– Sí, estás preocupado -insistió Angel tras reírse con dulzura-, y no deberías. Voy a cuidar de ti.
Había algo en lo que acababa de decir que a Cooper no le encajaba.
– Quedarás satisfecha, te lo prometo -le dijo, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano.
Ante aquel comentario, Angel desvió la mirada.
– Ya, ya, escucha, déjame que te cuente mi plan.
– Tu plan. -Cooper le recorría la línea de la mejilla con el anular.
– Sí, mi plan para el sexo.
Cooper se rió de todo corazón.
– Pero ¿no eras tú la que se quejaba de que todo esto te parecía «premeditado»? ¿Por qué no improvisar un poquito?
– Sí, claro, lo que pienso es lo siguiente -persistió Angel antes de llevarse la copa a los labios sin dejar de mirarlo a los ojos-. Debemos hacerlo rápido.
La mano de Cooper se quedó quieta.
– ¿Qué?
Angel se apartó de él y se acomodó en el sofá.
– Sí, mira, lo he estado pensando al venir. Tal y como yo lo veo, esto es una prueba para ti; por ser la primera vez desde la operación, ya sabes. Y estoy segura de que estás un poco nervioso, digas lo que digas. Así que creo que lo mejor es que lo hagamos rápido y que acabemos de una vez.
– Veo que has tenido tiempo para pensar mientras conducías -murmuró Cooper.
– Después, te sentirás mucho mejor -apostilló ella.
– Ya, si lo hacemos rápido y acabamos de una vez.
– Exacto. -Angel asintió con énfasis y algo de nerviosismo-. Y luego podré volver a mi cabaña y acabar de hacer las maletas.
Él se quedó mirándola un rato y acabó por reclinarse sobre los cojines del sofá.
– ¿Quién coño se ha estado dedicando a chismorrear sobre mí en San Francisco, eh? -barbotó.
– ¿Cómo? Yo…
– Natasha, habrá tenido que ser Natasha Campbell. Lleva años queriendo vengarse de mí, desde que le dije una vez que yo no tenía citas (ni mucho menos me acostaba) con mujeres comprometidas. Aun así, nunca pude creerme que fuera tan vil como para echar por tierra mi reputación sexual.
– No he oído ningún rumor sobre… sobre eso. Si acaso que jugabas duro, pero no que, en fin…
– ¿Que no juego limpio?
– No, nada de eso -negó ella.
– Vale, pues entonces ¿qué es todo eso de vamos a acabar de una vez porque así tú luego puedes hacer las maletas? -¿Acaso creía que él no podía mantenerla toda la noche ocupada?
– Me voy mañana por la mañana -protestó Angel-. Te dije qué lo haríamos una vez.
– Eh, ¿qué dices? -Cooper se puso de pie-. Una noche, queridísima. Me prometiste una noche.
Angel hizo un aspaviento con la mano.
– Una vez, una noche… No veo la diferencia.
Aquello no iba bien y Cooper intentó relajarse mientras trataba de no imaginarla vestida de cuero negro. ¡Ella estaba torturándolo una vez más! Era como si él hubiera hecho promesas en firme que no podía cumplir y, sin embargo, tenía firmes intenciones, intenciones con las que, al menos, pretendía atreverse.
Sobre todo, concluyó, quería estar con ella en la cama la noche entera.
– A mí no me va a bastar con una vez -arguyó al fin-. ¿Qué me dices de ti? Vamos a pasarlo bien juntos, ¿no?, con lo calentitas que se ponen las cosas entre nosotros. Si pasas la noche conmigo, corazón, te garantizo que ambos saludaremos el amanecer con una amplia sonrisa.
– Eso es mucho pedir…
– Vamos, cariño, atrévete conmigo. -Cooper se le acercó, le pasó el brazo alrededor del cuello y la besó en la boca. Los labios de ambos se fundieron y él notó un cosquilleo recorriéndole la espina dorsal-. Atrévete conmigo -repitió, susurrándole las palabras junto a los labios.
Angel se separó de él algo descompuesta.
– ¿Lo ves? -la animó pasándole un dedo por los labios-. Te voy a tratar muy bien, siempre.
– No -repuso ella, arrinconada-. No tienes por qué.
– ¿No tengo por qué qué? -exclamó él.
– Tratarme bien, preocuparte por mí.
– ¿Qué?
Angel se levantó del sofá y le extendió la mano.
– Vamos a la cama, Cooper. Ahora.
– Vas a conseguir sacarme de mis casillas -anunció, ignorando su oferta-. Si no ha sido Natasha, entonces ¿qué? ¿Por qué crees que no puedo satisfacerte?
Angel le dio la espalda.
– Yo… no quiero que lo hagas. -Sin saber qué pensar, Cooper observaba la tensión acumulada en sus hombros-. No quiero que te preocupes por eso, que te preocupes por mí -agregó Angel.
Cooper se irguió, todavía sin aclararse, sin saber qué decir ni qué hacer.
– Angel, me lo estás poniendo difícil. -La espalda de la mujer se tensó aún más cuando él se la acarició-. ¿Por qué iba yo a acostarme contigo sin pensar en ti? ¿Por qué no iba a hacer que te lo pasaras bien? -Como ella no respondía, Cooper insistió-. ¿Angel…?
– Porque no serías capaz… -le espetó con un hilo de voz-, ¿te vale? ¿Ya estás contento? La verdad es que…
– Sí -la interrumpió-, dime cuál es la verdad.
Angel tomó aire.
– La verdad es que nos podríamos morir de viejos si esperamos a que yo tenga un orgasmo.
Cooper habría creído que la conversación formaba parte de una pesadilla de no ser porque la vergüenza que notaba en la voz de Angel era muy evidente, muy dolorosa.
– Pero… -Se pasó las manos por la cara y trató de repasar mentalmente las anteriores dos semanas.
Ella había sido la primera en admitir la atracción.
Ella lo había besado, lo había tocado.
Él había hecho lo propio.
Y, por el amor de Cristo, ¡si él ya había conseguido que Angel se corriera!
Eso no podía negarse, de ninguna manera. Cierto que las mujeres podían fingir, pero no con tanto realismo.
– Pero si en la cocina…
Angel lo interrumpió con un gesto de la mano.
– La excepción que confirma la regla. Ya te lo dije: demasiado tofu, demasiada berenjena o lo que sea. En fin, no sé, pero no fue como si, como si…
– Como si yo estuviera en ti, dentro -vaticinó él.
Ella negó con un nuevo aspaviento, aunque guardó silencio.
Cooper se entretuvo en un largo y reparador suspiro. Si no había conseguido satisfacerla en la cocina la otra noche, tenía de que preocuparse. Sin embargo, tal como se presentaba la situación, lo único que le preocupaba era cómo convencerla de que él era muy capaz de acostarse con ella y cumplir.
– Angel…
– Por favor, Cooper, dejemos el tema, ¿vale?
Al parecer, la artillería estaba de capa caída. Volvió a recorrerle la espalda con los dedos.
– Reconocerás, al menos, que te gustan mis besos.
– Ya sabes que sí.
Cooper se colocó detrás de Angel y apoyó la mejilla en su nuca.
– Que te gusta que te toque.
– Claro que sí -aceptó ella, cargando el peso contra él-. Y también me gusta tocarte yo.
Él sonrió y las manos de ambos se entrelazaron. No había necesidad de seguir discutiendo con ella.
– Entonces vayamos a la cama.
Cooper se prometió que cuando hubieran entrado en materia, ella estaría demasiado encantada para dejarlo.
Para asegurarse de que todo saliese como ella quería, Angel se deshizo del vestido nada más entrar en la habitación.
Al ver su cuerpo a la tenue luz de las velas, Cooper trastabilló, absolutamente estupefacto.
– Pero… pero ¿qué es eso?
– Un pequeño detalle que encontré para la ocasión.
Era un body muy ceñido, de encaje blanco o, al menos, de encaje blanco en su mayor parte, desde la uve que formaba entre las piernas hasta el borde que señalaba el nacimiento de los pechos, cubiertos por sendas copas de tul casi transparente.
– ¿Te gusta? -quiso saber Angel, volviéndose para enseñárselo.
Cooper emitió un ruido ahogado, semejante al quejido que a ella se le había escapado al probárselo en el vestidor de la tienda. La espalda del atrevido modelo, que acababa en un tanga, también estaba confeccionada con la misma tela de tul. Angel solía vestirse con ropa muy recatada, pero aquella vestimenta estaba más allá de la audacia; era enloquecedora.