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Pero Said apareció, de improviso, el viernes de la primera semana que pasé allí, una noche tonta, como las cinco que habían transcurrido antes de aquélla, barbacoa con baile y juego de las sillas, y un montón de gente mayor sin sentido alguno del ridículo, dando saltitos y emborrachándose con una sola copa. Yo estaba apartada, con Guido y Cario, que excepcionalmente habían decidido pedir un whisky antes de esfumarse, y ellos lo vieron antes, una mancha blanca al fondo, entre los matorrales que delimitaban la piscina, y al principio sólo noté que se reían, que se daban codazos y de repente se abrazaban, un abrazo auténtico, estrecho, nunca les había visto abrazados, entonces Guido, que era el más fuerte, obligó a Cario a girarse para poder mirarme desde encima de su hombro, y me dijo algo que no entendí pero me obligó a fijarme con más atención en lo que sucedía, sólo entonces le vi, un hombre joven, moreno, que se había adelantado un par de pasos para que yo lo viera y desde lejos me miraba, y sonreía, y de repente lo entendí todo aunque no hablara italiano, adiviné que ellos lo habían visto primero, y les había gustado, y habían fingido una mínima comedia de celos hasta que se dieron cuenta de que él me miraba a mí, no a ellos, y estaban esperando a que hiciera algo, pero yo no sabía qué hacer, yo me quedé quieta, como clavada en la hierba, y no tuve tiempo para planear ningún movimiento, porque Guido soltó a Cario para venir hacia mí y darme un empujón, riendo, dai, Alessandra, dijo solamente, y yo eché a andar como un muñeco al que acabaran de darle cuerda.

—Buenas noches —el desconocido me saludó en español.

—Buenas —le respondí, distinguiendo en la penumbra sus ojos negros, relucientes, sus dientes blanquísimos—. ¿Por qué me miras?

Se echó a reír, desbaratando el aire con las manos, para hacerme entender que, aparte de la convencional fórmula de su bienvenida, no hablaba español, y repetí la pregunta en francés, mientras me atrevía a mirarle con más detenimiento y una punta de descaro para descubrir que los italianos no se habían equivocado. Era un chico guapo de verdad, no muy alto, pero más alto que yo, no tan joven, pero bastante más joven que yo, la piel oscura, pero brillante como un espejo, el pelo rizado, las manos bonitas y un cuerpo de niño grande bajo la camisa blanca, ancha, casi completamente abierta, y los pantalones blancos, limpios, más estrechos que ajustados.

—Pareces aburrida —me contestó por fin, en un francés bastante mejor que el mío—, y eso no

me gusta. Nuestra misión es que no se aburra nadie.

—¿Trabajas aquí? —le pregunté, sorprendida no tanto por no haberlo visto antes como por la precaución con la que había abandonado su escondite detrás del seto, un detalle que me indujo a pensar que se había colado saltando la verja.

—Claro. Soy el responsable de todo esto… —su dedo índice, extendido, hizo un gesto circular que pretendía abarcar todo cuanto nos rodeaba, y sólo entonces me fijé en que llevaba prendida sobre el bolsillo de la camisa una placa de plástico en la que me costó trabajo descifrar la palabra Entrenen.

—¡Ah! —exclamé, más para mí misma que para él, misteriosamente aliviada por el hecho de que en efecto trabajara en aquel lugar.

—Me he fijado en ti… —me confesó, con una naturalidad pasmosa—. ¿Por qué no bailas?

—Porque nadie me invita a bailar.

—¿El inglés no? —me di cuenta de que se refería a Jonah, y me eché a reír—. Me he fijado en ti —repitió, riendo él también.

—Ya lo veo…

—¿Quieres bailar conmigo?

Me prohibí terminantemente a mí misma pensar siquiera que podría contestar que no, y le cogí de la muñeca para conducirle a la pista de baile, pero él no quiso mover los pies del suelo.

—No, ahí no… —dijo—. Es mejor aquí. Aquí no nos verá nadie.

Al echarle los brazos al cuello, un instante antes de desaparecer con él detrás del seto, pude ver aún a Guido y a Cario, abrazados y sonrientes, haciendo gestos de ánimo con los brazos en alto, y de repente me sentí muy bien, muy segura, capaz de cualquier cosa, una súbita fortaleza que probó enseguida su eficacia, porque Said me sujetó entre sus brazos como si tuviera miedo de que pudiera salir volando, y pegó su cuerpo contra el mío hasta obstaculizar cualquier posible movimiento de mis piernas, y sólo después inició un dudoso simulacro de baile moviendo despacio la cintura al ritmo de la música que llegaba de muy lejos, tanto que no llegué a identificar la canción, una típica balada lenta de los años setenta, Noches de blanco satén, quizás, no lo sé, yo apreciaba su presión y seguía vagamente el balanceo que imprimían sobre mi cuerpo sus manos abiertas, una en el centro de la espalda, la otra mucho más abajo, deslizándose con cautela hasta lograr posarse encima de mi culo con una franqueza que me desconcertó. Entonces, como si cualquier objetivo ulterior hubiera estado supeditado a esa conquista preliminar, esencial, movió la cabeza y pensé que iba a besarme, pero hizo todo lo contrario, porque separó su cara de la mía, como si necesitara mirarme y, sin soltarme el culo, alargó la otra mano hasta mi cabeza para acariciarla muy despacio.

—Tienes un pelo muy bonito —susurró—, rubio, rubio…

Después sí me besó, y lo hizo como nadie me había besado desde que tenía catorce años, con nervios, con prisa, con una torpeza inmensa, su lengua presionando contra mi paladar como el puño de un náufrago desesperado, empujando con saña a mi propia lengua hasta negarle el menor lugar donde replegarse, hasta lograr que de repente me sobrara entera, igual que me sobraban mis dientes, mis encías, mis labios tensos, inútiles, toda mi boca, que no era más que una accesoria prolongación de su boca, todo mi cuerpo, que no era más que un asombrado pretexto de su ímpetu, el afán que me obligaba a la forzosa quietud de una estatua de cera. Aquella irresistible pasividad instaló en mis ojos una mirada ajena, alumbrando un foco de luz blanquísima bajo el que me contemplé con el mismo moderado y distante interés que me habría merecido aquella escena si su protagonista hubiera sido otra mujer, quizás la turista rubia, fea y sola que me había precedido una semana antes de mi llegada, o esa otra, tan parecida, que ocuparía sin duda mi lugar una semana después de que yo partiera. Las veía tan claramente como si las hubiera conocido desde siempre, biografías discretas, físicos discretos, ambiciones discretas, y la discreta elegancia de quien no tiene que cuidar de nadie excepto de sí misma, y lleva siempre los zapatos brillantes y el bolso medio vacío. Sabía que ésas eran sus presas favoritas, las más fáciles, porque se había fijado en mí, que era fácil, y sin embargo no entendía muy bien qué obtenía a cambio un hombre como él, y a la amable hipótesis de