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– Permíteme señalar que esto es lo que tú quieres.

Cooper estaba tan acelerado que a Angel le costaba seguirlo. Entonces el hombre se detuvo en seco, le levantó la camiseta y le agarró los pechos.

– Si quieres te demuestro que tú también lo quieres. -Su voz sonó ronca, tomada por la agradable sensación de sentir de nuevo la calidez de su piel y el fuerte latido de su corazón.

– Cooper -comenzó, pero contuvo el aliento cuando el hombre empezó a acariciarle los pezones-. Cooper, no nos vamos a volver a ver.

Y por eso mismo nadie resultaría herido. Guardarían un bonito recuerdo el uno del otro, sin más. Un moribundo no podía pedir más, no se atrevería.

– Angel… -Le era imposible seguir acariciándola y mantener la cordura. Deslizó las manos hasta su cintura y la acercó hacia sí-. ¿No eras tú la que se quejaba de que el sexo lo cambia todo? ¿De que era complicado retomar una situación en el punto en el que se había dejado? Esto va a solucionar el problema. De entrada, sabemos que serán solo dos noches.

– ¿Cómo que dos noches?

– No se te escapa una, ¿eh? -Quizá le iría mejor si se fijara en rubias tontas que no supieran contar. Se aclaró la garganta-. Iba a quedarme en Carmel mañana por la noche para… para evitar la tentación.

– Cooper… -dijo Angel en tono de preocupación.

Aquella era la primera vez que se encontraba dispuesto a suplicar.

– Angel, Angel, Angel. Por favor, me estás matando…

– Sí, ya ves. Parece que me estoy acostumbrando a ello…

Sin poder contenerse, le mordió la barbilla y, con un beso, eliminó el gesto enfurruñado de sus labios. Al principio Angel se resistió, pero pronto se entregó a él.

– Di que sí -le susurró al oído.

– Cooper. -Angel arrastró la erre final de su nombre de forma extraña, como si con aquel sonido intentara liberarse de las dudas que la atenazaban.

– Di que sí. -Seguro de que la estaba convenciendo, se inclinó para besarle la cabeza.

Pero entonces la mujer se puso de puntillas y le dio un fuerte golpe en el mentón.

– Una sola noche -dijo, sin prestar atención a su aullido.

Cooper se frotó la barbilla.

– ¿Qué?

Angel se separó de él. Había anochecido y la luz de las estrellas se reflejaba en su dorada melena. Estrellas y luz de luna. Cooper fijó en ella su mirada, estupefacto por su belleza, que no era de este mundo. Allí de pie, vestida con una camiseta blanca y vaqueros desteñidos, parecía como si se hubiera despegado de la cola de un cometa y acabara de aterrizar.

– Una noche. Mañana por la noche. Nuestra última noche.

Cooper estaba tan abstraído por su apariencia de criatura fantástica que en aquel momento no puso atención a lo que le estaba diciendo. Entonces cerraría los ojos y al abrirlos ella se habría esfumado.

Puede que fuera fantástica.

En cualquier caso, lo suficientemente como para que, de vuelta a Tranquility House, sintiera la imperiosa necesidad de seguir suplicándoselo. El problema era que poco se podía hacer cuando el silencio era la norma principal. Llamó a la puerta de su cabaña, pero Angel no le abrió. Le escribió una nota con tantas promesas de cariz sexual que, de llevarlas a término, no estaba seguro de poder volver a andar. Pero, maldición, las tiras protectoras contra las corrientes de aire que había instalado en un reciente ataque de aburrimiento impedían el paso de la nota en la que le hacía las enardecidas propuestas.

Se planteó salir en busca de una mujer que estuviera loca de pasión y no loca a secas. Pero no pudo.

«Una noche. Mañana por la noche. Nuestra última noche.»

Tendría que bastar.

A la mañana siguiente, Angel condujo hasta San Luis Obispo con la mente ocupada en la promesa que le había hecho a Cooper en la playa la noche anterior. Aunque Stephen Whitney había nacido en aquella ciudad costera al sur de Big Sur, la razón por la que Angel había decidido subirse a su coche y conducir hasta allí era para distanciarse de Cooper.

Necesitaba espacio para reconsiderar el acuerdo de acostarse con él. La decisión no era fácil y, desafortunadamente, en aquella ocasión el recurrente «¿qué haría Woodward?» no le era de demasiada ayuda.

Debería haber sido capaz de mantenerse firme. Pero él se había sentido tan aliviado al darse cuenta de que su corazón estaba bien. Sus manos habían sido tan cálidas, sus caricias tan dulces. El deleite que había mostrado ante la idea de acostarse con ella había sido bastante atrayente.

¿A quién estaba intentando engañar?

Su deleite la había excitado y alegrado enormemente.

Y ahí era donde debería haber dicho que no.

Pero no, había dicho que sí, sí a aquella misma noche, a una sola noche, porque ni siquiera la mujer más enamoradiza podía hacerse ilusiones con un rollo de una sola noche. Aun así, no podía evitar preocuparse…

Vamos, Angel, no exageres, se dijo, enfadada consigo misma. Al fin y al cabo, ¡era solo sexo! Aunque el acontecimiento gozaba de una extraordinaria reputación no merecida, en sus encuentros hasta la fecha solo habían participado cuerpos. Esto por aquí, aquello por allí, tú ponte aquí, una medio excitada, o medio divertida, dependiendo del caso, y a esperar a que llegara el momento y rezar para que el muchacho se marchara pronto a casa.

Probablemente con Cooper no sería tan distinto, ni mejor. ¿Por qué no olvidarse del asunto y… decepcionarlo?

Justo cuando se disponía a agarrar el toro por los cuernos y no soltarlo hasta haber dado con una solución, Angel divisó un centro comercial al aire libre unos metros más adelante. Convencida de que un capuchino y unas cuantas pasadas de tarjeta eran justo lo que necesitaba para calmar los nervios, puso el intermitente y giró en dirección al centro Seascape.

Una vez dentro, entre el videoclub y la tienda de golosinas, Angel se fijó en algo que volvería a perturbar su calma. Una galería de arte Stephen Whitney. Aferrada al capuchino, se quedó observando el escaparate en el que había colgada una pancarta que anunciaba la obra del Artista del Corazón.

Había galerías como aquella por todo el país que le habían llamado la atención cientos de veces. Y cientos de veces había conseguido pasar de largo, desviando la mirada hacia otro lado y sin sentir remordimientos por… nada. Ni racional ni sentimentalmente.

Pero en aquel momento…

– Ahí está, Ray -dijo la mujer que tenía a su lado mientras miraba también el escaparate. Llevaba una falda azul y un jersey gris del mismo tono que su ondulada cabellera canosa. De su hombro colgaba un bolso de piel azul marino a conjunto con sus zapatones ortopédicos.

– Ya lo veo, caramelito. -Ray parecía cansado, como si Caramelito le hubiera obligado a apresurarse. El hombre se colocó las gafas con una mano y con la otra rodeó la cintura de la mujer-. Nos prometieron guardarlo en el almacén, no te apures.

Angel no pudo contener la sonrisa. Ray le pareció un poco demasiado mayor y entrado en carnes para ir echando carreritas.

– Ya lo sé -suspiró ella-. Además, hemos llegado temprano, todavía no han abierto. -La mujer miró a su izquierda y sus ojos se encontraron con los de Angel-. ¿Tú también estás esperando a que abran?

– ¿Quién, yo?

– ¿Buscas algún cuadro en particular? -La dulce expresión de Caramelito se inquietó de pronto-. ¿No será Sendero estival? Cuando supimos que lo ponían a la venta, pedimos que nos lo reservaran.

– No, no. -Angel meneó la cabeza-. Todo suyo.

Lo único que quería de Stephen Whitney eran respuestas.

Y entonces lo vio claro. La razón de sus dudas e inseguridades sobre acostarse o no con Cooper.

Se trataba de su conciencia.

Había viajado hasta Big Sur para conseguir el reportaje, para descubrir la verdad. ¿Cómo podía intimar con Cooper, ya fuera solo por una noche o docenas de ellas, y después regresar alegremente a San Francisco para escribir un artículo que le podría molestar?