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Me atreví a mirarla de frente, por fin, y no me pareció más, ni menos relajada que antes. Seguramente, ella adora a su madre, me dije, y por eso disimula… Llevaba tantos años pensando en mí como en un pequeño monstruo insensible y desagradecido, que casi me ofendió que encajara mi abominable confesión con la indiferencia habitual. Jamás me había atrevido a contarle a nadie, aparte de Martín, que mi madre había dejado de quererme por ser fea, semejante fracaso. Daba por descontado que nadie lo creería, que cualquier persona normal se pondría automáticamente del lado de mi madre, y en contra mía. La analista, en cambio, se había mantenido estrictamente neutral, y eso, teniendo en cuenta la universal convención sobre la santa infalibilidad de las madres, la ponía casi de mi parte. Lo más gracioso es que era precisamente ese detalle lo que me molestaba, tanto como si a la salida fueran a entregarme un certificado por haber vivido más de veinte años sintiéndome culpable sin necesidad.

—No importa —continué, como si esa simple frase fuera capaz de disolver cualquier confusión—. No me habría gustado ser la segunda edición de mi madre ni siquiera si hubiera valido para eso. El caso es que ella perdió interés y eso nos acercó, más que separarnos, porque acortó la diferencia entre la vida que teóricamente me correspondía y la educación que recibía en la práctica. Supongo que no me estoy explicando muy bien, pero es difícil… Verá, la imagen del mundo que yo manejaba cuando era una niña se puede comparar, más o menos, con un juego de muñecas rusas. La más grande representaba al exterior, España, Madrid, la dictadura, un país gris, duro, injusto, que había hecho sufrir a los nuestros y que nos amenazaba con asfixiar el porvenir. Luego, hacia dentro, existía otra realidad exterior mucho más restringida y muy distinta, otra España, otro Madrid, el Partido, el colegio, los amigos de mis padres, risas, lágrimas, desesperanza, diversión y juegos de palabras, conversaciones fabricadas con conceptos como resistencia, oposición, clandestinidad, y desde luego, progreso, justicia, futuro, siempre futuro. Dentro de esta muñeca cabía otra muy

parecida, un nivel sin embargo privado, interior, mi propia casa, una ciudad de colores en la que cada uno podía decir lo que quisiera, y leer lo que quisiera, y creer en lo que quisiera, como náufragos felices y bien alimentados en una isla propulsada en la dirección correcta por algún motor oculto. Y hasta aquí todo va bien, todo es lógico, razonable, hasta envidiable si se compara con lo que era habitual en otras casas, en otras vidas de chicas de mi edad, eso lo reconozco, pero el problema es que existía una cuarta muñeca, ¿sabe?, una muñeca íntima, pequeña y secreta, la mascota de una mujer que no se acababa de creer la vida que llevaba, las cosas que decía, las ideas que defendía. Mi madre no me enseñó a rezar por las noches, pero me obligaba a meterme en la cama con el pijama completo en pleno agosto, y a dormir la siesta aunque no tuviera sueño, y a comer repollo aguantándome las arcadas, y su jurisdicción desbordaba los códigos de una disciplina saludable para adentrarse en terrenos más turbios, pantanos definitivamente tenebrosos, incluso… Es sólo curiosidad, solía disculparse antes de atacar, y así acababa controlando a las familias de nuestros amigos del colegio, sabía a qué se dedicaban sus padres, cuántas casas tenían y todo eso… Jamás me dio una carta sin mirar antes el remite, y no toleraba que echara el pestillo cuando estaba sola en mi cuarto, ya sabe… En casa celebrábamos el primero de mayo, aunque no fuera fiesta, con una comida especial y brindis en los postres, pero las muchachas, y teníamos dos, miraban a mi madre con ojos humillados, enturbiados por unas gotas de pánico reverencial que ahora no me extrañan, la verdad, porque ninguna duraba mucho… Era el tipo de mujer que mueve los sillones para ver si hay pelusas debajo, llegaba a hacerse odiosa de puro exigente, en fin… Y mi padre era todavía peor. Él había arrastrado a su mujer a su propio terreno, la había bautizado en una fe que profesaba de corazón, había engendrado en ella hijos para una vida nueva, hombres y mujeres libres, fuertes, justos… No me estoy inventando nada, no crea, en cuanto que se tomaba un par de copas improvisaba un discurso de este estilo en el centro del salón, y yo le miraba arrobada, atontada más bien, porque le quería muchísimo y le admiraba mucho más, y sin embargo ahora sé que él era peor, porque él conocía todas las argucias de mi madre, asistía a todas las escenas, contemplaba cada arbitrariedad, cada ñoñería, cada prejuicio y sus consecuencias, y lo único que se le ocurría era abrazarla por detrás en plena bronca o darle un azote en el culo para que terminara antes, contestando que estaba absolutamente de acuerdo con ella en absolutamente todos los aspectos de la cuestión, si alguien perdía el tiempo en preguntarle. A mi padre sólo le interesaban dos cosas, el Partido y tocarle el culo a mi madre, así que sus hijos, los elegidos para el futuro, vivíamos en una pura contradicción, muy maquillada, eso sí, con los colores de la verdad, la justicia y el progreso.

—Es usted cruel…

No esperaba ese comentario, y concentré en su rostro toda mi atención. Ella me devolvió una mirada equilibrada, que situé sin embargo más cerca de la ironía que de cualquier motivo de censura y que, a pesar de eso, me propuse disipar lo antes posible.

—No, de verdad, no he querido darle esa impresión. Yo creo en la Verdad, con mayúscula, y creo en la Justicia y en el Progreso, con iniciales igual de grandes. Creo en la República, que le costó la vida a mis abuelos, y creo en el Futuro, por el que se la jugó el resto de mi familia, por eso es muy importante para mí que no me interprete mal… Ya sé que mi caso ha sido mucho más frecuente en la otra España, conozco mucha gente a la que se le cayó encima exactamente la otra mitad del mundo, adolescentes paralizados por el estupor que descubrieron de golpe que su padre iba de putas, por ejemplo, o que su madre bebía por las mañanas, y jamás lograron recuperar ni un ápice de su antiguo fervor de cruzados contemporáneos. Pero a mí no me ha pasado nada parecido, porque la fe de mis mayores aguanta el tirón, no lo dude. El mundo me da la razón todos los días, aunque mis ojos ya no puedan mirarlo con inocencia.

Vino aquella mañana con una camisa roja y el mejor aire de agitador que yo haya visto en mi vida, recordé… Él me convenció. Él, quinto hijo de un general de aviación y de la reina de las Fiestas de Navacerrada 1945, antiguo alumno destacado de los padres escolapios, «hijo de María» hasta los trece o los catorce años, seguidor y acompañante de un cura obrero que hacía su