Él, en cambio, ignoraba que con estas palabras me estaba dando el empujón definitivo que me llevaría rodando desde la cima más alta de un barranco hasta el fondo de un abismo que en aquella época ni siquiera yo alcanzaba a divisar.
—A ti no te digo nada, bonita, que ya sé que tú, estas cosas…
Se llamaba Bartolomé, pero sus íntimos le llamaban Bambi porque su primer novio le había dicho una vez, cuando aún no se había despojado de la piel ambigua de la adolescencia, que estaba enamorado de sus ojos de gacela asustada.
—Era guardia civil —al borde de los cincuenta seguía rizándose las pestañas y recordándole con nostalgia—, casado y todo, pero muy creativo, eso desde luego…
Bambi, porque jamás resistí la tentación de llamarle así pese a no formar parte de sus íntimos, era el jefe de la estafeta del grupo, un pequeño almacén situado en el sótano que funcionaba como una auténtica oficina de correos en miniatura. Toda la correspondencia de todos los despachos de todas las editoriales que tenían su sede en el edificio pasaba forzosamente por sus manos, pero eso no era mucho, ni siquiera contando con la mensajería propia que —renovarse o morir, decía él con pomposa convicción— acababa de empezar a funcionar, sobre todo porque la estafeta era el único departamento de la casa donde sobraba personal. Dos aprendices, nadie supo nunca muy bien de
qué, atendían tras un mostrador, sin atreverse a traspasar, salvo en ocasiones excepcionales, la puerta del despachito situado al fondo, donde Bambi habría llegado a aburrirse, de puro ocioso, si no viviera entregado al gobierno de regiones mucho más tenebrosas que la propia de los precintos de plomo y las máquinas de franquear, porque en los cajones de su mesa, estas y otras herramientas de su oficio —cajas de clips y gomas de borrar, estadillos de control y pliegos de etiquetas autoadhesivas, lápices corrientes y otros ya muy raros, rojos por una punta y azules por la otra, ambas primorosamente afiladas—, convivían con tres o cuatro tarots de diferentes familias y diseños, una ouija plegable, una colección completa de santos de todos los cielos —desde una estampa de Teresita del Niño Jesús hasta una efigie en cera del san Simón guatemalteco, gran estrella de la santería centroamericana—, velas de muchos colores y tamaños distintos, y hasta una bola de cristal sobre una peana de madera pintada de negro.
—Yo es que me pirro por todo lo paranormal… —me confesó una vez, cuando me juzgó digna de confianza, como si de verdad creyera que yo no estaba al corriente de su exótico tinglado desde antes de que me lo presentaran.
Ya entonces, su reserva me pareció absurda, porque todo el mundo se refería al consultorio de la estafeta con la misma naturalidad con la que hablaba de la secretaria de contabilidad o del alicatado de los cuartos de baño y, de hecho, entre todos los misterios relacionados con su persona, el único que a mí me interesaba de verdad era precisamente ése, la sorprendente impunidad con la que se dedicaba al más allá mientras, cada fin de mes, seguía cobrando un sueldo estrictamente terrenal por un trabajo muy distinto. Con el tiempo averigüé que, entre sus visitantes más asiduos, se contaban no sólo el gerente del grupo —un señor muy alto, bastante gordo y casi completamente calvo, que trotaba por los pasillos secándose el sudor con un pañuelo blanco, complemento de una estampa nada espiritual—, sino también María Pilar, la mujer de Miguel Antúnez, una señora de su casa con inquietudes que venía a la editorial de vez en cuando solamente para ponerse en manos de Bambi. La protección de estos dos incondicionales había bastado por el momento para neutralizar la radical oposición de Fran, que le detestaba casi tanto como a su cuñada, porque nuestro oráculo particular también tenía intereses en el mundo y, en concreto, profesaba una devoción casi enfermiza por todas las casas reales de Europa y, de propina, por la de Japón, y cuando terminaba con la conjunción de los astros y las letanías para enamorar, empezaba con los matrimonios morganáticos y la limpieza de la sangre.
—Eso, como si no tuviéramos ya bastante con la ultratumba… —Fran le cortó en seco la única vez que intentó explicarle por qué el príncipe de Asturias no podía casarse con una plebeya, y Ana no dijo nada, pero se marchó detrás de ella.
Yo, que no soy más monárquica, decidí en cambio ser más comprensiva, y le aguanté el rollo de pie, al lado de la fotocopiadora, un gesto que sin embargo no mejoró mucho el concepto que tenía de mí desde que me preguntó por el zodiaco de mis hijos y no pude recordar si Ignacio era Sagitario o Capricornio, porque siempre me hago un lío con los dos signos. Ya, otra escéptica…, dijo solamente, pero esas tres palabras bastaron para confirmar un descrédito definitivo. A mí, sin embargo, él me parecía muy divertido, pero cuando se me ocurrió acompañar a Marisa a la estafeta, después de comer, no fue por simpatía, sino porque estaba fatal.
Mis días se sucedían entonces con el ritmo caprichoso, imprevisible, que convierte la vida de un condenado a muerte en un motor de dos velocidades, una rápida, capaz de empujar las horas hacia delante, tras la burlona liebre del indulto, y otra lentísima, pesada como un cielo de plomo y muy amarga, que se apodera de cada segundo para clavarlo en la única pared de la celda desde donde se contempla el patio de la cárcel, escenario de una ejecución inminente. Así, oscilando entre un final feliz y otro mucho más que triste —porque al fracaso de una historia de amor imaginaria debería sumar la vergüenza pasada y la por venir, y cuando me quedara sola conmigo misma, con mi marido, con mi casa, con mis hijos, el recuerdo de la enloquecida persecución de un hombre que huye camuflado en la piel transparente de un fantasma, resultaría mucho más difícil de sobrellevar, infinitamente más ridícula, que los accesos de calor que puedan haberse apoderado de mis mejillas
en cada episodio concreto de este asedio—, pasaba mi vida, y mientras fingía trabajar o trabajaba de verdad, al preparar la comida o ver una película en la televisión, cuando jugaba con los niños o hacía la compra, me plegaba con destreza a la antigua rutina de un personaje que ya no era exactamente yo, porque en la zona más profunda de mi cerebro, el tiempo obedecía a una regla impasible, y se hacía veloz, y soportable, sólo si cada segundo no era eterno, y no había más pasado, ni más presente, ni más futuro, que un laberinto con dos salidas, el tesoro o la muerte, como en el más viejo y ruin de los acertijos.