—¡Que no! —parecía furiosa—. Es imposible.
—¡Que sí —y consiguió enfurecerme a mí—, joder, Rosa, qué quieres que te diga!
—Porque no te has dado cuenta, porque has tenido mucha suerte y ha pasado todo muy deprisa, pero yo te digo a ti que el enamoramiento es un proceso muy lento.
—Será a veces… —concedí, sin atreverme a decirle que ya estaba bien de que intentara manipular cualquier cosa que sucediera a cualquier hora de cualquier día en cualquier parte del mundo para justificar su obsesión por Nacho Huertas.
—Siempre.
—Ni hablar.
La discusión acabó de golpe, cuando Marisa decidió volver al mundo para hacerme la única pregunta que no podía contestar.
—¿Y qué vas a ha–acer ahora?
La había comprendido perfectamente, pero no quise admitirlo tan deprisa.
—No te entiendo —musité.
—Pues sí, es muy sencillo —hablaba alto y claro—. ¿Qué vas a ha–acer? ¿Vas a buscarle, vas a pasar de él, vas a esperar a que él te llame, va–as a llamarle tú?
—Te lo vas a encontrar aunque no quieras —intervino Rosa—, dentro de diez días… En la fiesta de la editorial, ¿no te acuerdas? Todos los autores están invitados. Él también, seguro. Y Nacho. Espero que venga…
Ella cruzó los dedos mientras yo sentía que las alas de un ángel misericordioso me elevaban sin esfuerzo hasta el techo del comedor, y estuve a punto de besarla sólo por tener tan buena memoria mientras recuperaba en un instante la información que nunca tendría que haber olvidado, un rito anual, la fiesta de la editorial, en la azotea del edificio, un par de semanas antes de que empezara la Feria del Libro, barra libre y música bailable, era muy divertida y siempre venía todo el mundo, todos los autores venían, siempre…
—Te lo digo porque es lo único que importa de verdad en este mundo —Marisa insistió, su frente súbitamente sombría—. Y yo lo sé, porque todo lo demás lo tengo. Tengo una casa, tengo trabajo, gano dinero, me sobra el tiempo libre, estoy conectada a la red, voy mucho al cine, ya te digo… Pero duermo sola por la–as noches. Y eso es lo mismo que no tener n–nada.
Sus dos últimas frases se quedaron prendidas en el aire, para planear sobre nuestras cabezas como una extraña suerte de amenaza.
Pero, a veces, las cosas cambian.
Ya sé que parece imposible, que es increíble pero, a veces, pasa.
Dormir sola por las noches es lo mismo que no tener nada.
Ahora la frase me suena bien. Parece inteligente, concisa y verdadera, casi impropia de mí, porque cuando pienso no tartamudeo, pero un instante después de pronunciarla a bocajarro, sin haberme parado a meditar el sentido de cada palabra, me di cuenta de que nunca, nunca, ni siquiera en las largas conversaciones que sostengo conmigo misma, me había atrevido a definir así la esencia de la vida, y me molestó más aquel extravagante acceso de brillantez que no haber sido jamás brillante antes. Por aquel entonces, ya había asumido la crueldad de la paradoja a la que estaba abocada desde que el cielo decidiera concederme de golpe, abruptamente, en una sola dosis, la única gracia que me había atrevido a pedir durante años. Las cosas habían cambiado por fin, desde luego, eso era indiscutible, pero ni siquiera me quedaba el consuelo de reprochárselo vagamente al azar, porque yo había sujetado sus riendas con firmeza entre mis manos. Fui yo quien aplastó a Forito contra la fachada del hotel Ritz. Yo le besé.
Aquélla fue la primera noche que no pasé sola en mucho, muchísimo tiempo, pero también fue la primera noche que pasé casi en blanco desde una fecha incluso anterior a la víspera de aquel lejano viaje de regreso desde Túnez. Soy una máquina de dormir, y sin embargo el sueño me esquivó un minuto tras otro para tejer horas cada vez más largas con una paciencia ruin y exasperante. Soy una mujer sin intuición, y sin embargo aquella indeseable vigilia desplegó ante mis ojos, abiertos en la oscuridad, súbitamente sagaces, el mapa detallado y minucioso del conflicto imposible y vulgar al mismo tiempo en el que se han consumido ya muchos días que han vuelto a ser iguales otra vez, porque ninguno de ellos me ha consentido hallar una salida.
Forito, tan impecable como el más insignificante de los actores secundarios cuyo oculto talento hubiera escogido el destino para depositar entre sus manos el único papel capaz de consagrarlo definitivamente, dormía a mi lado con el silencioso, profundo abandono de un niño dormido. Pero ni siquiera los ronquidos y los carraspeos que aceché en vano mientras intentaba mecerme en el ritmo exacto de su respiración, habrían hecho las cosas más fáciles, porque todos mis demás cálculos habían fallado estrepitosamente. Los repasé despacio, uno por uno, mientras desplegaba una ironía aún amable, tibiamente complaciente con mis propios errores. La verdad es que, durante el breve tiempo en que pude pensar, pensé solamente que estaba equivocando todos mis pasos, que cada beso, cada abrazo, cada gesto más o menos brusco, más o menos estudiado para expresar un deseo aún inconcreto, que crecía solamente hacia dentro, era apenas un tramo sucesivo del largo callejón sin salida donde se acaban estrellando las pobres ilusas que aspiran a seducir a un alcohólico. Y cuando descubrí al fin que el único axioma bueno es el axioma cojo, ya no podía pensar, porque todos los alcohólicos serán impotentes, pero Forito, que después de todo no debía de ser tan alcohólico, me estaba enseñando ya que Fernanda Mendoza, buah, no veas, por poco que le quisiera, ya te digo, no le había querido sólo por su cuenta corriente.
Yo nunca he tenido éxito con los hombres, ésa es la verdad. Pero también es verdad, y de eso estoy segura, que aquella vez tuve éxito, porque muy pocos hombres son capaces de hablar, de acariciar, de querer a alguien, como Forito me quiso a mí mientras me convertía en la suprema emperatriz del universo, una protagonista de novela, una estrella de película, un personaje soñado en tantos fines de semana consumidos a solas, a base de novelas y de películas. Y a lo mejor, si hubiera sido un hombre apasionante, guapo, inteligente, prestigioso, capaz de follar tres veces en cuatro horas, esa sabia manera de llamarme chata, cielo, corazón, su tembloroso culto de una ternura antigua, una ejecución tan virtuosa de la desfasada partitura del caballero español, quizás habrían estado de más, pero yo nunca me he acostado con hombres apasionantes, y a estas alturas de la vida, sé ya que nunca lo haré. El problema es que me sobran razones para sospechar que no
volveré a encontrar un hombre como Forito. Y que a pesar de todo, por mucho que abomine de mí misma cada vez que lo pienso, por muy miserable que me sienta, por mucha vergüenza que me dé reconocerlo, Forito sigue siendo un problema para mí.
Eso fue lo que me quitó el sueño. Eso y pensarme a mí misma, pensarlo a él, recorriendo los pasillos de la editorial, a la mañana siguiente, el borracho simpático e inútil, la tartamuda esa de los ordenadores, siempre hay un roto para un descosido, diría algún gracioso, tal para cual, y recordé las palabras de Ramón, nosotros somos pobre gente, Marisa, a nosotros nunca nos toca la lotería, ninguna lotería, y sin embargo, si Ramón hubiera querido acostarse conmigo, me habría sentido halagada, pero no quiso, y había querido éste, que había apagado la luz un instante después de sentarse en el borde de la cama para desnudarse a oscuras, que me había dado la oportunidad de imitarle en el otro extremo del colchón, y por nada del mundo habría querido yo que me viera desnuda, mi torso de niña avejentada, mis caderas de matrona ficticia, este culo injusto, inmenso, y mi piel fea, blanca pero no de porcelana, por nada del mundo habría querido yo enseñarle mis heridas y sin embargo eso es lo que más me cuesta perdonarle, que me incluyera en su propia compasión con aquel gesto inocente, que asumiera de antemano mi miseria fundiéndola a partes iguales con la suya, que le confesara al interruptor de la luz, cuando todo estaba aún por comenzar, cuando todavía no era necesario, que él y yo no éramos más que pobre gente. Tal vez, si hubiera llegado a contemplar su cuerpo, el sucinto andamiaje de piel y de huesos que no me atreví a hurtarle a traición, mientras dormía, mi memoria albergara un recuerdo más agrio de aquella noche en la que apenas conocí sus manos, descarnadas y largas, cálidas, y su boca de coñac, dulce y constante, y su sexo imprevisto, confiado, paciente, pero ahora, cuando ya conozco ese cuerpo tan bien que puedo verlo sólo con cerrar los ojos, sigo echando de menos la mínima audacia que tal vez no habría hecho más que empeorar las cosas.