—No —no quise añadir nada más, mientras mi corazón multiplicaba alarmantemente la frecuencia de sus latidos. Él me miró un instante, dejándome adivinar que se moría de curiosidad,
pero acabó adoptando una indiferencia muy profesional.
—Bueno, en cualquier caso se trata de algo clave para ti, y tal vez no sea una persona, sino un objetivo, un propósito, un deseo muy fuerte… Si es un ser humano, es masculino, eso desde luego —hizo una pausa por si yo me animaba a aclarar algo, pero no dio resultado, y prosiguió en un tono cada vez más confidencial—. Está muy cerca, ¿ves?, en buena posición. Tú sabrás lo que significa eso, yo sólo puedo decirte que ese hombre, o esa meta, se cruza en tu destino, que de alguna forma va a intervenir en tu vida, y que, desde luego, está bien dispuesto, aunque para decírtelo todo, aquí… Mira —y señaló otra figura femenina situada exactamente al lado del Rey y vestida de un rojo llameante—, ésta es la Doncella de Fuego. Este naipe representa un obstáculo, y muy serio, para ti, en relación con lo que te decía antes, ese hombre o esa meta que tú persigues. Y con ella pasa lo mismo que con la otra carta. Si se trata de un ser humano, es una mujer. Si no, puede significar una dificultad de otro tipo, no sé…
En ese punto interrumpí su discurso con una vehemencia que no habría querido demostrar, pero mi estómago se retorcía ya, presa de una tensión insoportable, y amenazaba con trepar hasta mi garganta mientras cada fibra de cada uno de mis nervios se hacía notar dolorosamente y a la vez, y mi cerebro estaba bloqueado, mi razón había dejado de existir, a la fuerza tenía que haberse esfumado sin despedirse siquiera, porque no se me ocurrió pensar que todo lo que me había dicho y nada eran la misma cosa, que en la vida de cualquier persona hay algún hombre importante, y alguna mujer hostil, que todos acariciamos en sueños alguna meta improbable, desdeñando obstáculos que la vigilia revela como montañas coronadas de nubes ante los ojos de un niño descalzo, nada de esto pensé, tan indefensa me había quedado frente a mi propio deseo que estaba creyendo ya en el poder de media docena de cartones extravagantemente impresos y ni siquiera alcanzaba a sentir compasión por mí misma.
—¿Puedo vencerla? —fue exactamente lo que pregunté.
—¿Qué? —Bambi dio un respingo, pero su sorpresa tenía más que ver con la novedad de que me hubiera decidido a consultarle que con el sentido concreto de mi pregunta.
—Que si puedo derrotar a ese enemigo, si las cartas dicen quién ganará al final.
—Para contestarte, tengo que hacer una nueva consulta… —recogió todas las cartas de la mesa y barajó de nuevo, exagerando aún más la cadencia de sus movimientos, como si actuara para la adepta más ferviente, pensé para mí, sin reparar en que eso era exactamente lo que sucedía—. Veamos con qué armas podemos contar… Mmm… ¡Bravo! La Espada aparece a tu derecha, ¿lo ves?, y ésa es una gran ventaja. Pero tienes el Castillo enfrente, mala cosa… Sin embargo, la Fortuna está de tu parte, mírala. Yo diría que, desde luego, tienes más posibilidades de vencer que de salir derrotada…
Luego estuve a punto de preguntarle si estaba seguro de su diagnóstico, pero conseguí frenar rni lengua un segundo antes de que traicionara prácticamente todo lo que yo había sido hasta aquel momento. No logré, sin embargo, reprimir una sonrisa tan amplia que Marisa, en el umbral de su pecera, se sintió obligada a defenderme de mis propias ilusiones.
—Rosa —me llamó cuando yo ya le había dado la espalda para marcharme a mi despacho, y sólo cuando giré sobre mis talones, quiso seguir, mirándome a los ojos—. Ha–azme caso, por favor, n–no te tomes esto muy en serio…
Ana me hizo una advertencia parecida, pero eso fue muy al principio, cuando el olor de Nacho aún estaba fresco en mi memoria y el futuro todavía era futuro, una incógnita más a despejar, un escenario vacío donde ningún personaje fijo tenía un lugar asignado.
—¡ Ay! —no había entrado del todo en el despacho de Fran cuando, al descubrirme allí, se llevó las dos manos a la cabeza y, mirándome, se quejó de esta manera.
—¿Pasa algo, Ana? —Fran, asustada por su irrupción, ya debía de estar calculando de qué país del mundo nos habíamos quedado sin fotos otra vez.
—Sí, pero no… Bueno… —y entonces me miró—. quiero decir que no pasa nada con la colección. Es que me acabo de acordar de que tengo una noticia para Rosa.
En aquel momento no podía prever que llegaría el día en que cualquier mínimo indicio de novedad me ahogara de impaciencia, y la verdad es que conservé la calma incluso cuando Ana, al salir de aquel despacho, me cogió del brazo para formular un pronóstico aún más alarmante.
—Me vas a matar…
—Pero ¿qué pasa? —pregunté, con una curiosidad aún pura, incontaminada de cualquier afán.
—Anoche, cuando llegué a casa, me encontré con un mensaje de Nacho Huertas en el contestador. Quería que le diera tu teléfono… —mi vanidad generó una intensa punzada de placer que, desde el centro, se expandió hasta la última esquina de mi cuerpo—, y al final, se me olvidó llamarle, tía, ¿te lo puedes creer? Claro, que tampoco puedes ni imaginarte siquiera la noche que me dieron entre todos. Mi madre se había peleado con mi padre, mi padre quería darme su versión, todos mis hermanos se habían pronunciado ante la crisis, y luego, por si esto fuera poco, mi hija llamó para pedirme dinero, mi ex marido para anunciarme no se qué ruina con Hacienda, y los de la lavadora para decir que no habían podido arreglármela porque mi asistenta se había largado de casa sin avisar un par de horas antes de lo que debía… Total, que se me quitaron de golpe las ganas de hablar con nadie. Y luego, el cretino del autor, que Fran te habrá contado ya… ¿no?
—¿Qué? —pregunté por pura cortesía, mientras la ansiedad empezaba a dejarse sentir.
—Lo del título del Atlas, que le parece fatal que lo hayamos cambiado, y ya no sabe si va a querer firmar la obra, porque las plataformas continentales no son precisamente humanas y lo único que él pide es un poco de rigor…
—¿Eso te dijo?
—A chillidos.
—Será gilipollas…
—Perdido, hija, pero eso es lo que hay. Te juro que si lo hubiera tenido delante le hubiese metido dos guantazos —y abofeteó al aire con el gesto de ofendida dignidad de un espadachín de película antigua— que se habría enterado él de una vez por todas de lo que es rigor… El caso es que al final no hablé con Nacho. ¿Quieres que lo llamemos ahora?
—¿Ahora? —en algún momento tenía que ponerme nerviosa, y ese momento por fin había llegado—. No sé… Pero… ¿Cómo?
—¿Pues cómo va a ser? Ven conmigo, anda…
Un instante después, sentada enfrente de Ana, llegué a maravillarme de la naturalidad con la que descolgó el teléfono, marcó un número que previamente había tenido que localizar en su agenda, y empezó a hablar con un hombre al que yo había visto más veces desnudo que vestido, no sólo como si lo conociera de toda la vida —lo cual, en definitiva, era casi cierto— sino, además, como si yo no estuviera delante.
—¿Nacho? Hola, soy Ana Hernández Peña, ¿cómo estás? —y aprovechó la pausa para sonreír y guiñarme un ojo—. Ya, claro, por eso te llamo. Es que anoche llegué a casa muy tarde, y ya no eran horas… Sí, las fotos estupendas, como casi siempre, ésa es la verdad, que da gusto trabajar contigo… ¿Qué? —su sonrisa creció tanto que pareció derramarse por las esquinas de sus labios, y mientras ponía los ojos en blanco, sacudió la mano libre en el aire con fingida violencia para darme a entender que lo que estaba escuchando era muy fuerte—. Sí, bueno, ella me ha contado que coincidisteis en Lucerna, creo, y que os lo pasasteis muy bien. Le has caído estupendamente, por lo visto… No, te juro que no. ¿A qué te refieres? —tapó el auricular del teléfono con una mano para exagerar aún más lo que a aquellas alturas era ya una colección completa de muecas—. Claro que somos amigas, pero las mujeres no somos como los hombres, ¿qué te has creído…? Pues nada, sólo me ha contado lo que te he dicho, que eres muy divertido, que se rió mucho contigo… ¿Hubo algo más? —en ese instante fui yo quien colocó las manos en un gesto de oración para rogarle que parara ya porque, a pesar de la exhibición, no acababa de fiarme de sus dotes de actriz, pero ella parecía divertirse tanto que. sin atender a mis súplicas, se adentró por su propia voluntad en terrenos cada