Angel notó en aquella zona un cosquilleo cálido que la sacó de su extraño ensimismamiento. Entonces, se deshizo del brazo de Cooper y enderezó los hombros.
– Estoy bien, estoy…
Al volverse en busca de su bolso, descubrió la abandonada hamburguesa, llena de salsa de tomate.
El estómago volvió a decirle que no, tras lo cual miró a Cooper como queriendo responderle a una afirmación que él, callado, no había hecho.
– No creas que no puedo con esto -le advirtió.
– Claro que puedes -la alentó Cooper, sujetándola del brazo como si las rodillas de ella estuvieran a punto de fallar.
Y no lo estaban.
– Déjame que te ayude… -estaba diciéndole el hombre.
– ¡No necesito ayuda! Nunca me ha hecho falta -exclamó ella, llevándose una mano a la frente-. Me duele la cabeza, eso es todo; seguro que por la cantidad de verdura que he tenido que comer.
Él tenía su bolso. Se lo arrebató y, al hacerlo, a punto estuvo de perder el equilibrio, con lo que Cooper volvió a agarrarla.
– Bailemos -propuso insólitamente-. Alguien ha puesto una moneda en la máquina de discos. La que suena es mi canción favorita.
Angel prestó atención.
– ¿«Hakuna Matata» es tu canción favorita? -preguntó, incrédula-. ¿«Hakuna Matata», la canción de El Rey León?
– Calla -susurró él, estrechándola entre los brazos-. Ahora es nuestra canción.
– O sea, que nuestra canción es un dúo compuesto por un roedor y un cerdo -masculló ella-. Nos viene muy bien, sí.
A pesar de todo, Angel se dejó abrazar pues, a fin de cuentas, le dolía la cabeza. Cualquier cosa menos reconocer que «Hakuna Matata» era una canción simpática, o que no recordaba la última vez que había bailado ni cuándo había tenido la oportunidad de apreciar el aroma de una colonia masculina sobre una piel masculina en lugar de olfatear las muestras que encontraba en las revistas.
Bien pegado a ella y apoyando la barbilla en su mejilla, Cooper comenzó a tararear. ¡Así que tarareaba! Aquello era reconfortante.
La música hizo que Angel se abandonara en los brazos del hombre. Ella también silbaba en la intimidad, así que sentía cierta simpatía hacia quienes gustaban de tararear. Ella silbaba para fingirse más fuerte de lo que en realidad era, y quienes tarareaban, para expresar satisfacción.
Cerró los ojos. Era agradable pensar que a Cooper le gustaba tenerla entre los brazos.
Se olvidó de todo lo demás y permitió que aquel pensamiento la arrullase, que él, con los brazos, la sujetase y se encargase de moverse por los dos. Y, estando sumida en algo parecido a una cálida neblina, notó una súbita oleada de aire fresco. Abrió los ojos y al instante comprobó que Cooper la había conducido al exterior y que estaba abriendo la puerta del copiloto de su todo terreno.
– ¿Qué pretendes? -inquirió, boquiabierta-. Tengo mi propio coche.
Él le quitó el bolso y lo lanzó al interior del vehículo.
– Mañana, si quieres, venimos a buscarlo.
– No… Pero ¿qué haces? -En lugar de prestarle atención, Cooper la alzó y la acomodó en el asiento-. Tengo mi propio… -Entonces la puerta se le cerró en las narices.
Mientras lo veía montarse en el lado del conductor, Angel advirtió que estaba más sorprendida que enfadada.
– ¿Qué está pasando? -preguntó.
– ¿Cuándo fue la última vez que comiste? -contraatacó él.
– ¿La última vez? -Angel sacudió la cabeza-. No lo sé, pero eso…
– Tengo por ahí un periquito que pesa más que tú -la reconvino él-. Hoy no te he visto en el comedor, ni a la hora del desayuno ni a la de la comida, y luego por poco te desmayas en el bar. Por Dios, ¡si mientras bailábamos estabas en Babia! Ahora mismo te llevo de vuelta a Tranquility House para que comas algo antes de que te caigas redonda.
– Si ya tengo comida… -protestó ella, señalando el lugar que acababan de dejar.
– No.
Angel volvió a intentarlo.
– Mi hamburguesa…
Él la interrumpió con un aspaviento impaciente.
– No me hagas reír. Eso no es comida en condiciones.
– Pero…
– Por favor, Angel, cede un poco. Déjame que te cuide, aunque solo sea por esta vez.
«Aunque solo sea por esta vez.» Angel midió la determinación que percibía en la expresión de Cooper.
Pensándolo bien, tenía razón: estaba hambrienta y cansada, y no quería seguir peleándose, ni con él ni consigo misma.
– Está bien.
Permitir por un rato que alguien llevara las riendas por ella no implicaba que la situación se le estuviera yendo de las manos.
Los dos juntos asaltaron la cocina de Tranquility House; bueno, en realidad fue Cooper quien la asaltó mientras ella esperaba. Decidió que aquello era muy agradable, y más aún que él estuviera sentado a la mesa frente a ella, compartiendo un plato de lasaña de berenjena recalentada. Ambos acabaron de comer al mismo tiempo.
Relajada y con el estómago lleno, Angel miró a Cooper y sonrió.
– Nos hemos olvidado de algo -le recordó él con dulzura.
Angel sonrió perezosamente.
– ¿De qué?
Cooper adelantó las dos manos y las hundió en los cabellos de ella. Los reflejos de Angel también debían de estar adormecidos, pues la mujer no mostró el más leve indicio de protesta.
– El postre -susurró él, rozándole los labios.
9
Eso es, postre, pensó Cooper, mientras los labios de Angel acariciaban los suyos. Estaban calientes, eran dulces y sabían a algo que no estaba dispuesto a dejar escapar. No aquella noche.
Cooper alzó la cabeza para tomar aire. La mujer tenía los ojos entornados y los labios enrojecidos por el beso. Hacía ya una semana que lo llevaba de cabeza, entrando y saliendo del refugio con aquellos vestidos de chica de ciudad y faldas cortas, en actitud decidida. Dios, cómo envidiaba su seguridad. Y además era preciosa. Realmente preciosa.
Durante aquellos días se había mantenido alejado de ella, convenciéndose de que debía aceptar su vida monacal e intentando apartar de su mente las fantasías de cubrirle las piernas con rodajas de embutido y comérselas una a una. Pero por el amor de Dios, había dejado el tabaco, la cafeína y la adrenalina que le proporcionaba su trabajo. Era evidente que tenía el control suficiente sobre sus apetitos para consentirse probar algo más de ella.
– Ven aquí -le ordenó mientras introducía los dedos en su melena-. Acércate a mí.
– A ti -susurró Angel, cerrando lentamente los ojos.
– Acércate. -Cooper no quería arriesgarse a trasladar la acción a un lugar más cómodo; después de todo solo quería probarla. Angel apoyó la mano en la mesa para levantarse y Cooper la agarró para atraerla hasta él-. Ven aquí, cariño.
Aunque se acercó a él, Cooper percibió que entre sus rubias cejas se dibujaba una tenue arruga de preocupación.
– No sé si esto es una buena idea…
– No pienses en ello -respondió, dispuesto a no llegar demasiado lejos-. Recuerda que solo por esta vez vas a dejar que cuide de ti.
Angel suspiró y permitió que Cooper la guiara hasta sus rodillas. Estaba tan delgada que, cuando se sentó sobre él, Cooper solo notó el cosquilleo de su melena en la barbilla. Durante unos instantes permaneció quieto, recreándose tan solo en la calidez que emanaba de su cuerpo. Intentó controlar la respiración, dispuesto a disfrutar al máximo del momento, de la sensación de tenerla entre sus brazos.
Fue casi suficiente.
Pero en ese momento Angel se acomodó sobre sus piernas y la ajustada falda se le levantó hasta la mitad del muslo. Mientras Cooper le acariciaba la pierna notó que se le disparaba el pulso.
Angel contuvo la respiración y arqueó la espalda. El hombre no pudo resistirse y volvió a besarla. Pretendía tomárselo con calma, darse el tiempo suficiente para disfrutar de ella antes de dar por finalizada la sesión. Pero Angel era más tentadora que el propio diablo. Los labios de la mujer se abrieron entre los suyos y Cooper estaba tan extasiado que tuvo que hacer un esfuerzo por no embestirla en aquel mismo momento. Se tomó su tiempo besándole las comisuras y dibujando con la lengua el perfil de su boca para, finalmente, morder con dulzura la suave carnosidad de su labio inferior.