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En aquel momento, un joven se acercó para abrir las puertas de la galería. Angel lo miró y él le dedicó una sonrisa mientras hacía un gesto a la pareja de ancianos de que ya podían entrar. Ray se disponía a cruzar la puerta cuando Caramelito lo agarró del brazo.

– Espera, Ray, esta señorita estaba antes que nosotros. -La mujer le sonrió y le cedió el paso con la mano.

Angel parpadeó.

– Oh, vaya, yo… ¡No quiero entrar!

– Adelante, pasa. -Caramelito seguía sonriéndole-. No te lo pienses más.

No, claro, para qué pensar que la sola idea de entrar allí le ponía la carne de gallina, la dejaba sin aliento y la hacía sentir como si el corazón estuviera a punto de salírsele por la boca. ¿Sería aquello algo parecido a lo que Cooper había sentido la noche anterior en la playa?

La pareja seguía mirándola y a Angel no se le ocurrió una buena excusa para no entrar. No podía decirles que estaba aterrada… y ¡no lo estaba!

Con paso firme, se acercó hasta la puerta. El joven que había abierto la saludó con una leve inclinación de cabeza y Angel le correspondió con el mismo gesto mientras erguía la espalda y conseguía cruzar el umbral. Allí dentro hacía frío, o puede el frío que sentía procediera de su interior. Cuando llegó al centro de la sala se detuvo en seco.

Se acercó el capuchino a los labios para entrar en calor y recorrió con la mirada las doce o trece obras de arte que colgaban de las paredes. Sus ojos se detuvieron en los tres cuadros de mayor tamaño. Los había pintado él, no cabía duda; aquellos colores brillantes y horteras certificaban su autoría.

Ray y Caramelito se acercaron a ella para observar los mismos cuadros.

– ¡Qué bonitos!, ¿verdad? Ray y yo coleccionamos los niños perdidos.

La expresión atónita de Angel provocó una carcajada en Caramelito, que enseguida pasó a darle una explicación.

– Así es como los whitnófilos llamamos a los cuadros como estos tres. Los niños perdidos.

¿Los niños perdidos?

– Ya veo. -Angel se fijó en los cuadros y entonces lo entendió. Cada uno mostraba una escena distinta que guardaba alguna relación con la infancia: unos columpios de hierro, una mesa de madera cubierta en la que se había servido una deliciosa merienda, un montículo de arena junto al que había un cubo y una pala. Fiel a su estilo, el artista había pintado el fondo con cielos azules y nubes de algodón y florecillas silvestres y matojos de hierba en primer plano.

Los tres cuadros daban la impresión de que el niño protagonista acababa de marcharse. El asiento del columpio estaba echado hacia atrás, sobre la mesa había una galleta a medio roer y el montón de arena dibujaba un castillo inacabado junto a las huellas de dos pies de pequeño tamaño.

Los niños perdidos. Angel sintió un escalofrío. Todo aquello tenía un matiz siniestro.

– Pues sí… muy bonito. -Cuando se disponía a marcharse, Caramelito la agarró de la muñeca.

– Mira, aquí está el nuestro.

El joven de la galería hizo su aparición con un cuadro enmarcado entre las manos. Con un extraño ademán elegante, le dio la vuelta para enseñárselo a Caramelito, Ray y Angel.

Allí estaba: el mismo cielo azul dulzón cubierto por nubes rosadas. Aparecía también una verja descoyuntada que podría caerse en cualquier momento sobre un fondo de hojas bermellón que asomaban por las ranuras del sendero. Junto a la verja había un par de zapatos viejos y calcetines blancos de los que su dueño se había desembarazado.

En el camino de cemento que ocupaba el centro de la imagen había una pelota roja y unos cuadrados dibujados con tiza en el suelo. De nuevo, parecía como si los niños hubieran abandonado el juego.

Caramelito suspiró emocionada.

– Perfecto. Yo también jugaba a la rayuela cuando era pequeña.

– Y yo. -De repente, a Angel le vinieron a la cabeza imágenes de ella misma intentando jugar, de su desesperación cuando le costaba mantener el equilibrio sobre una pierna. En sus recuerdos se coló también la imagen de una mano fuerte con el dorso salpicado de gotas de pinturas de muchos colores.

Salta, para, salta, sigue. Es fácil, ¿lo ves?

No. ¡No! Angel cerró los ojos y sacudió la cabeza varias veces para eliminar de ella aquellas visiones. Entonces los abrió y, con cautela, volvió a mirar los cuadros. Perfecto, ya nada le parecía familiar. Nada de nada. Ya no era capaz de afirmar que hubiera jugado a la rayuela en alguna ocasión. Jamás había sido capaz de recordar a su padre.

Más tranquila, suspiró cuando vio que el joven se alejaba con el cuadro perseguido por Ray, dispuesto a cerrar la compra. Con intención de despedirse de Caramelito, Angel se volvió hacia ella.

– Estoy segura de que disfrutará mucho de su…

La mujer estaba llorando.

Una sensación de impotencia se agarró al interior todavía frío de Angel.

– Pero ¿qué le ocurre? ¿Cuál es el problema? -Sostuvo el capuchino con la otra mano y buscó en su bolso algo con lo que enjugar las lágrimas de aquella mujer.

– No, no. -Caramelito ya había sacado su propio pañuelo-. Estoy bien, no te preocupes. Es que el cuadro…

Angel apretó el vaso de papel, casi enfadada por que Caramelito estuviera tan disgustada. Aquel cuadro era una auténtica mierda, cutre como los trajes de terciopelo de Elvis o las imágenes de payasos que lloran. Por el amor de Dios, al menos los perros jugando al póquer tenían su gracia.

Caramelito se secó las lágrimas.

– Lo siento, es que me recuerda a cuando era niña.

– ¿Llorar?

La mujer sonrió.

– No, el cuadro. Probablemente pienses que soy una vieja tonta, pero cuando lo miro, cuando miro cualquiera de mis Whitney, me vienen a la cabeza tiempos más dulces e inocentes. Y a mi edad, eso son muchos años, pero con solo echarles un vistazo vuelvo enseguida a aquella época.

– Ya.

Caramelito volvió a sonreír.

– Puede que a ti no te pase. Y lo que quizá no entiendas, y los críticos de arte tampoco, es que estos cuadros me proporcionan placer. Y no me avergüenzo de ello ni tengo por qué excusarme.

Angel oyó de nuevo la voz de su conciencia. En aquel momento Ray se acercó a su esposa sujetando el paquete marrón con una expresión tan feliz que Angel estuvo a punto de soltar unas lágrimas.

Con un nudo en la garganta salió de la tienda y cuando se hubo alejado se volvió para observar a la pareja de ancianos, sonriendo felices por su nueva adquisición.

Hasta entonces, había considerado la idea de enfocar el artículo sobre Whitney desde el punto de vista de los críticos. Aunque el artista contaba con el beneplácito de políticos y religiosos devotos de los «valores tradicionales», los expertos en arte se ensañaban con su obra. Sin embargo, Angel se preguntó si su opinión tenía realmente más valor que la de Caramelito. Al fin y al cabo, ¿qué placer ofrecían ellos a la gente con sus sarcásticos puyazos?

El problema estaba en que, si no captaba la atención de los lectores con alguna crítica aparatosa y despiadada de la obra de Whitney, ¿qué iba a hacer? ¿Abrir el artículo con una crítica de su personalidad? ¿Relatar que el Artista del Corazón había dado la espalda a su hija cuando ella más lo necesitaba? Desde luego, aquella idea también se le había pasado por la cabeza. Un relato en primera persona de la traición de su padre. «Y traicionar también a Lainey y a Katie», le susurró su conciencia. Y a Cooper, aun si decidía no acostarse con él.

Mierda. Angel se quedó mirando su reflejo en el escaparate de otra de las tiendas. Está bien, tú ganas, le respondió a su conciencia. Teniendo en cuenta que lo único de lo que disponía para hundir a Stephen Whitney era su lacrimógena historia, tendría que olvidarse del asunto.

Que lo siguieran adorando. Le daba igual, si así lo querían podían canonizar a san Stephen en aquel mismo momento.