigo ser mucho más piadosa —mucho más realista, tal vez— de lo que, en sus

buenos tiempos, fueron mi madre o mi abuela. Estoy segura de que jamás seré como ellas, pero ya he dejado de esperar que el azar me trate mucho mejor y, quizás, no es más que eso, que toda la gente sin suerte termina pareciéndose. Esta es la más grave de todas las cosas que jamás me atreveré a decir en voz alta.

Cuando era pequeña coleccionaba sellos. Empecé con dos álbumes muy viejos, las tapas rajadas al borde del lomo, descubriendo una verdad de cartón vulgar, barato, de un color tan impreciso que apenas merecía el nombre de color, bajo la distinguida apariencia de la suave piel negra —de becerro, precisó mi madre al entregármelos— que los convirtió en mi tesoro más valioso. Dentro había más de un centenar de sellos muy antiguos, con el estampillado legible y los dientes enteros, dos requisitos imprescindibles para mi bisabuelo Tirso, el abuelo paterno de mi madre, que fue apaciblemente feliz con su mujer y murió de la misma manera, mientras dormía. Yo asumí sus condiciones para continuar la colección, y durante algunos años recorrí los soportales de la Plaza Mayor de domingo en domingo, de columna en columna y de puesto en puesto, con las manos llenas de catálogos cuyos datos habría podido recitar de memoria, pero que me prestaban el rentable aspecto de una tonta recién llegada, una incauta capaz de pagar un precio muy alto por un sello que, con suerte, podía llegar a valer hasta veinte veces el precio propuesto por el vendedor.

Llegué a conocer esa clase de felicidad, no muchas veces, pero todas memorables, el corazón botando contra las esquinas de mi pecho como una pelota de goma mientras me obligaba a volver la cabeza para disimular, improvisando incluso una mueca de desaliento casi auténtica al dudar en secreto de haber visto aquel exacto pedacito de papel, precisamente ése y no otro, un dibujo, un rótulo mínimo, dos o tres cifras que volvía a tropezarme allí, en efecto, cuando me atrevía a enfrentarme nuevamente al puesto, y entonces preguntaba por cualquier colección barata, seis o siete ejemplares de gran tamaño con motivos muy vistosos que solían proceder de algún emirato árabe o de la Unión Soviética, un brillante envoltorio de celofán por el que fingía interesarme durante algunos segundos antes de concentrar mi atención en otras ofertas igualmente llamativas y triviales, emisiones conmemorativas, caligrafías indescifrables, una pequeña multitud de pistas falsas, y al final, mientras sentía que, por un instante, todas mis venas se secaban a la vez, tomaba la pieza deseada entre los dedos, lanzaba hacia ninguna parte una pregunta casual y desganada, y vencía. Llegué a conocer esa clase de felicidad, pero luego, al llegar a casa, mientras contemplaba mi flamante conquista en el lugar que antes ocupaba el hueco más irritante, presentía que mi pasión se agotaría muy pronto, porque aquellos pequeños triunfos nunca llegaban a compensarme por la certeza de otras incipientes derrotas. Hay gente capaz de matar por un sello, pero yo nunca tuve tanta suerte.

A los veinticinco, más o menos, y estimulada por el ejemplo materno, empecé a hacerme mi propia ropa. Al principio, fue muy divertido, primero comprar las revistas y estudiarlas con cuidado para escoger los modelos más favorecedores, después elegir la tela, luego calcar el patrón, recortarlo, coserlo, y atreverse por fin a meter las tijeras en ese bulto informe del que acabaría saliendo un vestido de verdad al cabo de tantas horas. Nunca fui tan bien vestida y nunca he vuelto a gastar tan poco dinero en mí misma, pero una tarde, cuando llevaba una americana por la mitad, la miré con extrañeza, como si se hubiera convertido en una especie de amenaza, y decidí que no la iba a terminar. En ese preciso momento terminó la aventura de la ropa. Su sucesor, el aerobic, demostró desde el primer momento una ventaja y muchos inconvenientes. La primera se limitaba a mi forma física, que mejoró de una manera que podría calificarse como espectacular si no fuera porque, desde cualquier punto de vista, ese adjetivo me viene tan grande como un par de botas de la talla 56. Soy rubia natural, eso sí, y tiene gracia, rubia de verdad, no una de esas castañas claras con mucha mecha que de pequeñas se lavaban con manzanilla, sino una rubia auténtica, con el pelo bien amarillo desde el nacimiento hasta las puntas, lo mismo que la gorda de las hermanas Gilda, y tengo los ojos verdes, eso también es cierto, verdes como las manzanas ácidas, como las hojas de hiedra, como la menta, verdes pero mínimos, y tan alejados entre sí como los de un pez plano. A veces me digo que mi cara es una especie de broma, porque vivo rodeada de mujeres que se aclaran el pelo