Выбрать главу

vez más pantanosos, mintiendo siempre impecablemente—. Que no, en serio, dímelo tú… ¿Quién empezó7 No, mira, eso sí que no, me da igual que no te lo creas… Que no, tío, que yo no voy mirándole el culo a mis amigas por los pasillos, ¿pero por quién me tomas…? Muy bien, tiene un cuerpo estupendo, ¿y qué más…? Es mucho más seductora de lo que parece a primera vista… ¿En serio? ¡Quién lo diría…! ¿Pero tú eres tonto, Nacho? ¿Cómo voy a contárselo a ella? ¿No te das cuenta de que yo lo que quiero es estar en medio para enterarme de todo? ¡Claro que soy una cotilla, ya ves, menuda novedad…! —entonces volvió a tapar el auricular, y me habló en un susurro, parece colgadísimo, dijo, no sé cómo lo has hecho, y yo por fin aflojé la válvula que había aspirado todo el aire de mi interior, las vísceras pegadas unas con otras, encajadas a presión en el espacio de un puño, y sentí con alivio cómo se aflojaban de repente, para recuperar enseguida la humedad, y su posición de siempre—. No, te juro que no me ha contado ni la mitad de lo que te imaginas, ni siquiera estaba segura de que os hubierais enrollado, así que… Sí, supongo que le gustas, o, mejor dicho, creo que le gustas mucho… Eso no lo sé exactamente, aunque tengo la misma impresión. Espera un momento, que me están llamando por otra línea, a ver… —tú le contarías que estabas casada, ¿no?, me preguntó, con un dedo encima de la tecla que mantenía provisionalmente cortada la comunicación, pero así y todo, yo contesté que sí con la cabeza para no correr ningún riesgo, y Ana siguió suponiendo correctamente en voz alta, y le dirías que las cosas no iban muy bien, que estás un poco harta, que ya no estás enamorada de Ignacio, y todo lo demás, ¿no?, yo volví a asentir y ella levantó el dedo—. ¿Nacho? Perdóname, pero es que tengo un follón… Sí, bueno, ella se casó hace la tira de años, claro que estos temas, ya sabes… No, hombre, supongo que la puedes llamar a casa sin ningún problema, su marido es un tío encantador, por cierto, nada caníbal, pero, de todas formas, ahora mismo Rosa está en la editorial, si quieres te la paso y le pides a ella el teléfono… ¿No? Bueno, pues yo te lo doy, apunta… Cinco, cuatro, tres, cinco, tres, dos, cuatro… Sí, claro que puedo pasarte con ella o, mejor dicho, puedo intentarlo hasta que dé con la tecla correcta, porque te juro que estos aparatos modernos me están volviendo loca…

Cuando a Ana se le ocurrió decir que podía pasarle conmigo para que me pidiera el teléfono directamente, me puse de pie con tanta rapidez como si acabara de darme cuenta de que llevaba un buen rato sentada sobre un círculo de brasas al rojo vivo, pero esa repentina agilidad me abandonó enseguida, dando paso a la no menos instantánea parálisis que mantenía mis pies clavados en el suelo y mi mente encadenada a la repetición de una sola pregunta sin respuesta, qué voy a hacer ahora, qué voy a hacer ahora, qué voy a hacer ahora…

—¿Qué pasa, que no quieres hablar con él? —la voz de Ana rompió el hechizo.

—Claro que quiero… —contesté, pero ni siquiera entonces me moví.

—¡Pues vete a tu despacho, joder, que se debe estar pensando que me he vuelto subnormal!

No puedo correr, decidí, así que iré andando, lo más deprisa que pueda pero andando, eso haré, me dije para darme ánimos mientras por fin lograba ponerme en marcha, y mientras avanzaba por el pasillo, aún llegué a oír la penúltima excusa.

—¿Nacho? Soy Ana otra vez. Espera un momento, que es que me había hecho un lío pero ahora creo que ya sé cómo se hace…

El teléfono atronaba desde el otro lado de la puerta, pero todavía me concedí tres timbrazos. Cuando descolgué, ya estaba sentada en mi silla y contemplaba un familiar paisaje de facturas, bandejas de diapositivas, galeradas corregidas y por corregir, juegos de fotolitos, y otros plácidos ingredientes de mi vida cotidiana, una especie de bodegón editorial que me tranquilizó lo suficiente como para imprimir a mi voz un desapasionado tono profesional.

—Rosa —afirmó él, reconociéndome sin dudar.

—Sí… —afirmé yo a mi vez, y decidí que no iba a estar a su altura—. ¿Quién eres?

—Soy Nacho Huertas… —entonó con cierta ironía—, no sé si te acordarás de mí, estuvimos juntos en Suiza hace quince…, no, unos veinte días.

—Claro que me acuerdo —admití, y fui sincera—. De hecho me acuerdo muy a menudo…

—Menos mal, porque tengo encima de la mesa un montón de fotos tuyas, y no hay nada que me

moleste tanto como trabajar en vano.

—¡Qué bien! —dije para ganar tiempo, pero enseguida se me ocurrió por dónde seguir—. ¿Y son fotos mías porque aparezco yo en ellas, o son mías porque las has hecho para mí?

—Son tuyas por las dos cosas, aunque modestamente debo advertirte que yo también salgo en alguna.

—Mejor… —la risita satisfecha con la que celebró mi apostilla rne animó a ir un poco más allá— . Así podré recordar más aspectos del viaje.

—Bueno, si eso te interesa, las fotos son lo de menos…

—No sé si me estoy imaginando bien lo que me quieres decir.

—Seguro que sí.

—¿No me das más datos'7

—Todos —me eché a reír ante semejante rotundidad, y mi risa pareció gustarle—. Estoy dispuesto a darte todos los datos del mundo, pero antes tendrás que venir a recoger las fotos, de todas formas.

—¿Aunque sean lo de menos9

—Precisamente porque son lo de menos… —hizo una pausa e imprimió a su voz un acento más convencionalmente seductor—. Me gusta hacer las cosas en orden. Soy un hombre muy metódico, ya sabes…

—Muy bien —reí de nuevo—. Pues tú dirás…

—Llámame el jueves por la mañana —estábamos a martes, no podré olvidarlo nunca—. y te invitaré formalmente a tomar una copa por la tarde. El teléfono de mi estudio ya lo tienes, ¿verdad?

—Sabes perfectamente que no.

—¡Uy, no caigas en la tentación de sobrevalorarme! —protestó—. Yo casi nunca sé nada de nada.

Entonces me dio el número, y nos despedimos como lo harían dos viejos amantes, sin palabras de más, ni de menos, en un tono cálido, risueño, nada solemne, que parecía descartar por sí mismo cualquier contratiempo, pero no pude apreciar entonces ninguno de estos matices porque, antes de que me diera tiempo a colgar, Ana estaba ya en la puerta exigiendo novedades.

—Ya está —resumí, con una sonrisa que no me cabía en la boca—. Hemos quedado pasado mañana.

—¿Sí? ¡Qué envidia, tía!

—¡Anda ya!

—Que sí, de verdad… —suspiró—. Un rollo primaveral en pleno invierno siempre es una cosa estupenda —entonces se detuvo un instante para mirarme de reojo—, si lo aguantas, claro está.

—¿A qué te refieres con lo de aguantar?

—No lo sé, Rosa, pero antes, cuando te has ido, me he quedado pensando y, la verdad… — parecía repentinamente preocupada por algo, pero yo no alcanzaba a imaginar la razón—. A lo mejor me he pasado, ¿no? Al fin y al cabo, tú estás casada, tienes dos hijos, yo qué sé… Debe ser que llevo tantos años viviendo sola que me cuesta trabajo ver las cosas de otra manera, pero no me gustaría que pensaras que disfruto metiendo en líos a los demás, porque no es eso, yo solo…

—¡Ana, por favor! —la miré a los ojos para subrayar el encendido asombro de mi protesta—. ¿Cómo puedes pensar así de mí? No necesito que me des ninguna explicación. Ya soy mayorcita, ¿sabes? Si no me apeteciera volver a ver a Nacho no te hubiese dejado llamarle por teléfono, y todo lo demás es asunto mío. Él está separado, así que…