No recuerdo siquiera cuándo fue la última vez que dispuse de razones tan poderosas para comprenderme a mí misma, y sin embargo sé que nunca me he comprendido menos que ahora, porque nunca la conciencia de lo que soy ha llegado a alcanzar un precio tan alto, nunca un tajo tan profundo me ha partido por la mitad tan limpiamente. Porque es injusto, y es mezquino, y es terrible, pero me cuesta mucho trabajo aceptar que el hombre de mi vida vaya a llamarse al final Carpóforo Menéndez, un nombre tan ridículo, y sin embargo sé que no voy a encontrar nada mejor, y que dormir sola por las noches es lo mismo que no tener nada, y lo que más me duele, lo que me avergüenza hasta en la esquina más oscura de la piel del alma, es que sólo por pensar lo que pienso, sólo por sentir lo que siento, sé que soy indigna de él, y sin embargo no puedo hacer nada por evitarlo.
Abomino de Alejandra Escobar, mujer de mundo, criadora de pájaros en cabeza ajena, pero sé también que Alejandra Escobar nunca ha existido.
Rescaté aquel folleto de la montaña de correspondencia atrasada que se había ido amontonando en la mesita del recibidor desde el día en que murió mi madre. Un par de semanas después del entierro, cuando me impuse la obligación de poner orden en sus papeles, me sorprendió aquella foto de playa con palmeras que habría jurado no haber visto nunca antes, y el nombre impreso en la etiqueta adhesiva, que no era el mío, sino el de otra María Luisa que ha vivido siempre en el piso de arriba y a la que nunca hubiera supuesto yo tan cosmopolita. Por eso lo hojeé, y porque me intrigaba el escueto rótulo que flotaba como una isla postiza en el horizonte azul de un mar maravillosamente falso, tan intenso que parecía pintado con guache. Club Mediterranée, leí. Pero entonces yo no estaba para lujos.
Unos meses después, sin embargo, cuando varias visitas al notario y una mutación de varios ceros en el estado de mi cuenta corriente me convencieron por fin de que era moderadamente rica, fue precisamente la promesa de un lujo que parecía de pronto tan razonable lo que me decidió a conseguir mi propio ejemplar. Me enfrentaba a las primeras vacaciones auténticas que disfrutaría en
mi vida, un mes entero para mí sola, sin responsabilidades, sin remordimientos, sin la tenazmente cultivada necesidad de llamar todos los días a Madrid temiéndome lo peor, para encontrarme en efecto casi lo peor al otro lado del teléfono, los suspiros de mi madre, sus quejas apagadas, ¿cuándo vas a volver?, esta enfermera me tiene manía, no tardes tanto, por favor, me voy a morir cualquier día de éstos… La verdad es que hasta entonces siempre me había tentado la distancia, irme lo más lejos posible por la menor cantidad de dinero posible, pero ya estaba harta de viajar de mochilera, en programas de agencias de viajes exóticos a precios sorprendentes que al final nunca resultaban serlo tanto, arriesgadas expediciones que no se podían afrontar sin toallas, insecticida y alcohol para desinfectar las bañeras, y en las que cada año mi edad me descolgaba un poco más del espíritu del grupo, porque nunca lograba convencer a nadie para que me acompañara, y mis accidentales compañeros de viaje eran apenas universitarios, cada año más jóvenes, más pandilleros, más proclives a tratarme con el cariño que se reserva a una madura tía soltera. Por eso pensé que tal vez me merecía un discreto barniz de glamur, una playa con palmeras, un bungalow individual, cócteles en corteza de pina, animación nocturna, esquí acuático, sol, cigalas, y un par de pareos nuevos. En la oficina del club —porque esto es mucho más que una agencia de viajes, me explicaron nada más entrar—, me informaron de otros detalles que acabaron de convencerme. Daba igual que viajara sola porque era muy fácil hacer amistades. Para las comidas, se distribuía a los residentes en mesas de ocho comensales, y casi todas las noches se celebraban bailes, concursos, barbacoas y diversiones de todas clases. Nuestros clientes, me dijo la azafata, tienen un nivel económico medioalto, muchos son profesionales libres, ejecutivos, funcionarios de alto rango, gente culta en general, distinguida, y el descanso está asegurado. Las posibilidades, entre hacer turismo y tumbarse a leer al sol, son infinitas, me aseguró, y dependen solamente de las necesidades de cada cual.
Elegí Hammamet. un club mediterráneo situado en la costa de Túnez, por el clima, por la playa, y por la belleza del lugar que aparecía en las fotos, y ninguna de estas cosas me defraudó. Me gustó el pueblo, que era precioso, y el recinto, mi bungalow, que parecía una casita de muñecas, la playa, espléndida, los cócteles servidos en recipientes previsiblemente exóticos, y hasta el despiste de nuestra guía belga, que me regaló el nombre y la memoria de Alejandra Escobar. La compañía, en cambio, no elevó mucho el nivel de los jóvenes mochileros, que al fin y al cabo eran muy simpáticos y me invitaban todo el rato a fumar canutos, detalle que contribuía a mejorar considerablemente mi humor durante la segunda mitad de aquellos descabellados viajes, que apuraba muerta de risa y comiendo galletas sin parar. Las drogas que estimulaban a mis nuevos vecinos eran muy diferentes. A mi izquierda, en la mesa, se sentaba una pareja de españoles tan insoportables que el primer día llegué a celebrar que ninguno de los restantes comensales hablara nuestro idioma, para no tener que pasar más vergüenza de la imprescindible. Él, que se engominaba el pelo hasta para ir a la playa, tenía ademanes de rey del mundo, y era empresario teatral en una capital de provincia bastante opaca, la verdad, aunque se comportara como si Broadway se le hubiera quedado pequeño. Su mujer juraba haber sido actriz en su juventud, y se asombraba mucho de que yo no recordara ni su nombre ni su cara, sobre todo siendo las dos de la misma edad, mentía candorosamente al final. Ahora le había dado por la astrología, detalle que fomentó su amistad con el elemento femenino de una pareja de franceses, tan insoportables como ellos, que se sentaban justo enfrente. Aquella fulminante alianza hispano–francesa partió felizmente la mesa por la mitad, dejándome a solas con dos italianos que bordeaban los treinta años, y un galés que estaba ya cerca de los sesenta.
Guido y Cario eran muy guapos y muy parecidos entre sí. De la misma altura, un metro ochenta más o menos, con el mismo corte de pelo, un rapado radical, casi militar, el mismo cuerpo lujoso, trabajado con mimo en un gimnasio hasta el sabio límite más allá del cual no se puede esconder este detalle, y el mismo buen gusto para vestirse, ambos trabajaban en la filial italiana de la misma multinacional de software, una empresa que yo conocía muy bien. Pero si esa circunstancia no hubiera animado una pintoresca conversación en dos idiomas desde el primer día, habría acabado
charlando con ellos de cualquier cosa, porque eran muy simpáticos, corteses y divertidos, a pesar de que no habían ido hasta allí precisamente para hacer amistades. Se tenían el uno al otro y les sobraba todo lo demás, hasta el punto de que no llegué a verles nunca fuera de las comidas, o mejor dicho, de las cenas. Por las mañanas, se iban a una playa nudista que estaba bastante lejos, a unos cuarenta minutos andando por las dunas, y no volvían hasta el atardecer. Por las noches, justo después del postre, se encerraban en su bungalow y nadie les veía el pelo hasta el desayuno de la mañana siguiente. Para bailes y diversiones, desde luego, los suyos, porque nadie se divertía tanto como ellos.
Jonah, en cambio, era una compañía bastante fúnebre, aunque fue lo más parecido a un amigo que llegué a hacer allí. Típico ejemplo de hombre hecho a sí mismo, había sido minero durante su juventud y, siendo siempre el mejor, me explicaba en un español incierto, había llegado a la cima. Sin embargo, cuando por fin le nombraron gerente de la mina y empezó a ganar dinero de verdad, a su mujer le diagnosticaron una cirrosis bastante avanzada. Se había quedado viudo cinco años antes y desde entonces el gran drama de su vida era el tiempo libre. Sus hijos le habían obligado literalmente a venir a Túnez, pero no podía pasárselo bien porque cada cosa que hacía, cada bocado que probaba, cada gota que bebía, le hacían pensar en su pobre Meg. A Meg le habría encantado esto, era su frase favorita incluso cuando me convencía de que jugara con él al dominó. Yo le escuchaba con ojos de luto mientras pensaba solamente en dos cosas, lo mucho que me habría gustado divisar los monasterios tibetanos tras una espesa niebla de humo de hachís, y que el día menos pensado iba a seguir clandestinamente a los italianos hasta su playa nudista para espiarles, y morirme de envidia, y divertirme un poco yo también, aunque fuera de lejos. Y si Said no hubiera aparecido, creo que habría acabado arriesgándome a hacerlo.