Ramón siempre me había parecido, sobre todo, un genio, pero de los de verdad, de los auténticos. Cuando le conocí, yo era una simple teclista del departamento de Fotocomposición, y él venía del Área de Informática, donde se dedicaba básicamente a hacer chapuzas —diseñar modelos de facturas y papel de correspondencia, programar para Contabilidad, ajustar diversas bases de datos a las necesidades de cada cargo intermedio—, un trabajo tan sórdido y deprimente que no se lo pensó dos veces cuando le sugirieron que montara un departamento de Autoedición dentro de la casa. Yo tampoco dudé al enterarme de que andaba seleccionando personal. Al terminar la prueba, sólo me hizo dos preguntas.
—¿Te dan miedo los ordenadores?
—No —contesté—. A–al contrario, me gustan.
—Ya, pero supongo que nunca has jugado en una máquina de videojuegos de un bar.
—¡Cla–aro que sí! —protesté con vehemencia, una fracción de segundo antes de sospechar que estaba metiendo la pata—. Bueno, a veces… A–al Tetris y al Comecocos, sobre todo,
Entonces me contrató, y desde el primer momento me di cuenta de que lo tenía todo en contra, y precisamente por eso —y porque era muy moreno, muy miope, muy rechoncho, muy torpe con las manos y absolutamente encantador, y sobre todo eso, un genio— decidí viajar en la cubierta de su mismo barco, exponiéndome de cuerpo entero a los tomates y a los huevos podridos. Toda la casa esperaba que Ramón fracasara. Mis antiguos jefes de Fotocomposición —que no querían depender de nadie—, los responsables de producción —que se llevaban comisión de las fotomecánicas y las imprentas—, los editores de libro de texto —que no tenían ni idea de las nuevas tecnologías ni ganas de tenerla—, los maquetistas y diseñadores —que no estaban dispuestos a reciclarse—, los editores gráficos —que se negaban a manipular las ilustraciones desde un teclado—, y hasta los de Administración —porque para montar la primera pecera nos habíamos comido la mitad de su espacio—, es decir, aproximadamente todos los trabajadores del grupo, dedicaban la mayor parte de sus horas muertas a conspirar junto a las máquinas de café, haciendo quinielas sobre la fecha aproximada de nuestra ruina, calculándola, invocándola, paladeándola por adelantado.
Pero cuando los dos ya habíamos pasado por encima de toda clase de averías extravagantes, y habíamos comprobado la inutilidad esencial de todos los diccionarios informáticos del mercado, y habíamos aprendido que las fuentes que hacían falta nunca se comercializaban en España y había que pedirlas con dos meses de antelación al Valle de Adobe —California, USA—, y habíamos invertido fines de semana enteros en descifrar manuales ininteligibles para traducirlos de verdad al español, y nos habíamos roto la cabeza varias veces para inventarnos boliches, flechas diagonales, manitas con el dedo estirado, estrellas de siete puntas —no valían las de cinco, mira por dónde, ni valían las de seis, ni valían las de ocho— y cualquier otro tipo de putada gráfica que nos hubieran
encargado desde cualquier departamento esa pandilla de cabrones que así se consolaban de no haber podido desnucarnos a pedradas, en resumen, cuando tuvimos claro que íbamos a triunfar, Ramón consiguió que me subieran de categoría, y en el primer momento de paz, empezó a hablarme en un tono en el que nadie se había dirigido a mí jamás.
—Tú sabes de sobra que esto es el futuro. Marisa, nosotros no hemos hecho más que empezar.
Solía arrancar así, hablando lentamente con un acento neutro, informativo, casi profesoral, como una bandera blanca entre las manos de un soldado desarmado.
—Dentro de poco, quizás hasta antes del 2000, en diez años, a lo mejor sólo en cinco, todas las editoriales de este grupo, y las de fuera, y hasta las independientes, habrán montado su propia Autoedición. Es más barato, es más rápido, es más directo, es mejor, lo mires por donde lo mires, y en informática los precios no hacen más que bajar, es de cajón, no te estoy contando nada nuevo…
Entonces empezaba a calentarse, y me miraba a los ojos como si pretendiera disolver mis pupilas con las suyas, y yo todavía le escuchaba con atención, aunque el desaliento se abría paso en mi interior a toda prisa.
—Yo no voy a dar abasto aquí, en cuanto me den Texto y Grandes Obras, y te advierto que ya se nos están viniendo encima, estaré prácticamente colapsado, no voy a poder con más cosas, y antes o después, por más que les joda, tendrán que contratar a gente nueva, para montar departamentos nuevos. Y no todos están jodidos, no creas. Fran Antúnez, la de Obras de Consulta, está a punto de caramelo, y lo comprendo, porque para hacer diccionarios esto es el Paraíso. Ése es el tema, Marisa.
Normalmente, esta última frase me advertía que el ataque había comenzado, y yo me defendía moviéndome hacia atrás, para que él compensara la distancia con naturalidad, avanzando hacia mí, muy despacio.
—Yo no voy a tener nunca una ayudante mejor que tú, pero prefiero mil veces trabajar a tu lado que verme compartiendo redes, fuentes, máquinas y sistemas con cualquier gilipollas engeminado que venga de hacer un máster de mierda en la otra punta del mundo y que no sepa un carajo, porque no saben un carajo, tía, por lo menos de momento, tú los conoces, y esto no es una carrera universitaria, esto es un misterio, y digan lo que digan los manuales, cuando un ordenador se cuelga, lo que hay que hacer es apagarlo, irse a tomar un café y encenderlo otra vez, y entonces el hijoputa anda…
Me daba miedo oírle, porque sabía que tenía razón, toda la razón, y no podía desconfiar de él, porque al pensar en mi bien, salvaguardaba a la vez sus propias intereses, y era sincero. Ramón me veía como a una proyección de sí mismo, el recadero superdotado que vuelve el mundo del revés como se vuelve un guante, para triunfar y machacar desde arriba a quienes siempre creyeron tenerlo debajo. El sí, pero yo no podría, yo estaba segura de que no podría, yo no iría a ninguna parte sin su protección, sin sus instrucciones, sin su aplomo. Por mucho que insistiera, mi éxito jamás prolongaría el suyo, porque yo, sencillamente, nunca llegaría a tener éxito.
—Tú sabes muchísimo de cosas que sabe muy poca gente, y estás desperdiciada, porque dominas la práctica pero no conoces bien la teoría, y lo que tendrías que hacer sería ponerte a estudiar, pero ya, QuarkXPress, Ventura Publisher, Photoshop, McLink… ¡No me pongas esa cara, por favor! Tampoco son tantos, y estás harta de usarlos.
Al llegar aquí, yo ya cabeceaba como una histérica, desmenuzando el último residuo de mi serenidad, como un hilo que presiente que se va a romper, como una pila que intuye que se va a quemar, como mi propia lengua condenada, al adivinar que va a enredarse entre mis dientes.
—N–n–no, no, no, Ra–amón, de verdad —acertaba a decir después de un rato—. Yo no valgo pa–ara estudiar.
—¡ Ah!, ¿no?—insistía él, una expresión casi feroz en las puntas de su boca—. Pues yo creo que sí, tía, porque tienes mucha memoria, y eres muy lista.
—Yo n–no–no soy lista —cómo podría serlo hablando así, me preguntaba a mí misma siempre que me defendía de aquella entusiasta acusación—. Y no fui a la–a universidad…
—¿Y qué? Ya me contarás de lo que me ha servido a mí acabar Económicas para acabar metido
en la autoedición.
—Pero tú… Es distinto. Yo soy muy ma–ayor.
—Precisamente por eso. Llevas diez arios trabajando con ordenadores. Las máquinas te conocen, te quieren, te obedecen.
—Graa–acias, Ramón, pero no.
—¡Pero sí, tía, que sí! Hazme caso y piensa un poco. Ganarías mucho más, estarías mucho mejor, harías un trabajo más interesante, y te podrías ir de aquí a donde quisieras, porque dentro de un par de años vamos a estar tan cotizados como los cantantes de ópera, ya puedes estar segura, ser el primero tiene sus ventajas, ¿que no…? ¡Tiene que tenerlas, coño!