Luego sí. Luego salió de mí muy despacio, y pegó su cuerpo al mío, y me besó y me acarició con
una delicadeza que de alguna forma yo ya conocía. Entonces me di cuenta de que nunca me había acostado con un hombre de imaginación tan sucia, y nunca me había acostado con un hombre tan bien educado, y nunca, jamás, ni remotamente, me había atrevido a sospechar que existiera un hombre de imaginación tan sucia y tan bien educado al mismo tiempo. Aquel descubrimiento me dolió tanto como si el destino me hubiera clavado un puñal por la espalda, porque voy a perderlo, me avisé, aunque no quiera. Y ya estaba segura de que no quería.
—¿Tienes pan? —me preguntó, cuando yo ya estaba calculando qué fórmula elegiría para despedirse.
—¿Pan? —repetí, y tardé algún tiempo en conectar—. Sí, claro.
—Pues me comería in par de huevos fritos con jamón, ¿sabes? Yo los hago,
—Ni hablar —dije, rebuscando en el armario hasta encontrar una bata de raso estampada con pagodas y doncellas japonesas, que me pareció muy propia para la ocasión—. Los haré yo, porque tú seguro que me destrozas el teflón con la espumadera, y estoy harta de comprar sartenes…
—Te equivocas —me replicó, enfundándose directamente en los pantalones—. Soy muy cuidadoso… Pero si te empeñas en despreciar mis habilidades, siempre puedo poner la mesa.
Cuando terminó, se sentó en una silla, exactamente detrás de mí. Lo sé porque mientras ponía mis cinco sentidos en freír unos huevos perfectos, con la yema esponjosa, ni cruda ni pasada, y la clara bien cuajada, con un adorno de puntillas tostadas en los bordes, dijo algo que me obligó a volverme.
—Me gustas mucho, Ana.
Estaba sentado tranquilamente, desnudo de cintura para arriba, fumando y mirándome con los ojos muy abiertos. Yo no fui capaz de tanto, y devolví la vista a la sartén, apostando conmigo misma a que se me rompía la última yema, antes de corresponderle.
—Y tú me gustas mucho a mí —dije, mientras sacaba el cuarto huevo ileso del aceite.
—¡Qué bien! —resumió cuando llevé los platos a la mesa, aunque nunca he sabido si estaba glosando mi confesión o celebrando la aparición de la comida, que despachó deprisa, pero con evidente placer.
Después recogió la mesa muy cuidadosamente, apilando los platos en el fregadero con los vasos y los cubiertos encima —eso tuve que reconocerlo en voz alta—, llenó la jarra de agua antes de devolverla a la nevera junto con el recipiente del jamón, y se apoyó en la pared, frente a mí.
—Pues podemos volvernos a la cama, ¿no?
A aquellas alturas, menos atónita que maravillada por la facilidad con la que fluía, a un ritmo sereno, pero sin pausas, mi particular versión de esa especie de guión universal en el que ya había perdido toda esperanza de obtener un papel que no fuera secundario, fui incapaz de articular una respuesta ingeniosa. Cuando me levanté, con una sonrisa en los labios, él salió de la cocina y le seguí sin decir nada. Eran más de las dos de la mañana, y al quitarme la bata tuve frío. Me lancé sobre la cama como si me zambullera en una piscina, el mismo gesto apresurado y torpe, y él, que estaba tendido de perfil, contemplándome con una sonrisa divertida, tiró de mí hacia sí antes de que yo hubiera tenido tiempo de buscarle bajo las sábanas. Entonces me di cuenta de que nuestros últimos movimientos, los huevos fritos, su propuesta de volver pronto a la cama, mi silencio al seguirle por el pasillo, ese impulso automático de apretarse contra el otro para entrar en calor, podrían corresponderse exactamente con la rutina cotidiana de una pareja que llevara muchos años compartiendo la misma casa, el mismo tiempo, el mismo sistema para emplearlo, una pareja satisfecha, armoniosa, quizás incluso feliz. No me atreví a estar segura de que eso fuera una buena señal, pero la placidez con la que lograba abandonarme en los brazos de un hombre que apenas doce horas antes era un simple contacto laboral ni siquiera me asustaba.
—Cuéntame algo más —dijo entonces.
—¿Más?
—Sí, me gusta mucho escucharte.
—Pues no sé…
—Por ejemplo. ¿Tienes hermanos?
—Tres, dos chicas y un chico.
—¿Cómo se llaman?
—Mariola, Antonio y Paula.
—¿Mariola es la mayor?
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo soy la tercera—sonreí—. ¿Qué, es muy interesante?
—Muchísimo.
—¿Y tú?
—Yo soy el primogénito de ocho hermanos, seis varones y dos mellizas.
—¡Qué barbaridad!
—Me gustas mucho, Ana.
—Y tú me gustas mucho a mí.
—Estás buenísima, y me encanta cómo hablas…
—¿Cómo hablo?
—No lo sé exactamente, pero tienes una forma especial de contar las cosas.
—Nunca me lo habían dicho.
—¿No? Bueno, si sólo te has relacionado con gente como tu ex marido tampoco me extraña.
—¿Y cómo es mi ex marido?
—Gilipollas.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque lo sé.
—¿Y por qué lo sabes?
—Porque es tu ex marido.
—¿Te molesta la idea?
—¿De que tengas un ex marido? —asentí con la cabeza—. Claro que sí. Muchísimo.
—No me lo creo.
—¿Por qué? —rió—. ¿Te molesta que me moleste?
—No, claro que no —hice una pausa para anticipar que iba a ser sincera—. Me gusta… Aunque tú tienes una mujer.
—Sí, pero a mí me gustaría que te molestara.
—Me molesta.
Celebró mis palabras con una sonrisa peculiar, la expresión de un niño indeciso entre una travesura y una gamberrada.
—A mí también.
—¡Anda ya!
—En serio… ¿Sabes una cosa, Ana?
—¿Sabes una cosa tú?
—¿Qué?
—Que tienes mucho morro.
—Sí, eso es verdad. Pero también tienes que reconocer que soy encantador.
—Eres encantador.
—Te voy a echar otro polvo. Ahora mismo.
—¿Qué?
—Ésa es la cosa que quería decirte antes. Bueno, si no te parece mal.
—No, no me parece mal —admití—. Incluso me parece muy bien.
No sé si la segunda vez fue mejor que la primera. Sé que todo fue más lento, aunque no exactamente más tranquilo, sé que sus ojos no cambiaron, aunque en el preciso hueco del asombro brotara una luz distinta, la risueña complacencia con la que su mirada convirtió mi cuerpo en un
paisaje conocido, y sé que su avidez no disminuyó, sé que incluso creció, aunque mudó de signo y de ambición para hacerse mucho más profunda, más global, y sin embargo sí ocurrió algo nuevo e importante dentro de mí, porque en algún momento empecé a escuchar un sonido pequeño y rítmico, el eco del cabecero de la cama, que celebraba jubilosamente cada embestida de mi amarte a pesar de los tornillos que lo mantenían unido a la pared, un repique discreto, incesante. como un código íntimo, una canción extraña que antes se me había escapado y ahora colonizaba sin esfuerzo mis oídos para advertirme qué estaba pasando exactamente, para obligarme a comprender que por encima de la sorpresa, de la emoción, y hasta de ese inconcreto bienestar gaseoso que sólo necesitaba reposar unas cuantas horas para convertirse en un auténtico enamoramiento, yo estaba follando con aquel hombre, y su cuerpo estaba dentro del mío, y se movía, y nunca aquel gesto me había parecido tan brutal porque nunca lo había sentido como un destino tan necesario, y entonces el sexo se impuso sobre todo lo que había ocurrido antes, y ya no me hice más preguntas, el futuro dejó de esperarme al cabo de unas pocas horas, su vida y la mía dejaron de existir más allá de la frontera de las sábanas, y en lugar de esperarlo blandamente, como un don, como una gracia, como un regalo inmerecido, me concentré en perseguir mi propio placer sin calcular ninguna consecuencia, ni siquiera la dosis de generosidad que encierra esa clase de egoísmo, y nunca mi imaginación había sido tan sucia, y nunca me había costado menos comportarme como una chica bien educada, y nunca, jamás, ni remotamente, me había atrevido a sospechar que pudiera llegar a convertirme en una mujer con la imaginación tan sucia y tan bien educada al mismo tiempo, y estoy segura de que eso me unió a él más que ninguna otra cosa de las que habían sucedido, de las que habíamos dicho, de las que habíamos hecho aquella noche.