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—¿Separado? —ahora era ella la sorprendida—. ¿En serio? No me había enterado.

Hasta aquel momento aún no había juzgado necesario pararme a pensar en serio sobre el papel que mejor le sentaría a Nacho Huertas en el reparto de mi vida, y sin embargo, las palabras de Ana actuaron como un disolvente capaz de abrir un agujero en el suelo, justo debajo de mis pies.

—Bueno —continué, apretando firmemente los tacones contra la moqueta—, por lo menos, eso fue lo que me dijo él.

—Ya —dijo solamente—, puede ser…

No quiso añadir nada más y yo me atreví a terminar la frase por ella.

—Pero tú no te lo crees, ¿verdad?

—Pues… Sinceramente, Rosa —me miró de tal forma que a partir de entonces podría haberse ahorrado el cuidado con el que escogía cada palabra—, me imagino que ya te habrás dado cuenta de qué tipo de hombre es Nacho. Muy listo, muy guapo, muy divertido, muy mujeriego… Para tener una aventura tonta, así, sin consecuencias, pues… no hay un tío mejor, eso desde luego. Y en un momento dado supongo que sería capaz de decirte cualquier cosa, pero no creo que te convenga tomártelo muy en serio…

Aunque en teoría yo misma estaba de acuerdo en aquella inconveniencia, la verdad es que la última observación de Ana no me sentó demasiado bien, pero ni su previsible escepticismo ni mi sorprendente reacción llegaron a interesarme más allá de un par de minutos, porque cuarenta y ocho horas son muy pocas cuando se pretende rozar la perfección, y yo, después de haber fantaseado durante tanto tiempo con el perfil ideal de un amante imaginario, no estaba dispuesta ahora a conformarme con menos. Pero la vida, o el azar, o el destino, perpetuos recursos contra la arbitraria incertidumbre de cada día entre los que algunos se empeñan en incluir a Dios, se resisten a jugar limpio, y a veces urden trampas más complejas, pegajosos encajes de hilos invisibles, abismos camuflados en los huecos de los ascensores, esperanzas que se desvanecen al simple contacto con el aire contaminado de las ciudades modernas, y así, ni el martes, mientras me encerraba en mi dormitorio para escoger la ropa que mejor me sentaba, ni el miércoles, mientras iba a la peluquería y me pintaba las uñas a la francesa, ni el jueves, mientras saltaba de la cama media hora antes para arreglarme, por si no me daba tiempo a volver a casa después del trabajo, quise distraer un solo minuto para meditar sobre las consecuencias de lo que estaba a punto de ocurrir, y sin embargo, la voz de Nacho Huertas en el contestador automático, a las once de la mañana del día acordado, inauguró precisamente el tiempo de pensar.

Cuando colgué el teléfono, después de haber dejado un mensaje tan largo, tan torpe e inconexo como me consintió el propio aparato antes de pitar, me dije a mí misma que no había ningún motivo para alarmarse. Habrá salido un momento a la calle, me expliqué, echando mano de toda la capacidad de convicción que pude reunir, a comprar el periódico, o a lo mejor todavía no ha llegado, porque tenía que ir antes a otro sitio, o… Acepté de buena fe mis propias explicaciones y me propuse esperar una hora entera antes de intentarlo de nuevo, algo así como esconder una carta en la manga mientras se hace un solitario, porque en realidad no buscaba serenarme, sino concederle un margen más que suficiente para que devolviera mi llamada. A las doce, sin embargo, ni me había llamado él, ni me había llamado nadie, un insólito prodigio que me animó a sospechar que nuestra sofisticada centralita automática se habría estropeado o que las líneas estarían sobrecargadas, pero no tuve suerte, porque conecté a la primera con el mostrador de recepción, y allí fui implacablemente informada de que los teléfonos funcionaban tan bien como siempre. Cinco minutos, decidí entonces, cinco minutos más, y vuelvo a llamar. Todavía no había expirado el tercero cuando el eco del primer timbrazo comunicó de golpe todos los compartimentos de mi corazón, que amenazaba seriamente con reventar mientras yo contaba tres pitidos por pura superstición. El fenómeno cesó tan repentinamente como había nacido, porque al otro lado me tropecé con Néstor Paniagua, buenísima persona pero pesadísimo corrector de pruebas que no había encontrado mejor momento para consultarme una lista de, por lo menos, tres docenas de dudas. Me lo quité de encima como pude y, sin llegar a colgar del todo, marqué de nuevo un número que ya me sabía de memoria, diciéndome que, al fin y al cabo, mucha gente no escucha los mensajes del contestador inmediatamente, y que a mí misma, por ejemplo, me da mucha pereza. El segundo mensaje fue más breve que el primero, aunque agoté igualmente el fragmento de cinta que tenía asignado, esperando en silencio ya no sabía muy bien qué. Eran las doce y veinticinco y aún resistía, aunque los voluntariosos argumentos que oponía a la realidad para justificar a Nacho ante mí misma alternaban ya, peligrosamente, con ciertos indicios de lo que podría desembocar en un

derrumbamiento completo. Entonces, el teléfono resucitó de repente, y atendí tres llamadas seguidas, la primera del encargado de una fotomecánica a la que no había llegado todavía el mensajero que les había enviado a las nueve de la mañana, la segunda de un redactor que quería saber qué criterio utilizábamos para traducir los nombres comunes asociados a los propios de los accidentes geográficos—valle del Roncal, por ejemplo, me dijo, ¿cómo escribís la palabra «valle», con mayúscula o con minúscula?— y la tercera de Fran, convocándome a su despacho para discutir la previsión del cuarto tomo, en el que empezábamos a acumular un retraso ligeramente preocupante. Permanecí un par de minutos sentada en la silla, sin mover un músculo, conjurando aquel silencio que estaba volviéndome loca, y aunque triunfé sobre mí misma al levantarme sin tocar siquiera el auricular, no logré pasar al lado de Adela —la secretaria que comparto con Ana—, sin rogarle que contestara a mi teléfono, para explicarle después, con muchos más detalles de los imprescindibles, que estaba esperando una llamada muy importante de un fotógrafo llamado Nacho Huertas, y que debería pasarme inmediatamente esa llamada, pero sólo ésa. al despacho de Fran. Allí, sin embargo, no llegó a interrumpirnos ruido alguno. Mi jefa me preguntó un par de veces si me ocurría algo, y cuando, después de negar por segunda vez, me vi obligada a indagar en los motivos de su curiosidad, me dijo que desde hacía un rato tenía la impresión de estar hablando sola. Salí del paso contándole que no había dormido muy bien la noche anterior, lo cual era rigurosamente cierto, y entonces miró el reloj, me anunció que eran ya las dos y media, y decidió que lo que más nos convenía era irnos a comer para seguir por la tarde. Agradecí la interrupción, porque mi cabeza parecía ya una olla exprés a punto de reventar, y me fui corriendo a mi despacho con el pretexto de coger un tíquet con el que pagarme la comida, aunque ella me había ofrecido uno de los suyos. Adela no me dijo más que lo que ya sabía, no me había llamado nadie pero, esta vez sin pensarlo siquiera, llamé al estudio de Nacho por tercera vez, y por tercera vez me estrellé con el silencio mecánico de su contestador, al que opuse esta vez un tono despreocupado y amable, como si antes no hubiera marcado nunca aquel número. Esta especie de improvisada, alegre confianza, duró lo mismo que la comida, en la que hablé por los codos y celebré cada chiste durante un par de segundos más de lo que su calidad merecía, mientras me reprochaba por dentro mi ridícula impaciencia, advirtiéndome que Nacho había quedado conmigo por la tarde, por la tarde y no por la mañana, y que por tanto, no había pasado nada todavía. Cuando volví a mi despacho, después de la reunión con Fran, Adela se me adelantó para informarme de que no había llamado ningún fotógrafo. A las cuatro y media dejé un mensaje seco, y no ocurrió nada. A las cinco y media volví a llamar, pero no llegué a despegar los labios. A las seis termina mi horario laboral. Permanecí inmóvil, como soldada a la silla, todavía media hora más, antes de advertirme que aquella llamada sena la última, y sin embargo, al llegar a casa, a las siete y cuarto, aún lo intenté otra vez, a la desesperada. Luego me desmoroné sobre el respaldo del sillón y cerré los ojos.