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No tuve suerte. Antes de llegar a la pecera, escuchaba ya sus gritos, el innovador método al que recurría últimamente para resolver sus problemas, que por otro lado eran muchos, porque Ramón y ella se habían convertido en una especie de sabios brujos con mano de santo a los que recurría cualquier empleado de cualquier departamento cuando las máquinas se volvían locas.

—¿Qué pasa? —dijo al verme, a modo de saludo, y crucé los dedos.

—Marisa, por favor, tengo que hablar un momento contigo —murmuré, mientras dirigía una temerosa mirada al ordenador destripado que yacía encima de su mesa, para consolarme inmediatamente después, al darme cuenta de que no era el suyo—. Es una emergencia…

—¿Otra? —me preguntó, con cara de susto—. ¡Qué lunes llevo, Dios mío, qué lunes…! Ha–as vuelto a meterle al PhotoShop pa–aráme–tros imposibles, ¿verdad?, como si lo viera. Y se te ha colgado el sistema, ¿no? Claro. Te tengo dicho que un escá–aner no es una cafetera, tía, hay que tratarlo con cuidado…

—No es eso, no es eso… —tiré literalmente de su brazo para arrastrarla conmigo hacia un rincón — -. A mi escáner no le ha pasado nada. Por lo menos de momento… —añadí, al pensar que Mari Pili llevaría un rato ya hurgando a sus anchas en mi mesa—. Pero a mí sí…

—¿Qué, a ver? —dijo inmediatamente, como si llevara horas esperándome.

—Pues es que… Este fin de semana me ha pasado una cosa tremenda, tremenda… —cogí aire y lo solté de golpe—. Me he enamorado.

—¿Qué? —repitió, mirándome con una expresión cercana a la que habría adoptado si acabara de confesarle que tenía un cáncer.

—Que me he enamorado.

—¿De un tío?

—No, del arte barroco… ¿Tú qué crees?

—Pero… ¿tú?—estaba absolutamente perpleja—. ¿A–así de claro?

—Así de claro.

—¡ Joder! —se quedó callada, como si necesitara masticar despacio mis palabras y de repente se echó a reír—-. ¡ Joder, joder, joder!

—Sí —añadí sin poder evitarlo, riendo yo también—, la verdad es que eso ha tenido algo que ver…

—¡Mira, n–ni me lo digas! —chilló, apoyando el dorso de su mano derecha sobre la frente para fingir que estaba al borde del desmayo—. Eso no me lo digas siquiera. ¡Serás puta, cabrona, a–asquerosa, suertuda de m–inierda…!

—Llámame lo que quieras, pero ponte en mi lugar.

—Ya–a me gustaría.

—No. en serio… Tengo a Mari Pili esperando en mi despacho y no puedo cargar con ella, Marisa, no puedo, te juro que no, hoy no, esta semana no… Cámbiamela, por favor, cámbiame esta semana por la próxima que te toque y te lo agradeceré hasta en la hora de mi muerte, seré tu esclava, haré lo que tú quieras, te lo juro, te lo juro… Hace demasiado tiempo que no me monto en

una nube, Y no me quiero bajar tan rápido, no quiero, no puedo, no sería justo.

—Pero es que estuvo conmigo la semana pa–asada. Va a pa–arecer muy raro…

—Dile a Fran que ha mejorado mucho, que está muy dotada para la informática…

—Pero si es completamente tonta —aceptó mi sugerencia igual que si acabara de contarle un chiste—. Y ella lo sabe de sobra, es su cuñada. No se lo va–a a creer.

—Bueno, pues dile que esta semana tienes muchísimo trabajo y que te viene muy bien un ayudante…

—No se lo va a creer tampoco, pero… —se quedó un momento en silencio, mirando hacia arriba sólo con los ojos, como si todavía estuviera calculando algo que yo sabía que ya estaba decidido— Vale. Ca–argaré con Mari Pili… con una condición.

—Lo que tú quieras, ya te lo he dicho.

—Tienes que contármelo. Todo. Lo a–antes posible.

—Desde luego —ya contaba con esa especie de ineludible peaje—. ¿A la hora de comer te parece bien?

—Estupendo. Y una cosa más, para ir a–abriendo boca… ¿Le conozco?

—¿A él?

—No, a–a mi padre…

—Sí que le conoces.

—¿Y quién es?

Mi primera respuesta fue un ataque de risa nerviosa. Después, todavía intenté ganar un poco de tiempo.

—Es que no te lo vas a creer.

—¡Pero qué dices, tía! A esta–as alturas yo ya me creo lo que me cuen…

Muy bien, tú te lo has buscado, dije para mis adentros antes de interrumpirla sin más preámbulos.

—Javier Álvarez.

— ¡¿Qué?!

Si le hubiera confesado que me acababa de acostar con Dios, sus ojos habrían reflejado el mismo purísimo estupor, pero ni una gota más del que pude contemplar en aquel instante. Luego se frotó la cara con las dos manos, como preparándose para lo que le faltaba por conocer, y recordé en voz alta mi advertencia para sugerirle que, a pesar de todo, podía entender muy bien su asombro.

—Ya te dije que no te lo ibas a creer…

—¿Pero lo estás diciendo en serio?

—No he dicho nada más en serio en toda mi vida.

—Ja–avier Álvarez… El único que yo conozco, o sea, el riguroso autor…

—Ese mismo.

—¡Joder…! —y me miró como si las dos nos hubiéramos vuelto locas—. Mándame a la tonta esa, anda, que al final hasta voy a a–acabar haciendo un buen negocio…

—Muchas gracias, Marisa —le di dos besos para cerrar el trato.

—Na–ada de gracias —me advirtió—. A la hora de comer te espero.

Mari Pili hizo como que lo entendía todo y aceptó el cambio de planes sin protestar. La acompañé hasta la puerta con una profunda sensación de alivio, aunque su irrupción hubiera desbaratado irremediablemente ya el milagro de aquella mañana, porque el simple hecho de haber tenido que contarle a Marisa lo que había ocurrido, por muy escueta que hubiera sido nuestra conversación, había trazado una línea nítida, implacable, en mi confusa percepción del tiempo, y mi historia con Javier, que había seguido sucediendo en presente hasta el instante en que la cuñada de Fran empujó la puerta, ya era eso, una historia, algo sucedido en el pasado y tal vez completo, circular, acabado, un puro recuerdo prematuro. Sólo de pensarlo, sentí que me quedaba sin aire.

Cuando regresó, el jueves a la hora de comer, ya había desechado de golpe todas mis preocupaciones previas acerca del futuro, clasificándolas como las indeseables consecuencias de

una neurosis típicamente femenina y precisamente por eso impropia de mí. El lunes por la mañana, la llegada del avión procedente de Santander que desembarcaría en Barajas a una mujer borrosa, acompañada de dos niños igual de inconcretos, y un perro al que conocía mucho mejor, gracias al riguroso parecido físico entre todos los individuos de su misma raza, me parecía un destino lejanísimo, una fecha tan astronómicamente distante que bien podría no llegar a cumplirse nunca. Esa sensación se prolongó durante todo el viernes, y alcanzó también al sábado, mientras apuraba cada momento como un regalo y el lunes se perfilaba como una meta distinta, un lugar al que llegar, y no en el que separarse. El domingo, en cambio, contagiada quizás de la intrínseca tristeza de ese día de despedidas, sí fui capaz de comprender lo que se me venía encima, y hasta me atreví a lanzar una pregunta oblicua sobre sus planes más inmediatos que él comprendió perfectamente, aunque prefiriera contestarla sólo a medias.

—Y por cierto… —le interrumpí, mientras se quejaba entre risas de no haber dedicado ni un solo minuto del puente a empezar a leer una tesis doctoral de cuatro tomos sobre la evolución morfológica de la meseta meridional, un proyecto muy interesante, según él, cuyo tribunal estaba convocado para el siguiente jueves— ¿qué vas a hacer con Los Monegros?